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El nuevo ministro de Estado. El ex rector de Sevilla, Sr. C a r a n d é D. Luis de Zulueta, nuevo ministro de Estado, forma parte del Gobierno que ayer celebró su primer Consejo, como republicano independiente. (Foto Alfonso. Consejero de Estado y miembro de la Agrupación Al Servicio de la República. Al Sr. Garande le ha sido ofrecida la cartera de Comunicaciones. (Foto Alfonso. N o tenía ni treinta años un torero amigo nuestro cuando nos d e c í a ¿Ves estas arrugas que tengo? ¡M e las: ha hecho el miedo! E l miedo de él, que era igual exactamente ai miedo de los demás. ¿Qué cifra es la m á x i m a que ha cobrado un torero por una corrida? ¿C u a r e n t a m i l pesetas? E s ridículo. Ridículo- -y un poco i n digno- -para el torero; definitivamente indigno para el público. Chaplin no tuvo tiempo, probablemente, para preguntar por las residencias por los parques, por los automóviles, por los y a tes, por los caballos de polo y otras jacas, de estos hombres tan cubiertos de oro como recamados de latón los baúles de bodega de un gran viajero americano. Se l e hubiera contestado: -Dos o tres mozos de éstos, cada veinte años, llegan a tener un cortijo, un molino de aceite, un piso con calefacción en M a d r i d v algunas otras suntuosidades de este género. S i tienen suerte y si economizan. ¡Economizando! Todo su riesgo no les permite otra cosa que economizar. Los demás, nada. Derecho a un café y a un pobre puro lleno de hostilidades; derecho a una capita; derecho al frío de todas las esquinas; derecho a correr alhajas o cajas de Jerez; derecho a sentir la alegría de los supervivientes... 1 CHARLES CHAPLIN Y LAS CORRÍ D A S D E TOROS Charles Chaplin estuvo en San Sebastián el verano último. Unas horas. Ida y vuelta rápida en automóvil, desde Biarritz. L o necesario para presenciar una corrida de teros y para no batir esa breve marca de permanencia en la capital de Guipúzcoa que suelen aceptar como límite los americanos de la Costa de Plata. N o quiso desbordar Charles Chaplin en esta ocasión a sus compatriotas adoptivos. E l se presentó en un tendido con su buen traje gris, con su cabeza niquelada y con su sonrisa de serie, que le abulta a ú n m á s los pómulos. Vio su corrida, subió a su automóvil y desapareció. Pero los periodistas guipuzcoanos, momentos antes de su marcha, de su fuga más bien, lograron arrancarle estas palabras: -Sí, maravilloso. E s un espectáculo soberbio. Lleno de vida, de arte, de gracia. U n a cosa considerable ¡Bye, bye... Esto es lo que Charles Chaplin dijo en España. E n Francia, Charles Chaplin se creyó obligado a ser m á s sincero o. más insincero, que esto no se sabrá nunca. Fernando O r tiz Echagüe, en una magnífica crónica que publica en La Nación, de Buenos Aires, nos da la nueva versión de Chaplin sobre los toros, reservada para allende el Pirineo y para allende los mares. i Los toros? ¡U n horror! A Chaplin le irrita- la diferencia de trato que recibe el toro. A l toro no se le consulta nada, siendo él precisamente la base del espectáculo. No se ablanda el público con los dolientes mugidos y las miradas tristes del pobre animal, lleno de sangre. U n martirio interminable, una lenta agonía... ¡E s indecente! Chaplin sabe que el torero lo arriesga todo en este juego. Pero eso no le importa a él. Eso es de cuenta del torero. L a impresión de Chaplin es la impresión del que ve una corrida de toros en crudo, de golpe sin esas familiaridades progresivas del que ha ido asistiendo a la fiesta desde su m á s tierna incomprensión. E l aficionado, en cambio, ha pasado en trineo, deslizándose sobre la superficie de estas Consideraciones fundamentales, y pierde, ya en la zona del arte, de los detalles, del adorno, la capacidad de comprensión ante lo m á s simple. L a muerte de un torero le lleva, por ejemplo, a este epitafio f r í o -Era natural. Su empeño en torearle junto a los toriles. Pero a Chaplin se le ha olvidado algo que n i n g ú n b u e n americano, aunque él no lo sea exactamente, tiene derecho a olvidar. Se le ha olvidado el dinero de los toros. H a y un desequilibrio incomprensible entre lo que cobra un torero y lo que arriesga y lo que sufre. E s más incomprensible todavía que el público crea lo contrario. L a vida del hombre es demasiado barata en los ruedos. Y el derecho a la crueldad es demasiado barato en los tendidos. Porque los toros dan un peligro efectivo, que es muy grande, y una impresión de peligró, que es mayor. Se juega la vida el torero y siente. que se la está jugando m á s todavía. ¡T o d a v í a los toros! Los extranjeros no comprenden. Muchos españoles tampoco. Pero lo que se sale de todas las órbitas de comprensión del europeo o del americano medio es el dinero de los toros: la vida del hombre, a precios nunca vistos; el derecho a l a crueldad, casi gratis. J. M I Q U E L A R E N A
 // Cambio Nodo4-Sevilla