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FUENTE DF. N F P T U N O E N E L AÍ ¡0 l860 jes asid Algún gallardo capitán venido del Norte, el pomposo airón de su inorrioncetc meciéndose coqueto y en la cara tontada el bigole de moco a lo Espartero, completa la sugestiva estampa, mientras al fondo, delante del solemne obelisco de la victimas, pasan al trote de sus alazanes o recostados magmlicamente indiferentes sobre sus carretelas el du jue de San Carlos o el dandy entre los dandies, nuestro señor el duque de Osuna: Don Pedro de Alcántara... Vanso días, vlvnen día v nldo era ol de San Juan, donde cristianos y moros l i m e n t r u n solemnidad. Y como en el vieio romance, en el venir de los di as, al llegar d de San Juan, el Prado era invadido por los puestos de florea albahacas y torraos, y aquí la plaza, como ahora, por los columpios y tiosvivos todo ello envuelto en el pestilente humazo de algún puesto de churros. Días de la Restauración y de la Regencia; se lucen los policromos pañolones de Manila sobre las batas de percal, y las patillas a la alfonsína, que lo eran a l a austríaca, ponen un dejo de flamtnquismo en los rostros cetrinos tic los madrileños. E n 1808 la plaza fué agrandada, dándosela un regular trazado, colocando en su centro la fuente, famosa, de Xeptuno, que conserva entre los pilarotes que sujetan la nueva verja con que entonces se la protege, que es la actual, dos de los que la rodeaban antiguamente y a los cuales fueron amarradas para ser fusiladas muchas de las victimas de aquel aciago día. Embellecida posteriormente con nuevos arreglos, aún quiso unirse a sus muchos prestigios uno más: el de ostentar el nombre del gran estadista D. Amonio Cánovas del Castillo. Luí. S O L E R P U C H O L Juan Abad, D. Francisco d Quevedo. t i ligio x n i i aún concede pretexto a 1 egregia mansión para renovar momentos de privilegio, y allí, inconsolable por la muerte de su primera esposa, la simpar María L u i sa de Saboya, se retiró Felipe V dando lugar a la mis curiosa intriga cortesana, de ta que fué alma aquella incomparable aventurera princesa de los Ursinos. Hospital la noche de la francesada, llega aún el palacio a los finales del x i x gustando días de esplendor. Como en los tiempo? del duque Antonio, dos siglos y medio después la duquesa Angela recibe en torno de si- a los más altos ingenios, y sus salones son como el santuario en donde celebra aquel mago Zorrilla con la magia de us versos, que van a ser como canto de cisne para el palacio, que muere casi con el poeta, dejando con su solar espacio para que, años mis urde, se levante en donde él el moderno Palace Hotel. Carlos- III, que trajo de Italia refinamien- to! de suprema elegancia, quiso dotar a su nueva Corte de una belleza monumental, y el Prado fué transformado en espléndido paseo, adornándolo con magníficas fuentes; una de ellas la de Ncptuno, que, ejecutada por Pascual de Mena según proyecto de D Ventura Rodríguez, fué colocada en donde estuvo la del Caño dorado, rodeada de unos chatos pilarotes de piedra que la defendían. L a antigua torrecilla de la música fué suprimida; el palacio, ya de Mcdinaceli, transformado, y sobre el solar del derribado de Maceda es levantado, bajo la dirección del arquitecto López Aguado, el de V i lia hermosa, que aún se admira. Estas sucesivas mejoras fueron haciendo ganar en importancia y belleza a esta plaza, a la que aún reservaba su historia un mas alto destino: la fecha épica del 2 de mayo de 1808. L o que un día fué lugar de fiestas proceres y paseo obligado de la Corte galante de Felipe I V vióse convertido Fiel reflejo del palacio, en sus primeros en campo de guerra y de matanza en la jortiempos, la plaza es testigo de las mas benada brutal v memorable. Infinidad de hellas fiestas que la esplendidez del duque favorito dio en honor de Felipe I I I y de su roicos madrileños sucumbieron ante la i n exorable orden de Murat, y, cuando cesó el Corte, y es la más ce ebrada aquella famosa estruendo de la fusilería, sólo un montón corrida, de la cual refería un cronista de de cadáveres se agolpaba junto a la fuente, la época que los toros fueron razonables, inmortalizando con su sangre aquel sagraporque no mataron m i s que a cinco o sefs do suelo. personas, y en la que, para hacer mas grato y cómodo el espectáculo, que los Reyes, Los románticos tiempos fernandinos y los con el duque, presenciaron desde un balcón de Cristina, ¡o fer íto de Ñapóles, como más de palacio, hubiéronse de construir grantarde lo de la angélica Isabel, hacen del des tribunas rodeando al pilón de una fuenPrado, como antaño, paseo de las elegante que allí habla, llamada del CaHa dorado, cias madrileñas, Lxones y fashionabjes, vesy, para la música, una graciola torrecilla, tidos por las aladas manos de Utrilla o en cuyo coste parece ser pasó de la cuenta las imponderables de Ortet. los sastres fael regidor, Juan Fernandez, lo que hizo exmosos- -fracs verde pistacho o sapo enaclamar al mordaz Villamediana: morado; las corbatas a lo perezosa y peinados por el espiritual Falconí. a lo Buen ta la torrecilla: Montresor. se dan en la plazuc a cita, junto t r s i m i l ducado corto. a la fuente, para flechar las adorable da 61 Juan Fernandez lo hurto, miselas engalanadas con sus vaporo o ¿Qut culpa tlvne la villa? 1
 // Cambio Nodo4-Sevilla