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su nacimiento lo prepararon contra las malas compañías. Aquel hijo era como una espumita de casualidad nacida en el seno de una familia cuyos varones veían aumentar en cada generación las dificultades de obtener descendencia. No era extraña, pues, la exagerada solicitud de los padres para asegurar la supervivencia del hijo y llevarle a buen término hasta que le llegara la hora de transmitir el apellido. A todas las recomendaciones médicas, observadas con rigurosa escrupulosidad, los padres añadían su otro gran remedio... U n remedio encontrado para el pequeño en los pliegues más tiernos de su alma y que se repetían el uno al otro con voz emocionada y con estas exactas palabras: Sobre todo hay que apartarle de las malas compañías Las malas compañías era un concepto abstracto que los padres nunca se habían delimitado ni aproximadamente, pero al que temían tanto que no dejaban pasar ni un solo día sin reforzar las trincheras de la casa contra el enemigo invisible que amenazaba a su hijo como una espumita de casualidad... Las malas compañías eran para aquellos padres como el planeta informal que amenaza alguna vez destruir el mundo; como los microbios invisibles con el poder de la muerte. E l niño, encanijadito, pálido y llorón, se incorporó a la vida encerrado en el autoclave del amor paternal, que le prestaba naturaleza de gasa aséptica. En la casa prendió un pánico ciego, pero alerta, contra las malas compañías, apenas diferenciado del pánico que provoca en otras casas la meningitis, el tifus y la tos ferina. L a ESDE D LAS campesina gorda que amamantaba al pequeño, y la cocinera, y la doncella, al prevenirse contra la desgracia incomprendida, habían adquirido el tiento de las personas que caminan a obscuras. N i el ama en los jardines públicos, ni la cocinera en el fogón, ni la doncella en los pasillos habían encontrado nunca el fantasma que envenenaba la vida de sus señores, pero tampoco ellas comprendían el motivo de filtrar el agua clara y la filtraban- todos los días. L a manía de. sus señores era otra tela de araña en sus cabezas, un punto más tontas que las del resto de amas, cocineras y doncellas. E l niño jugó en su primera niñez sólito como un Robinsón y cuidado como una tacita de leche a la que se espanta las moscas. Cuando llegó el tiempo de llevarle al colegio, los padres empezaron a temblar, como si se encontrasen de improviso en la zona necesaria del mayor peligro. Gracias a su celo pudieron encontrar al fin el colegio de sus aspiraciones... Era un colegio que declaraba en su reglamento como su principal objeto apartar a sus educandos de las malas compañías. Con local reducido y unpatio contagiado de la tristeza de los alumnos, en donde un árbol viejo y desesperado de soledad buscaba con ojos vegetales por encima de los muros las malas compañías que nunca irían a visitarle. E l niño quedó encerrado allí, como envuelto con una naftalina especial contra las malas. compañías, empezando a equivocarse para siempre en Historia, Gramática y Matemáticas... Hastiado cuando mejor, casi siempre con una repugnancia fisiológica, como si le hicieran beber agua sin sed. Del colegio sacó un concepto inservible del mundo y de las cosas; un amiguito huérfano, bobín. y desgraciado, y esa mirada de. miedo angustioso que adquirieron los hombres tras de las alambradas en la gran guerra. Después vino la época de los estudios superiores, y el recelo en aumento de los padres llevó a extremos inverosímiles su asepsia y desinfección contra las malas compañías: espiaron sus pasos, le buscaron amigos infelices, le revisaron los libros de texto, le escogieron los libros de lectura y le censuraron los espectáculos. E l cerco estrechó tanto al niño, ya hombre, que un día, viéndose morir, sin saber contra quién defenderse, exigió a sus padres una definición exacta de las malas compañías... Pero los padres, atónitos ante la pregunta, no supieron responderle. Hicieron consultas con sus amistades, preguntaron a los profesores del colegio, compraron libros de moral, registraron todos los diccionarios y enciclopedias, pero todo fué inútil, completamente inútil, porque ni sus amistades, ni los profesores, ni los libros, ni las enciclopedias sabían sino muy vagamente lo que eran las malas compañías. Calmaron de momento al hijo con varios ejemolos, tan burdos, que no inspiraban ningún temor: ladrones, jugadores, borrachos, etcétera, y continuaron buscando con paciencia de sabios investigadores la definición exacta del peligro tan temido. Así pasaron muchos años los padres, porque la tarea de encontrar el microbio de las malas compañías era imposible sin él microscopio exacto de la verdad. Decidieron, pues, continuar su trabajo empezando por. investigar quién inventó la frase, como primera pieza del aparato. En tanto, el hijo vivía con las buenas compañías: unos nombres que necesitaban su ayuda para todo y unas mujeres muy
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