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feas que se resignaban a todo también. N i remotamente exi s t í a entre sus amistades el peligro tan temido por sus padres; ni remotamente... Pero cierto día sonó imprevistamente la señal de alarma: su mejor amigo fué denunciado por la- drón, y al declararle su amor a su amiga menos fea le confesó ella que había sido una mujer de la calle Entonces, sólo entonces, comprendió él que se e n c o n t r a b a frente a las malas compañías, aquel enemigo i n v i s i b l e que venía amenazándole desde su nacimiento, y un deseo incontenible se apoderó de su persona: quería saber hasta lo último cómo era el fantasma. Buscó al amigo y adquirió la seguridad de su inocencia: su amigo no había sido mas que una victima i n o c e nte complicada por su jefe en un negocio inconfesable. Tan bueno y tan inocente era su amigo, que él no tuvo mas remedio que rescatarle de la cárcel, sacrificando parte de su for- tuna... B u s c ó a l a amiga y se encontró con una historia triste y amarga, que santificaba sus pecados; su amiga no había sido más que una víctima inocente sacrificada por su familia a una vida inconfesable. Tan buena y tan inocente era su amiga, que él no tuvo más remedio que rescatarla del deshonor casándose con ella. Entonces, sólo entonces, comprendió él la verdad: las malas compañías eran precisamente las b u e ñ a s compañías, y un de co, un único deseo violento, se apoderó de su persona. E l bueno, sensible y débil, solo quería ya una cosa quería tener un hilo, quería tener un litio para educarle desde su nacimiento contra las buenas compañías... Quería tener un hijo fuerte y equilibrado que rompiera la tradición de su familia, en donde todos habían nacido como espumitas de casualidad. SAMUEL R O S (Dibujos de Ksplandiu.
 // Cambio Nodo4-Sevilla