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U UN RE G I C I D I O FRUSTRADO tro, fingiendo palacios, pórticos y columnatas, bosques, mares y ríos, todo falso. L a ciudad era eminentemente republicana, cosa a primera vista poco explicable dado su carácter marino y ofic i a l la votación urbana e r a aplastante e incontrastable por parte del elemento democrático que acaudillaba Süárez García, y si se llevaba el acta u n monárquico era merced a las actas f a l sas del Ayuntamiento de V a l d o vino, donde no había ni colegios ni votación. L o s tres m i l votos rurales, comprados por dinero o por mercedes, caían sobre los de la ciudad como cae el Martinete del taller de forjas, como mazazo de titán. L o s vencidos, nunca resignados, nos reuníamos en la logia número 66, al oriente del m a r qués de Santa M a r t a el trias perfecto e intachable aristócrata que he tratado en mi v i d a era al fin Guzmán el Bueno de apel l i d o trabajábamos bajo la égida de, Ruiz Z o r r i l l a que desde su casa del Boulevard G r a n A r mée, de París, mantenía vivo el fuego revolucionario y le impedía apagarse, á pesar de los esfuerzos aunados de Cánovas y Sagasta, asociados para arraigar la dinastía antes del pacto d e E l Pardo en la noche triste. E r a m o s miembros de la logia Unión comerciantes y militares, universitarios y empleados, retirados y propietarios, y, como sucede siempre, los asuntos t r i v i a les se trataban en cámaras de aprendiz, y los graves, en g r a dos superiores de maestro para arriba, o en capítulo seleccionado y probado. ¡Cuánta fe, cuántas esperanzas, cuántas ilusiones y cuántas energías malogradas t E r a un remedo de las Catacumbas. por otro estilo; el i n d i v i duo nada suponía; la colectividad, el fin; lá idea era lo esencial. Iríamos a la muerte y al sacrificio sin v a c i l a r las palabras Patria, Libertad, Democracia y República eran sinónimas. L o s que sabíamos H i s t o r i a no queríamos recordar que republicanos eran los plomos de V e n e c i a republicano, el tirano de la A r gentina, Rosas; republicana, la imperialista Yanquilandia, donde se forjan todas las grandes infamias del capitalismo, con sus truts y sus reyes del petróleo, del acero, del algodón, de todas las riquezas. L a República era algo como l a restauración de Jerusalén para los judíos, un ideal supremo, sublime; más sentido que razonado y analizado. E n este estado de las conciencias, bosquej a d o a vuela pluma, llegó la noche víspera de la llegada del Rey. ¿Cómo describir aquel l a atmósfera caldeada de la logia, mientras los obreros ultiniaban en el paseo de S u a n ces los detalles de los pabellones alfombrados en que las Sociedades de recreo habían de honrarse con la visita del Rey, sin escolta, entregado al pueblo, inerme y confiado en l a cohorte de entorchados y galones que le rodearía? T o d a s las tentativas para una nueva revolución habían sido estériles; todos los i n tentos de pronunciamientos, malogrados; el NA feliz casualidad, que no refiero porque n i añade ni resta interés al suceso que voy a narrar, me p u so en relación epistolar, por cierr to muy afectuosa, con el cultísim o medico de F e r r o l D Santiag o de la Iglesia. E r a éste, porque ha muerto recientemente, u n hombre digno de l a mayor estimación. E n t r e gado al estudio durante su larga vida, realizó una copiosa labor intelectual, que no logró las expansiones de lá fama y l a notoriedad, porque fué callada y m o desta, a pesar de que cultivó con g r a n provecho las más variadas disciplinas. Sus paisanos, que de cerca le pudieron juzgar, son los mejores testigos para acreditar su valimiento. A u n q u e en los últimos años vivió alejado- de toda actuación política, siempre fué republicano entusiasta y convencido. Discípulo de Pérez Costales, ex ministro de la primera República y. camarada constante de F r a n c i s co Suárez García, jefe inolvidable de los federales de F e r r o l consagró el tiempo y: las actividades que le dejaron libres sus trabajos científicos a la propaganda y difusión de su ideal. Modelo acabadísimo y ejemplar de honradez, laboriosidad y c i u dadanía, gozaba de g r a n prestigio e indiscutibles respetos. A su generoso afecto debí l a donación de curiosos documentos autógrafos, que reputo de singular valía, relativos a la última g u e r r a c i v i l en las provincias vascongadas, así como también relatos de episodios de gran i m portancia acaecidos en todo el período revolucionario, que él había vivido intensamente. P e r o lo que rindió más m i g r a titud, porque fué la más palmaria demostración de su amistad, fueron unas cuartillas escritas de su puño y letra, cuando ya c o n taba la avanzadísima edad de setenta y seis años, de las cuales me hizo merced, imponiéndome la obligación, que religiosamente he cumplido, de no publicarlas hasta después de su fallecimiento. E l l a s son el motivo y asunto del presente artículo. N o he querido alterar ni una sola p a l a b r a d e las. que él escribió. Cualquiera enmienda, m u tilación o añadidura, además de ser una profanación, pudiera bastardear su contenido, que a la par que revela espontáneos y purísimos homenajes a doctrinas veneradas profundamente y seguidas sin intermitencias, descubre u n espíritu sano y altruista, de nobleza y elevación incomparable. Dejemos, pues, hablar al viejo y honrado republicano, para que nos comunique lo que tantos años guardó cuidadosamente en los rincones de su cerebro y que tanto enaltece y abrillanta su personalidad moral. ALFONSO XII E N l88l vaillac, al cura M e r i n o a los nihilistas asesinos del E m p e r a d o r A l e j a n d r o a todos los que perpetuaron tristemente su nombre. M e reservaba el porvenir afirmar o rectificar en parte estos juicios. H e aquí cómo. E l 9 de agosto de 1881 llegaba al F e r r o l el Rey A l f o n s o X I I con l a R e i n a C r i s t i n a todos los elementos monárquicos oficiales y privados emularon en exteriorizar su entusiasmo y adhesión al M o n a r c a que representaba a l a restauración borbónica de S a gunto, a la hechura de Cánovas, que nunca perdonó al huero Martínez Campos que pretendiese ser el restaurador. T o d o este aparató de fiestas era artificioso, como los lienzos que constituyen la decoración de u n tea- D i j o bien el anciano de C o o s toda l a sabiduría está en la experiencia. Creía y o antes de ver y experimentar, que los regicidios se fraguaban entre unos hombres c r i minales de rostro patibulario, conciencia embotada y exaltación psicopática que l i n daba e n l a demencia. Así miraba yo a R a-
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