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E L MAESTRO D E LA L E Y E N D A D E SANTA. L U C I A LA VIRGEN E N T R E LAS VÍRGENES la leve altura del Calvario, el maestro Van der Weyden alzó la l i nea escueta de la cruz, y de ella colgó el cuerpo delgado e inerte de Cristo muerto, abierta horriblemente la ancha llaga del flanco, goteantes de sangre, manos y pies taladrados, herido el divino rostro y todo el santo cuerpo que sufrió tanto martirio. E n el cielo, a derecha e izquierda del cuadro, se aglomeran negras nubes, cegando con su tiniebla los globos lucientes de los astros, mientras, al fondo, la ciudad deicida resguarda su caserío tras recios murallones, sobre los que ascienden cúpulas, íorres, altos palacios espléndidos. Serenamente se remansa el agua de un estanque junto a la muralla, y la campiña muestra sus campos y sus caminos, sus árboles y sus rocas, en una de las que recuádrase la losa del sepulcro nuevo, tallado en el flanco de una peña, donde poco después guardarán los piadosos varones el cuerpo del Crucificado. OBRE S Junto a él, en postura simétrica y dolorida, la Virgen María y San Juan se hunden en inmenso dolor. Todo cuanto no sea su pena es inexistente para ellos, sumidos en a inconsolable desesperación de su. desdicha. María, la infeliz Madre de los dolores, -inclina la cabeza hacia un hombro, recuadrado el puro rostro virginal por la cofia blanca minuciosamente plegada, cubierto el cuerpo todo con un largo y espeso ropaje, mientras las manos, aceptando sumisas el espantoso sacrificio, se juntan en oración ardiente y resignada. San Juan, rostro enjuto, seguramente es retrato de algún amigo del pintor, también une las manos, pero no tan mansamente como las de la Virgen, sino crispándolas algo, en un arranque de impetuosa indignación. Ambas figuras son soberanas de expresión, de dibujo y color. Más con serlo tanto, palidecen ante las de los donadores del magnífico cuadro, que, arrodillados en el primer termino, se aparecen junto a un escudo, rematado por herál dico monstruo, que sujeta entre sus garras un anillo, dentro de cuyo círculo se esponja tina flor de cardo. E l donador es hombre que entra en la r madurez de la vida. Está revestido con lu- cida muerte, mientras al fondo se perfilan ciente coraza, espadón al flanco, las mano- Jas líneas de un tranquilo panorama, gráciles plas junto a las rodillas hincadas en el sue- árboles, almenadas cortinas de murallas, las lo, pues ha desnudado sus manos y su ca. -torres de unos castillos, coronados por el beza para rezar de hinojos ante Jesucris- sutil trazo de las veletas. to. E l donador tiene el rostro rasurado, L a Virgen Madre parece tan muerta como de enérgicas facciones morenas, donde se su divino tffijo. E l pintor Petrus Christus empiezan a conocer los surcos del tiempo, la evocó bajo los rasgos de mujer aún joque también aclaró un poco los cabellos, ven, de facciones regulares y bellas, a las cortos y lasos, dejando mayor anchura a la que los ojos, cerrados por el síncope, presfrente y a las sienes. Junto a él, su noble tan la inmovilidad marmórea de Una estaesposa, vestida de rico terciopelo adornado tua. San Juan y una de las Marías sostiecon tiras de preciadas pieles. U n ancho cin- nen devotamente el cuerpo desmayado, sosturón, extrañamente suelto a su espalda, teniéndolo bajo los brazos para evitar rueciñe la cintura de la dama, que ostenta un de por tierra. E l Evangelista es hombre peinado donde las trenzas y los adornos se de rizosa cabellera y rostro que recuerda mucho al que pintó Van der Weyden en el juntan en complicada trabazón. Junto a la cuadro de que antes hablo. mujer, un garrido doncel de unos quince años, es figura admirable de gracia y de L a santa mujer asiste al terrible lance juvenil hermosura. Está vestido con calzas con rostro triste y sereno. Es la buena amique le ciñen con sus mallas las piernas nerga que atiende compasiva a las desgracias viosas, blanca la una, azul la otra. E l traje de sus deudos y qué les sirve en casos taes de un espléndido, terciopelo, también de les. L a misma expresión aparece en la otra esos colores, y se adorna adefnás con un esmujer, que, cubierta con una túnica, blanca, carolado de seda roja, que lo ribetea y re- sobre la que resbala un manto y tocada de mata, produciendo con su vivo matiz un sorun extraño sombrero, se seca una lágrima, prendente efecto de color. Una mano del de pie, junto a uno de los piadosos varones, adolescente sostiene su gorro, y la diestra que asimismo revelan su emoción, contenise apoya sobre el corazón, cual si lp tomara da por el deseo de servir lo mejor posible como testigo de un juramento. L a cabeza en aquel trance. Uno de ellos, calvo y de del muchacho está henchida de entusiasmo undosa barba, se viste con. un lujoso ropón y fuego juvenil. Así como las de sus padres de terciopelo labrado y pieles, sosteniendo expresan un dolor respetuoso, pero resignaa su flanco una espléndida daga de largo puño de cristal. Sólo la Magdalena, amor do a lo inevitable ante la tragedia del Calprofundo e inconsolable, solloza, extraviavario, la del joven se inflama en indignación generosa flameantes los ojos ingenuos dos los ojos, gemebunda la boca, apretanoue se fijan valientemente; en el cuerpo de do fuertemente las manos en un movimiento convulsivo, y es en el cuadro como un Cristo, mientras la fresca boca que aún no grito humano y desgarrador, ya que, aparconoció la necesaria mentira parece proferir te de. la Virgen, casi muerta de pena, los alguna patética rJiromesa que más tarde, demás persona jes son, en torno del admigracias a las falacias y compromisos dei rable Cristo muerto, como comparsas que mundo, es fácil quede incumplida. llenan su papel en una escena mil veces reCon reverencia y devoción, los santos vapetida. rones reclinan el exánime cuerpo de Cristo sobre el blanco sudario. E n el suelo de dura Atado el flexible cuerpo joven a un árroca yacen los clavos de la crucifixión, jun- bol tan grácil como su adolescente acadeto al pomo de aroma que ha de ungir el mia, San Sebastián, desnudo el torso, remortal despojo. Más al fondo se ve la base cibe los flechazos de los feroces arqueros. de la cruz y, a su pie, la calavera de la venSólo ha conservado de su traje las rojas
 // Cambio Nodo4-Sevilla