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VAN DER W E Y D E N E L CALVARIO calzas. Yacentes por ei suelo, entre 1 a hierba florida, el camisolín blanco y el jubón de oro y terciopelo. U n brazo del mártir está sujeto violentamente a una rama alta, y, entre las hojas, la mano se abre como una delicada flor de cinco pétalos; el otro bTazo lo prendieron también de modo brutal al tronco del árbol, y así, distendido por la forzada postura, se ofrece el cuerpo del asaetado- a la, mordedura de ías flechas. Estas van clavándose en las piernas, en los brazos, en los lugares donde el sufrimiento. ha de durar sin concluir con la vida. Los verdugos poseen abundancia de saetas; uno las guarda bajo el brazo, el otro arroja al suelo las suyas, que forman nutrido haz. Más lejos, entre ingentes peñascos, un enigmático personaje barbudo y, enturbanado contempla el suplicio y alza la diestra, no se sabe si en seña l de horror por el cruento espectáculo o sr en prueba de admiración por la cruel pericia de los saeteros, que cumplen su terrible misión con la indiferencia de quienes realizan un trabajo de todos los días. A lo Tejos, Meftling autor de este hermosísimo cuadro, reprodujo la silueta de una Roma feudal, vista corivencionalmente como un Amberes o una Bruselas del siglo xiv. Un tortuoso sendero que serpentea al través de campos verdes, lleva hasta la ciudad, que, presa entre fuertes murallas, alza las masas orgullosas de alcázares y monumentos, mientras el rostro juvenil de San Sebastián muestra una plácida serenidad milagrosa, que no perturban las heridas Crueles de las flechas. E l cuadro es admirable y a ú n no ha recibido ninguna de las impresiones paganas del Renacimiento, que poco después hubieran hecho del mártir un Apolo o un Baco, transformado su cuerpo, donde aún perduran las líneas gráciles y enjutas de una adolescencia no muy robusta, en el de un Dios fornido y musculoso del Olimpo. Un amplio- y abierto pabellón de gusto italianizante, por cuyas ventanas se divisa pintoresco y montañoso panorama, cobija a Santa Ana y su linaje. L a abuela de Cristo ocupa con éste y la Virgen María el centro del grupo familiar. A su alrededor, Quintín Metsys, el pintor herrero, colocó los demás miembros de la estirpe: hombres, mujeres, niños, A la derecha, María Salomé cun Santiago y Juan el Evangelista; a la izquierda, María Cleofás con Santiago el Menor, San S i món y José el Justo, mientras tras ellos, separados de las mujeres por el respaldo del rico asiento de mármoles y jaspes donde están acomodados, aparecen San Joaquín, San José, el Zebedeo y A l feo. Santa Ana ofrece a su divino nieto las uvas de un hermoso racimo, mas el Niño no parecer apreciar mucho la dádiva de su abuela, pues toda su atención está fija en el pajarillo que se posó en su mano y al que la Virgen M a n a tiene sujeto con un hilo. A l ofrecer Santa Ana el fruto a Jesús lo hace sonriente y afable, expresando su rostro, y. a algo marchito, todo el encanto dulcísimo con que las abuelas miman a sus nietos. L o mismo Santa Ana que la Virgen están vestidas con ricos trajes, bordados lujosamente, y mientras la abuela cubre su cabeza con una original caperuza forrada dé armiño, María deja rociar por sus hombros larga y admirable cabellera, rubia y rizosa. Están las dos santas damas sentadas a alguna mayor altura que las otras, cual corresponde al puesto que ocupan en la divina prosapia. Acomodadas más modestamente, las Marías aparecen asimismo lujosamente ataviadas a la moda del tiempo en que se pintó el cuadro, luciendo bizarros sombreros a modo dé turbantes, de donde se desprenden leves velos transparentes. Ambas son bellas, de rostros agraciados y simpáticos. Junto a ellas los niños, que serán santos apóstoles, juegan, leen, contemplan estampas; graciosamente vestidos, gesticulan con el desenfado y gracia propios de la chiquillería, mientras los varones, de tipo algo hebreo e indumentaria vagamente oriental, fijan los ojos en el Jesús infante, razón y centro de todo el grupo. Este cuadro, aunque se halla bastante restaurado, es de un grande y sugestivo encanto, al que se añade el que le presta un vago matiz azul que lo envuelve todo en una atmósfera delicadísima y como de hechizo. L a arquitectura del pabellón y su riqueza de mármoles y jaspes pulidos son seguramente de origen italiano, y unas vagas figuras gesticulantes que, sentadas en los remates de las columnas, aparecen en segundo término, son corno evocación de rústicas divinidades del paganismo, traídas allí por el pujante Renacimiento. Un maestro incógnito, el de la Leyenda de Santa Lucía, pintó a la Virgen entre las Vírgenes en un florido huerto donde los árboles sostienen frutas sazonadas, y sobre la lontananza de campos, ciudades y castillos la Madre de Dios está en trono de majestad, sosteniendo al Hijo divino en su regazo. A ambos lados, arrodilladas y cubiertas de ricos mantos, donde los instrumentos de sus martirios se han convertido en motivos de ornamentación, Santa Catalina recibe el anillo de los desposorios y Santa Bárbara ofrece un clavel al Niño Jesús. Junto a estas doncellas otras se acomodan a derecha e izquierda: Santa Águeda, con sus senos arrancados; Santa Úrsula, con sus fleclias; Santa Inés, con el cordero; Santa Polonia, con una muela al extremo de una largas tenazas; Santa Lucía, con los ojos sobre una bandeja. Todas gozan de la bienaventuranza en aquel paraje ameno, formando como una corte a la Virgen Reina y Madre de Dios. Todas padecieron, terribles martirios y murieron puras y sin mancha alguna en su vh- tud. Por eso están cerca del Esposo divino y disfrutan de su presencia. Mas el incógnito pintor puso aún otra mujer en el cuadro. Y la colocó muy próxima a Cristo, más de lo que están las gloriosas vírgenes y mártires. Arrodillada en el suelo, la Magdalena ofrece a Jesús el bálsamo y le contempla con inmenso amor. Sus pies están descalzos, su cabellera, des- ordenada; su traje, si bien es rico, aparece algo desaliñado y no tan correcto como los de las otras santas, que son cual princesas. N o obstante todo esto, la Magdalena es vecina de Cristo, casi le toca. Posible es que el maestro de La muerte de Smita Lucia creyese debía colocarla en este sitio privilegiado en razón de lo mucho que sufrió por el amor. MAURICIO L Ó P E Z R O B E R T S Marqués de la Torrehermosa.
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