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A B C. D O M I N G O 27 D E D I C I E M B R E D E 193 EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 25 A GLOSAS L A CONSTITUCIÓN ¿E s necesaria la l e y de P r e s u puestos? Cuando se discutía en las Cortes el proyecto de Constitución hube de lamentarme de que se hubiese presentado sin un preámbulo, sin una explicación, sin una exposición de motivos. N o pudo suplirse esa falta con el discurso elocuente que al abrirse el debate pronunció el presidente de. la Comisión dictaminadora, Sr. Jiménez Asúa, y siempre será de lamentar que una ley política tan hondamente revolucionaria de nuestro Derecho público y privado no vaya precedida de una explicación doctrinal que pueda constituir como su interpretación auténtica. Los que por deberes profesionales hayamos de explicar el texto constitucional no tendremos las facilidades con que cuentan los que tienen que estudiar la ley H i potecaria, l a ley de Enjuiciamiento criminal, la ley de Aguas, la ley de Minas o las leyes desamortizadoras. Podrá argüirse que la verdadera interpretación auténtica de la Constitución está en los debates parlamentarios; pero, aparte de que también se discutieron en las Cortes todas esas leyes a que antes- aludía, habrá casos en que no nos darán luz bastante las manifestaciones, siempre discretas y elocuentes, de los dignos individuos de l a Comisión. T a l sucede con el artículo 116, que dice textualmente: L a ley de Presupuestos, cuando se considere necesaria, contendrá solamente las normas aplicables a la ejecución del presupuesto a que se refiera. Sus preceptos sólo regirán durante l a vigencia del presupuesto mismo. A l ponerse a votación definitiva el proyecto de Constitución, y considerando que se había hecho en el texto. algunas correcciones de estilo, yo pedí la palabra creyendo, que se trataba de una errata de imprenta. Supongo- -dije- -que lo aue escribió la C o misión fué que, cuando fuese necesario, en l a ley de presupuestos se contendrán las normas, etc porque con la actual redacción e femenino necesaria referido a la ley de Presupuestos da a entender que puede darse el caso de que no sea necesaria la ley de Presupuestos. L a Comisión, sin embargo, me contestó que no habia ninguna errata, y que el articulo se refería, en efecto, al caso en que fuese necesaria la ley de Presupuestos. N o se prestaba el momento parlamentario a rectificaciones, sobre todo cuando, al mismo tiempo que yo estaba hablando, el m i nistro de Hacienda, D Indalecio Prieto, repartía a sus compañeros en el banco azul los primeros ejemplares de una copiosa t i rada de la nueva Constitución... que todavía no estaba aprobada definitivamente. Y sin duda por la pueril vanidad de repartir al día siguiente por calles y plazas como pan bendito la flamante Constitución, ésta llevará siempre, por lo visto, el estigma de algunos errores garrafales como el que estoy ahora comentando. N o puede decirse: l a ley de Presupuestos cuando sea necesaria, porque con arreglo a la Constitución es siempre necesaria, y así resulta de lo que dice el artículo 107. L a formación del proyecto de presupuestos corresponde al Gobierno; su aprobación, a las Cortes. E l Gobierno presentará a éstas, en la primera quincena de octubre de cada año, el proyecto de presupuestos generales del Estado para el ejercicio económico siguiente. Y todavía recalca más esta necesidad el ¡artículo 109, cuando dice: Para cada año e c T m k q nq podrá haber sino un solo pre- supuesto, y en él serán, incluidos tanto en ingresos como en gastos, los de carácter ordinario. E l carácter ineludible de l a ley de P r e supuestos, no sólo para el Parlamento y para el Gobierno, sino para el mismo jefe del Estado, se subraya todavía más en el precepto, enteramente nuevo y excepcional, del articulo l i o que dice que el presupuesto general será ejecutivo por el solo voto de las Cortes, y no requerirá para su vigencia la promulgación del jefe del Estado. A la vista de todos estos preceptos constitucionales, ¿cómo puede darse el caso de que no sea necesaria la ley de Presupuestos? ¿Cómo puede admitirse en el texto constitucional esa desafortunada expresión en que, refiriéndose a la ley de Presupuestos, se añade cuando sea necesaria? Y es que en la ley de Presupuestos se han distinguido siempre dos cosas, que olvida el texto constitucional: las cifras y el articulado. H a y casos en que no hay necesidad de articulado, pero no puede nunca prescindirse de las cifras, y como el Gobierno para pagar los gastos y para recaudar los ingresos necesita estar autorizado por una ley, la ley de Presupuestos es. siempre necesaria. L o que se ha querido decir, sin duda, es lo siguiente: E n el articulado de la ley de Presupuestos, cuando sea necesario, etc. Y es que en l a Constitución se han puesto muchas cosas que no son constitucionales, sino propias y privativas de las leyes orgánicas o de las leyes ordinarias. Este precepto que ahora comento es adecuado para una ley de Contabilidad, pero es enteramente ocioso en una Constitución. Dice, en efecto, la ley de Contabilidad de i. de julio de 1 9 1 v e n s u artículo 37: L o s preceptos que contenga el articulado de las leyes de Presupuestos sólo estarán en vigor durante el ejercicio de cada presupuesto, y el de la prórroga en su caso, y comprenderán únicamente las disposiciones que determinen las cantidades a que hayan de ascender los ingresos y los gastos, y las que sean necesarias para la administración de los presupuestos respectivos. E n ningún caso se podrán dictar leyes nuevas ni modificar las vigentes por medio de preceptos contenidos en dicho articulado. Esto es mucho más claro que el artículo 116 de la Constitución, el cual repito que no hacía ninguna falta. Pero, en fin, ya que se ha querido decir una cosa que no hacía falta, por lo menos haberla dicho bien. ANTONIO R O Y O VILLANOVA MEDITACIONES POLÍTICAS P r o b l e m a s eternos L a Biblioteca de Tomistas Españoles ha publicado recientemente una magnífica edición de la obra de Santo Tomás de Aquino, titulada Da Rccjimine Principian, según versión española del siglo x v contenida en un códice de la Biblioteca Escurialense. Todo en la noticia tiene sabor a cosa añeja. E l autor, el título original de la obra, su materia, la fecha de la versión, el lugar en que el códice se encontrara, su intérprete, su editor. Frailes v conventos, horas sin cuento invertidas en descifrar escrituras casi ilegibles, santos que escriben de filosofía política, son para muchas gentes de este siglo anacronismo inconcebible. Y sin embargo... Cuando se alardea ae progreso científico en materia política se comete un verdadero fraude. Los problemas de hoy son problemas de ayer. Y las soluciones que para los mismos hoy se proponen con una especie- de cínico candor, habían gido previstaSj rechazadas y substituidas por otras en lo pasado. E s curioso en este particular lo qce un santo, tan desprendido del dinero como pueda serlo un fraile observante, dice acerca de él, en lenguaje que su traductor del s i glo x v nos ha dejado para regalo de nuestro espíritu en uno de los rincones de l a B i blioteca de E l E s c o r i a l Demás de esto, en quanto la moneda es regla e medida de las cosas que se venden e compran, en tanto se muestra su excelencia; conviene a saber que la imagen del Rey é del principe que está en el dinero, sea regla suya en los tractos que los pueblos e los subditos han unos con otros. Onde este vocablo moneda, quiere tanto desir commo amor estante o requiriente la voluntad, a que non se cometa nin se faga engaño entre las gentes, pues que ella es devida e rasonable medida... E l a qual aunque le sea licito mandar rescibir e recabdar su derecho batiendo la tal moneda, deve empero seer tenprado e tener tempranza el Rey e qualquier principe que sea en mudando o en amenguando el peso o el metal de aquella; ca esto redunda en dapño del. pueblo. E n esas jugosas líneas se trató, allá por el siglo XIII, de problemas tan actual como el cambio, sin que el menor desfallecimiento intelectual acerca de l a naturaleza de la moneda, ni el más pequeño error acerca de l a inflación, se deslicen entre ellas. L a moneda no es un mero símbolo: es regla e medida de las cosas que se venden e compran H a de tener, pues, con lo reglado o medido una cualidad común: aquella precisamente poi; la que las cesas se compran o se venden. Moneda que de la misma carezca no lo será más que de nombre. Causa un poco de sonrojo pensar que en épocas modernas esta doctrina ha sido desconocida, y que, en cambio, tenía en la Edad Media tal raigambre social, que, según nos dice Santo Tomás de Aquino, el Rey de Aragón fué gravemente reprendido por el Papa Inocencio por quanto avia mudado el cuño e la moneda amenguándola en dapño del pueblo U n a y otra vez, al lado del fundamento económico de. la equivalencia entre las cosas y la moneda, aparece el moral de su igualdad. Santo Tomás no puso a l a Economía política sobre un aislador como la pusieron varias de las escuelas, económicas del pasado siglo, hoy completamente desacreditadas. Su acierto genial le permitió ver que si la Crematística se apoya en fundamentos específicos, sobre ellos se cierne el de que no cabe alterar el valor de l a moneda, ca esto redunda en dapño del pueblo Deberían hablarnos un poco de estas cosas los que se dan hoy por sus redentores. Cuando se defiende el supuesto de una alianza de la Iglesia y el T r o n o en contra del pueblo, como emponzoñando la historia de la Humanidad, o no se sabe por qué se dice, o no se sabe lo que se dice. Ese en dapño del pueblo limitado y condicionando la acción entonces poderosa de los Reyes, aparece en los escritos de todos los teólogos y filósofos católicos. Donde ya no se observa es en l a actuación de sus enemigos. Y como botón de. muestra, ante nuestros ojos está la política socialista en materia monetaria. L u g a r en que puso la mano, i n flación al canto. Y la inflación no es más que el nombre moderno de l a operación que Santo Tomás de A q u i n o denominó mudar el cuño e l a moneda amenguándola L a i n flación, en efecto, entraña las dos cosas- -exactamente las dos- -que el santo condenaba, porque redundaban en dapño del pueblo. P r i m e r o se muda el cuño, y a lo que era una peseta se le cuenta en lo futuro por dos, y después se amengua la moneda, porque una peseta de cincuenta céntimos tiene un poder adquisitivo mitad del de una peseta de cien céntimos. E s admirable que Santo Tomás de A q u i n o resolviese por anticipado el asenderado problema de los encajes- pro de los Bancos de emisión modernos,
 // Cambio Nodo4-Sevilla