Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
r A E C. D O M I N G O 27 D E D I C I E M B R E D E 1931. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 24 ro libre. S i se sigue igual camino con ¡os Ferrocarriles, el Estado habrá adquirido l a obligación de velar paternalmente por el presente- -sueldos- -y el mañana- -clases pasivas- -de muchísimos millares de ciudadanos. Carga enorme, casi inconmensurable. E l Banco de España había pactado con el Estado por plazo de veinticinco años. Campsa formalizó su contrato por veinte años. E l de la Telefónica tenía igual duración. E n los tres casos, el Estado asume por sí y ante sí, unilateral, violenta, anticontractualmente, y antes de tiempo, la i n i ciativa ¡cancelatoria. Esta infracción reincidente de compromisos jurídicos tiene que dañar a la postre al crédito público. ¿Quién contratará, en lo sucesivo, con el Estado? Y no se diga que el Monopolio o la Telefónica son creaciones ilegales de la D i c tadura. T a l argumento no valdría nunca respecto del Banco de España. Pero, además, es en sí mismo una demencia. N o puede sostenerse seriamente la tesis de la nulidad de origen de los decretos leyes dictatoriales. O h a b r í a de llevarse al último extremo. ¿N o se respetan los compromisos internacionales de tiempo de la Dictadura? ¿N o son válidos los Tratados de Comercio, o de paz o arbitraje, firmados por España en ese período? Frente a tercero contratante, el Estado es siempre el Estado, y no muere ni se eclipsa, fuere cual fuere su representación. U n a última observación. L a política de estatismo, con su inexcusable cortejo de grandes inversiones de capital público, coincide con un déficit presupuestario de, 600 millones de pesetas y una reforma agraria cuya financiación exigirá más de m i l ¿De dónde piensa sacar, el Gobierno tanto dinero? ¿De la inflación? ¿Del contribuyente? ¿Del crédito, esto es, emitiendo Deuda? H e aquí tres hipótesis tan escalofriantes como imprevisores y perturbadores nos parecen los tres proyectos. MÁXIMO N o voy a pararme en la supresión de títulos aristocráticos (repito que hablo en una inhibición absoluta, ya que yo no lo usaba sino única y exclusivamente en las relaciones protocolarias mundanas, y eso me da una cierta autoridad, que, aunque comprendiendo que sea una determinación blindada al tendido de sol, me parece una inutilidad, pecuniariamente dañosa, ya que en el mundo la vanidad es una de las fuentes más saneadas y seguras de ingresos, y que, con prohibición o sin ella, acabará por pasar como en Francia, que, a la larga, sin pagar nada, sin utilidad para el Tesoro, cotízanse los títulos nobiliarios muy altos. H o y en Francia, un Poügnac, un Rochefoucauld, un Murat, se valoran a precios exorbitantes... para casarse con una argentina o brasileña millonarias. Podía haberse recargado el impuesto sobre la ostentación y transmisión; podía, a quien quisiese oficialmente ser duque, marqués o conde, hacérsele pagar, con lo que el E r a r i o público no sufriría y la vanidad quedaría a salvo. V o y a tratar de algo mucho más interesante y trascendente de la concepción imlgñr de la aristocracia. Confieso que mi primer sorpresa ha sido que un gran pensador, que ha vivido, como Ortega y Gasset, haya i n currido en la vulgaridad de englobar la aristocracia con otros factores de l a- decadencia monárquica. Pobre aristocracia! Justamente su gran defecto fué... ser inofensiva, amorfa, fantasmagórica, una idea abstracta a cuyo servicio y defensa no hubo nada. L a labor de la aristocracia, de la verdadera, no de los que bailan en el R i t z y frecuentan teatros los días de moda, pudo ser algo maravilloso, de influencia, educación y conducción social. L a aristocracia, al contrario de l a mesocracia plutocrática, pudo apoyarse, ayudar, guiar y ser sostenida a su vez por el socialismo. N o tenía sino que modificar algunas máximas, no en esencia, sino en exposición, que rechazan toda injerencia extraña, y que resucitar sus viejas ideas, vistiéndolas de nuevo, con exclusión de alguna traba, anticuada ya, aceptando las nuevas sin más que una depuración de inútiles fanfarronadas, naturales en la lucha. Decía E m i l i a Pardo Bazán en el prólogo de mi primer libro, Cuestión de ambiente, que se confundían en el lenguaje vulgar dos términos: aristocracia y buena sociedad, ya que esta última era a modo de terreno de aluvión en que se mezclaba y confundía... de todo. Y o sé decir que en el proceso del Directorio, de la caída de la Monarquía y de la revolución, la aristocracia tuvo un papel secundario. E n política no intervino sino con su fervor, fidelidad y buena voluntad (cosas respetables aun para los más crueles adyersarios) en los negocios, si intervino, fué con un doble código, no sólo el corriente, sino uno dictado por orgullo de raza y respeto al nombre, ese raro código que se llama del honor; en cuanto a cuestiones monetarias, crematísticas o de Hacienda, que, por lo visto, son las que más duelen, -diré que la gente padece una deformación lamentable de visión. ¡Pobre aristocracia! repito. Fuera de- dos o tres grandes Casas, que, si, poseen bienes que pueden reputarse por tales, y de otros que no son verdaderos aristócratas, sino que, poderosos gracias a empresas y negocios, han comprado un título de Castilla, los demás, la inmensa mayoría, son unas pobres gentes que no tienen dos pesetas, que viven sacrificados al nombre, a la posición, al rango social, haciendo lo que creen su deber. L a s casas donde se. come cocido a diario, exceptuando los días de banquete, o aquellas donde se vivía un mes de los restos del buffet de un baile, no eran pocas. Aún hay muchos más tópicos, de que iré hablando; por hoy basta. 0 teganao la legitimidad de su desmedro, ca esto redunda en dapño del pueblo Así son las cosas... Y no se acabaría de poner de resalto todo l o que hay de actual en la inmortal obra De Regimine Priticipum, sino recordando cada uno de sus capítulos. E n el notable prólogo del padre Getino se les pasa revista y se apuntan sintéticamente las materias de que tratan. ¿N o son problemas que hoy apasionan los de la propiedad y el comunismo, el origen del Poder, las formas de Gobierno, la libertad, la licitud de la guerra, y los que como secundarios de ellos se derivan? Pues todos ellos apasionaban y se debatían en el siglo X I I I y en el v, y aún en los anteriores a Jesucristo. Y lo peor para nosotros es que apasionaban con mayores luces en los cerebros, y con menos tópicos en los labios. L o que hoy se proclama con pretensiones de novedad, tratado está o por Santo Tomás o San Agustín, o Aristóteles, o Platón, o Sócrates, y n i aún lo heterodoxo y estrambótico se ha conseguido superar, n i por de contado expresarlo a través de más profundos conceptos, n i mucho menos revestirlo de formas más delicadas. Toda nuestra; literatura socialista y comunista- -hoy en incomprensible boga- -es una verdadera regresión con respecto a lo antiguo. También en este punto puede repetirse que así son las cosas... 1 VÍCTOR PRADERA TEMAS ECONÓMICOS Queremos llamar la atención del lector, simultáneamente, hacia tres proyectos de ley del Gobierno republicano. Uno, y a aprobado; os otros dos, en tramitación parlamentaria. Nos referimos al de Ordenación bancaria, el de l a Telefónica y el de Petróleos. Los tres obedecen a una tendencia resueltamente estatista. E l Banco de España es ya casi un Banco de Estado. E l Monopolio de Petróleos dejará de ser administrado por ana Empresa privada. L a Telefónica será Expropiada, encargándose el Estado de su servicio. Atenuado en el priníero; radical, pero lento, en el segundo, y radical y súbito tn el último; el estatismo invasor y absorbente fluye en los tres proyectos. Dos consecuencias nos interesa deducir de la tendencia. L a estatificación es, inexcusablemente, fuente de gastos presupuestarios. El Monopolio de Petróleos se estableció sin jue el Estado desembolsase una sola peseta. Ello fué posible por la mediación de un tercero, erigido, mediante concurso, en administrador del mismo Monopolio. Este tercero, t cambio de una comisión modesta sobre la renta líquida anual, había de aportar el cafital y los medios precisos para el suministro, ¿distribución, la flota y el refino. A h o r a ti Estado tendrá que reembolsar á Campsa iu capital, amén de sus anticipos de numerario, y- -l o que es más grave- -tendrá que lomar por su cuenta las enormes inversiones tún pendientes para gastos de flota y reino. A l g o parecido sucede con la Teleiónica: el Estado adjudicó el servicio, garantizando una caducidad a plazo y un calón mínimo, y sin realizar ninguna aportaron de capital. Ahora, si prospera el prorecto, tendrá que reintegrar a la Compañía as sumas gastadas- -más de seiscientos m i tones de pesetas- y gastar, con imputaron al E r a r i o las que requiera el futuro lesenvolvimiento de la red. O sea, que esta lolítica obliga al Estado a buscar capitales iropios, lo que sólo puede conseguir forando los impuestos o emitiendo Deuda. Otra consecuencia. Todo servicio estati ¡cado da rango de funcionarios públicos ¡sus dirigentes y agentes. Implantado en ü día el nuevo sistema, dependerán direcamente del Estado los empleados y óbreos de Petróleos y Telefónica. E s una Krdad evidente que el funcionario públip cuesta másj, o rinde menos, g. ue el obre- LA FALSEDAD ARBITRARIA D E L O S TÓPICOS Y SU F A T A L INF L U E N C I A E N L A VIDA ESPAÑOLA N o puede decirse que el tópico, como i n formador o encauzador de la vida, fuese deformación de la España monárquica; debe ser, por el contrario, mal endémico, por cuanto con la República rebrota abundantemente. U n o de los grandes errores de la Monarquía fué, en vez de afrontar l a realidad cara a cara, pretender, escamotearla, substituyéndola con tópicos; pero, a su vez, la República parece buscar en otros viejos y gastados tópicos la justificación de cualquier equivocación en que incurre. E n este momento, todos, republicanos o monárquicos, hemos de estar fervorosamente al servicio de España, y una de las cosas más útiles que pueden hacerse es contribuir a disipar fingidos fantasmas, a evitar que acometamos molinos de viento por gigantes. U n o de estos fantasmas gigantes, o molinos de viento, contra los que los pobres caballeros andantes del ideal, y tras ellos las masas o ejércitos que les siguen, acometen sin cesar, es l a aristocracia. Como, yo, poseedor de un título de Castilla, no lo usé nunca, prefiriendo, con vanidad tal vez pueril, el nombre hecho con mi trabajo (en el mismo caso se encuentran otros muchachos de singular talento, como A l v a r o Alcalá Galiano, que no firmó jamás sus escritos como el marqués de Castel B r a v o) me creo autorizado para haMar recio. con la. cabeza muy alta. -ANTONIO. D E HOYOS Y VINENTJ