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MADRID- SEVILLA 29 D E D I C I E M B R E D E 1931. N U M E R O S U E L T O 10 C E N T S KffiJÜACClüK: DIARIO DO. ILUSTRAVIGE 9.027 SEVILLA AÑO SIMOSEPTIMO NUMERO PKAJDO Dfii S A N S E B A S T I A N S U S C R I P C I O N E S A N U N C I O S M U Ñ O Z O L I V E CJfiltCANA A 1 E T U A N No es preciso esperar declaración de Gobierno sobre el pleito de los ferroviarios, porque las reiteradas de D. Indalecio Prieto, sin discrepancia alguna entre sus compañeros de Gabinete, -equivalen al acuerdo del Consejo de ministros. En verdad estaba previsto por las mismas razones que aduce el de Obras Públicas, sin que necesitase añadir ejemplos comparativos. La nivelación de los presupuestos descarta toda hipótesis de incluir en gastos los millones de pesetas que el aumento de sueldos y jornales haría preciso. Exigirlos a las Empresas sería ocioso, sobre injusto. Y la tercera solución, o sea la de endosar la sobrecarga al usuario, es decir, al público, no es menos inadmisible, porque ya es bastante insoportable la. carestía de ios billetes, gravados con impuestos y seguros, y la de tarifas de transporte. No es probable, sin embargo, que cejen en su demanda los elementos ferroviarios, a los que se alentó con promesas, más tendenciosas que sinceras, y que ahora se revuelven contra el Sr. Prieto, exhumando compromisos o promesas concretas cotí que les animara la famosa Junta revolucionaria dada a luz en el pacto inédito de San Sebastián. Pero el gobernante tiene que medir sus resoluciones, atento a la responsabilidad que contrae. Y ahora el Sr. Prieto, que se hace cargo plenamente de esas responsabilidades y del peligro de mantener engañosamente esperanzas irrealizables, no puede Jiablar sino como ministro, y forzosamente ha de desoír los argumentos y las invocaciones del Sindicato Ferroviario, no sólo en cuanto a mejoras inmediatas, pero también en la premura con que se recomienda nacionalizar los ferrocarriles, lema de fácil afirmación para el tablado del mitin, pero que en un despacho ministerial adquiere contornos temerarios ante él recuerdo de los aciagos ensayos de varias tuiciones y en tiempos de prosperidad, anteriores a to gran guerra. La posición y la actitud que. adopta el señor Prieto son, por lo francas y resueltas, plausibles y hasta ejemplares, puesto que arrostran el choque con la impopularidad. Y no podrá quejarse del respeto y asentimiento con que en general son recibidas. No solían acogerse así otras análogas por la oposición socialista en tiempos anteriores. Ni sabríamos decir si. el propio Sr. Prieto, en activa oposición, participaría en esta acogida, que ni siquiera aprovecha la antítesis para sembrar ta cizaña. En definitiva, el episodio ofrece un buen consejo de táctica y de moral política, y es éste: que quienes aspiran a gobernar deben omitir en sus propagandas y en sus compromisos con las masas aquello que de antemano saben que no podrán hacer, desafiando por anticipado una impopularidad que luego es inevitable y acaso de mayores consecuencias. Esta lección de la realidad a quien más puede aprovechar es a los propios correligionarios del Sr. Prieto que con él comparten los puestos de la primera fila del socialismo. Ellos, que son los conductores deben cuidar de. no tener que producir la decepción, rectificando caminos o volviendo la espalda a quienes ellos mismos enardecieron e ilit- EL PROBLEMA FERROVIARIO Nuevas declaraciones de don Indalecio Prieto E n la Hoja Oficial del Lunes aparecen unas- nuevas declaraciones del ministro de Obras Públicas, acerca del problema planteado por el Sindicato F e r r o v i a i m De ellas extractamos lo que nos parece más interesante H a y entre las aspiraciones del Sindicatos- -dice el Sr. Prieto- -una de verdadera grandeza- -la de nacionalizar los ferrocarriles- en la que yo advierto, no sólo l a mira de mejorar la situación económica de los obreros, sino también el afán generoso de dar a los servicies ferroviarios una estructura que los haga m á s provechosos al interés com ú n pero, sobre esto- -al menos así me lo aconseja mi cautela de gobernante- -no se puede improvisar. Sería temerario ir de re pénte, de modo súbito, a soluciones que sin ser hondamente meditadas podrían resultar enormemente temerarias. Mas, en tanto se acuerde la nacionalización, si a esa nacionalización se va, los ferroviarios pretenden que la Hacienda pública, de modo provisional, eche sobre sus ya cansadísimos hombros la carga financiera, no pequeña, que suponen los aumentos de retribución pretendidos. Tenernos todos un concepto de lo que es en España, y, sobre todo, en cuanto respecta al Estado, la provisionalidad. Aquí lo provisional suele ser lo definitivo, y a veces lo eterno. E n mis declaraciones anteriores, en aquellas en que abordé por primera vez deide mi nuevo puesto ministerial este problema, establecí un parangón entre la situación de los ferroviarios con un haber fijo, mezquino o no, pero que les pone a salvo de los peligros del hambre y el estado angustioso de muchos millares de obreros que a consecuencia de la crisis industrial carecen en absoluto de todo recurso; y establecí ese parangón para decir que en todo caso sería deb e r del Estado enfocar el esfuerzo de su posible auxilio hacia los obreros carentes de todo- recurso para mitigar su efectiva miseria, en vez de. dirigirle a mejorar el haber de quienes cuentan ya con un mínimo que los libra de la terrible contingencia del hambre, y hoy digo que en los presupuestos que está examinando el ministro de Hacienda aparecen cifrados en casi todos los departamentos muchos aumentos, que los respectivos ministros han creído indispensable proponer para mejorar las condiciones de vida de los funcionarios humildes. Y yo temo mucho que el ministro de H a cienda- e vea en el trance doloroso, cuyas perspectivas ya me angustiaban a mí, de suprimir esos pro 3 ectaclos aumentos, de cerrarles el paso, de negarse enérgica y fieramente a que sigan mantenidos en la. propuesta que haya de elevarse a las Cortes. E s m á s quizá el ministro de Hacienda, que dentro de Gobierno y en las presentes circunstancias ha de- ejercer, con respecte a sus compañeros, funciones de tipo dictatorial, se vea obligado a imponer por sí o a sugerir a las Cortes, l a anulación de ciertas modificaciones de plantillas, que, con vehemente y justo deseo de mejorar a sus respectivos funcionarios, decretaron desde abril acá algunos ministros; porque el ministro de Hacienda habrá de debatirse entre ese precedente y la solicitud, cuya equidad no se puede negar, de funcionarios de otros m i nisterios que reclaman su equiparación con ios recientemente favorecidos, produciendo en tal caso un arrastre de muchos millones de pesetas, y si esos trances dolorosísimos llegan para D Jaime Carner, ante quien, desde luego, el ministro de Obras Públicas no ha de defender una sola cifra de su presupuesto parcial; si el Estado niega a sus propios servidores los aumentos que le piden; si llega incluso a disminuir algunos de los actuales haberes, ¿con qué título, con qué autoridad, puede establecer esa negativa, si al mismo tiempo y con dinero de sus arcas dispone el aumento de retribución de hombres que no están a su servicio directo, ni figuran entre su dependencia? E n la inmensa legión de servidores del Estado hay muchos, muchísimos, con salarios muy inferiores a los de los ferroviarios. Basta sólo fijarse en los servicios que, por ser de comunicación, pudiesen considerarse asimilados a ios que los ferroviarios prestan, como Correos y Telégrafos, para encontrar a multitud de gentes, cual. los carteros urbanos y rurales, y los peatones en Correos y los celadores en Telégrafos, con haberes de tipo notoriamente inferior a los de los ferroviarios, e incluso con funciones más penosas que las de éstos. E l conflicto que se produciría- -aunque no tuviese otras repercusiones que l a de l a pérdida de satisfacción interior en unos h u mildísimos servidores del Estado, a quienes su propio patrono les niega pretensiones, aureoladas por la justicia, y, en cambio, ese Estado, sin obligación que a ello le impela, favorece con sus propios recursos a quienes de él no dependen, ni directa ni indirectamente- -sería un conflicto, no lo dudemos, de caracteres, muy graves. E l gobernante tiene atalaya muy distinta de aquella otra en que para contemplar supropio problema, pero no el de los demás, puede colocarse un Sindicato. E l gobernante no puede enfocar parcialmente su vista hacia un solo lado; su deber es atalayar los problemas en toda l a inmensa vastedad de su conjunto, y esto es lo que hago yo ahor a esto. es lo que hace el Gobierno. N o tiene para mí nada de grato encontrarme por imperiosas exigencias de hechos, que yo no puedo modificar, en el caso de enfrentarme con las aspiraciones de un Sindicato que constituye uno de los pilares m á s firmes de la Unión General de Trabajadores de la organización obrera en que yo he militado día por día, desde hace treinta y siete años. Pero toda l a afectividad que pueda producir en mi espíritu un viejo enrolamiento político y sindical, no bastará a quebrar, en ningún momento, la línea que el deber me trace. Tengo la esn- eranza de que los demás comprendan también el suyo, y de que este aquilatamiento de los respectivos deberes nos s i t ú e a todos en un punto de conjunción que sirva para evitar un trastorno económico a esta nuestra E s p a ñ a que, después de haber derribado un régimen e instaurado otro, libre de esa pesadilla política, debe comenzar ya, con paso firme, la era de su r í m s trucción... 1. a s ¡ral H 5i íacsó Q gráfica deS preserraáe ü á m e r s conáifraúa en a a ¡pesaus!
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