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yo visitaba casi todas las mañanas, que comunicara a Benlliure que el 4 de julio podría ir al estudio a las cinco de la tarde, teniendo libre toda ella e igualmente las sucesivas. Se lo avisé) y allá fué el presidente a la hora convenida. Al día siguiente me dijo Mariano que no había podido trabajar nada y- que lo poco que había hecho no le satisfacía. Sagasta- -me decía- -vino solo, y cuando comencé a modelar observé que el hombre que posaba no era elque yo necesitaba ver para que el retrato fuera fiel expresión del original. Era un Sagasta preocupado, pensativo, entregado a profundas meditaciones, dominado por desazones, que borra- ban en su semblante la naturalidad espontánea y personalísima que vo ansiaba recoger para que mi obra resulte lo que yo necesito que sea. Dejé los palillos y le confesé la dificultad, que él encontró razonable. En vista de ello, le Togué que en la sesión inmediata viniera con Fernando Merino para que, conversando con él, le. distrajese de sus explicables inquietudes. Me dijo que Fernando se encontraba ausente de Madrid; pero que ya que tú has sido el iniciador de la idea de que yo le hiciera el busto, que te avisara para que le acompañes. E n efecto; cuando llegué a mi casa me notificaron que el presidente deseaba que fuese inmediatamente a verle. Acudí sin. tardanza y me rogó que le acompañase mientras posara. Muy reconocido a tan señalada muestra de confianza, me permití decirle: Don Práxedes: el honor que me concede, que es muy grande, me contraría. Voy a tener que conversar con usted dos horas durante varios días. Muchos seguramente envidiarán esta distinción; pero, aun sien do rhuy codiciada, puede tener funestas consecuencias para mí. E n la relación frecuente que con usted mantengo, siempre dentro EL CELEBRE TENOR TAMBERLICK E N LA OPERA g O U N T O (AÑO l86o) de la debida brevedad, no hay espacio de tiempo posible para que usted concentre su atención en lo que hablo; pero ahora, que por necesidad he de ser el blanco continuado de su observación, ¿qué voy ganando con que conserve en su memoria alguna tontería que se me ocurra en tan prolongados diálogos? Como era tan bondadoso, se rió de mis escrúpulos, prodigándome frases afectuosas, que obligaron mi gratitud. A las cinco de la tarde concurrí a la casa de Mariano, y casi al mismo tiempo llegó Sagasta. Duró la sesión más de dos horas, que invertí en hablarle de multitud de cosas, todas ajenas a la política, como imponía la más elemental discreción. Hablamos del tiempo, de actualidades, de la vida social madrileña, de teatros, que, por la razón de no frecuentarlos, le agradaba que le diesen noticia de autores, de obras y de comediantes; de lo bien que habían resultado los festejos con motivo de la jura del Rey, y de lo agradable que era la vida en M a drid durante el verano. Sobre esto le escuché una frase que no he olvidado. Decía que nuestra villa sería la mejor estación estival si no tuviera algunos días demasiado frescos. Recuerdo que también le hablé de toros, y aunque no era aficionado a la fiesta nacional, le interesaron las anécdotas y sucedidos de los grandes toreros, que yo le refería minuciosamente. Sobre todo hiriéronle reír las graciosas extravagancias de Cuchares; las frases, toscas en la forma, pero reveladoras de gran talento natural, de, Lagartijo, y mil curiosidades que de mis lecturas taurinas guardaba yo en la memoria. Terminó felizmente aquella primera jornada, de la cual quedé contento, porque había conseguido distraerle, que era lo que me había propuesto; pero mi gran preocupación era la labor del siguiente día. M i repertorio estaba agotado y sentía el temor del fracaso. Para continuar mi misión, que duró cuatro sesiones más, dé cuyo conteñido entresacaré lo más importante, para no hacer fatigoso el relato, solicité la venia de D. Práxedes para interrogarle sobre acontecimientos políticos pretéritos, que, per serlo, en nada podían comprometer su discreta reserva. Accedió a ello, y voy a consignar los que más interesaron nuestra, curiosidad. NATALIO R I V A S