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DIVO POR PAUL Lávate! llamaba escrutadoras y, sobre todo, por la extraordinaria belleza de sus ojos azules. Su mirada, de ordinario un poco sorprendida, expresaba en aquel instante el aturdimiento casi sonambulesco de un geómetra a quien la quimera del cálculo acaba de arrebatar en sus potentes alas a mil leguas de la tierra. A l ver que aquella. señora no decía nada, desconcertada a su vez por una aparición tan diferente de la. imagen que se había forjado del célebre sacerdote, rompió él primero el silencio, diciendo sencillamente: -Creo, señora, que se ha equivocado usted de puerta. -No- -respondió la dama- ¿Es usted el reverendo padre Euvrard... Y sin dejarle tiempo para responder más que por un signo, añadió: -Padre mío, ruego a usted que me reciba. Vengo á usted sin recomendación, porque he oído ponderar su talento y su corazón. ¡Y tengo tanta necesidad de apoyo... Hablando de este modo, la señora había entrado en el estrecho pasillo. E l sacerdote obedeció casi maquinalmente a aquella acción e introdujo a la desconocida en el cuarto que le servía de biblioteca. Su fisonomía no pudo disimular una contrariedad que no provenía solamente de haber interrumpido su meditación. E l atavío de aquella mujer y su belleza, su estado nervioso y su insistencia le daban la idea de que tenía delante de él una mujer del gran mundo cogida en alguna aventura de pasión. Hombre de estudio, que apenas había ejercido su ministerio desde que salió, de la Escuela Politécnica hasta que entró en religión, la perspectiva de desempeñar el papel de consejero en una historia tan extraña al curso habitual de su pensamiento le desorientaba. Sin embargo, como era buen sacerdote, aquella falta de caridad le dio vergüenza y achacó su movimiento de impaciencia al estado de desorden en que. sé hallaba la pieza. Estaba allí instalado hacía sólo dos semanas y aún no había arreglado sus libros y sus papeles, que estaban en paquetes y legajos repartidos por todas partes. Cuatro. sillas de paja, un escritorio de esquina y un reclinatorio completaban el moblaje de aquella celda. Iluminábanla dos ventanas, en cuyos vidrios había el sabio clavado de cualquier modo unas cortinillas muy cortas. E l mármol de la chimenea sin fuego contenía, al lado de una lamparilla de espíritu de vino, una cacerola, un colador de batro y los restos de un almuerzo, compuesto de un par de huevos pasados por agua y una taza de café. E l huésped de aquel pobre campamento se hacía él mismo la comida con un estoicismo del que. daba fe el encerado puesto en su caballete entre las dos ventanas y lleno de aquellos signos cabalísticos que eran su opio intelectual. A l presentar una silla los señaló con un ademán y dijo: Me da vergüenza, señora, el recibir a usted en este cuartucho; pero, puesto que conoce usted mi nombre, sabe que soy un proscripto. Parece ser que hacía correr un gran peligro al Estado francés trazando estas fórmulas en una casa donde otros padres, estudiaban la Historia, la Arqueología y el Hebreo... Esperemos que ese pobre Estado está ya a salvo de todo riesgo... Y se rió de su inocente, epigrama, única venganza contra sus perseguidores. Después, sus propias palabras le hicieron volver a la primera idea, y añadió: -Algunos de esos padres se ocupaban también en la dirección de las conciencias y siguen ocupándose. Acaso será lo mejor que indique a usted la dirección de alguno de ellos. Si tiene usted que pedir algún consejo práctico, no es un geómetra el más a propósito para dársele. Nuestra ciencia... -Precisamente la reputación que usted tiene de sabio- -interrumpió la de Darrás- -es lo queme ha decidido a dar este paso... Y a he dicho que había oído hablar de usted, a mi marido en primer BOURGET (De la Academia Francesa. XC NTINUACIOK) lugar, que es también discípulo de la Escuela Politécnica... Ciertamente no es sospechoso de parcialidad en favor del hábito que usted lleva, por lo que pido a usted permiso para no decirle su nombre... Además, ha sido usted profesor, en Juilly, del hijo de una amiga mía, y así como sé la inteligencia de usted por mi marido, conozco por esa señora su bondad... Cuando he buscado un sacerdote a quien dirigirme en un instante solemne de mi vida, me ha ocurrido su nombre de usted por esos dos motivos. En mi situación excepcional he temido la estrechez de criterio de un. eclesiástico ordinario. ¡Hay tantos que parecen tener como único ideal alejar las almas de Dios... -Estoy a la disposición de usted, señora- -respondió el sacerdote- No tengo para qué saber su nombre y hasta prefiero ignorarlo. La enigmática frase última de su interlocutora había confirmado sus sospechas de que iba a recibir la confidencia de un remordimiento en vías de arrepentirse, y el sacerdote acabó de despertarse en el matemático. L a profunda frase del apóstol: Ómnibus omnia factum sum (i) será siempre la divisa de un corazón verdaderamente sacerdotal. Una expresión de atenta gravedad reemplazó en su cara al aspecto un poco. vulgar de la primera sorpresa, y sus ojos azules, hasta entonces algo vagos, se fijaron en aquella señora con singular expresión, para decir: -Repito, sin embargo, que soy menos a propósito que esos sacerdotes a quienes se engaña usted llamando ordinarios, y que son unos prácticos de la vida. Pero ya que reclama usted mis pobres luces, ¿qué es lo que hay? -Hay, padre mío- -y en aquella voz de mujer palpitaba la dolorosa sinceridad de un ser que se prepara a descubrir una llaga secreta de su conciencia- hay que estoy atormentada, hace ya meses, por una necesidad de aproximarme a Dios que se ha convertido en un verdadero sufrimiento. Cuando era joven he sido muy piadosa. Después he dejado de serlo. Tenía dudas y me pareció que ya no- creía. Hace doce años que río practico... Digo que me pareció porque nunca he desconocido los beneficios, de la religión. L a prueba es que he tenido una hija y he querido. que fuese bautizada, aunque no lo conseguí sin lucha... L a niña ha crecido, tiene once años y va a comulgar por primera vez... Se calló, como si al llegar a, un orden de ideas más íntimo no encontrase bien las palabras. Y esa confusión, el carácter de aquel comienzo tan vacilante y la relación entre el nacimiento de la niña y la fecha en que la madre había dejado de frecuentar los sacramentos, fueron otros tantos indicios en apoyo de la hipótesis que había surgido en la mente del padre Euvrard. Aquella mujer era casada y había cometido una falta. Su hija no debía de ser de su marido y la culpable había dado, sin duda, con un confesor demasiado severo. E l sacerdote, pues, creyó hábil el facilitarle! a penosa confesión: -Su hija deberá a usted la salvación de su alma- -dijo- y el haber salvado un alma borra muchas faltas, sobre todo cuando han tenido, si no por excusa, al menos por explicación, las seducciones de la vida. Animo, señora... -No, padre, no- -dijo la de Darrás con voz más firme y sublevada por aquella sospecha de un vulgar adulterio- No tengo que acusarme de lo que usted cree. Soy una mujer honrada, y, si he dejado de practicar, no tengo que avergonzarme del motivo. Siempre he sido leal y no tenía remordimientos por estar fuera de la Iglesia. Ya he dicho a usted que tenía la conciencia tranquila. M i 1) Con. I, IX, 22. Me lie hecho toda especie de cosas para toda especie de gentes. (Se continuaré
 // Cambio Nodo4-Sevilla