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POR PAUL BOURGET (De la Academia Francesa. ¿CONTINUACIÓN) ie estaba dormida y se ha despertado al contacto de la de mi hija. Esto es lo que me trae... ¿Cómo se ha realizado ese fenómeno? N i yo misma lo sé. H a sido una serie de sucesos ordinarios. Cuando Juana tuvo que ir al catecismo, la acompañé a la capilla subterránea de San Sulpicio, a la que iba yo a su edad, y he empezado a sentir con ella todas mis emociones de otro tiempo. L a ha visto tan ferviente como yo lo era y he visto que su espíritu se abría a Dios como antes el mío. ¿Es que mi infancia ha surgido de nuevo en mi corazón? ¿Es otra cosa? Repito que no lo sé... He empezado a ir a misa con ella. por cuidar de las buenas formas, y he vuelto a rezar... A l principio he sentido como si echase de menos algo y me he abandonado al sentimiento del pasado... Hasta que ha venido el momento en que he comprendido que ese pasado era el presente. Sí; hay un Dios que nos escucha. Tenemos un alma que emana de E l y vive de E l Esas dos evidencias se me han impuesto cada vez más claras y potentes nada más que haciendo rezar a mi hija todas las mañanas y todas la noches. Oyéndola pronunciar estas palabras: Padre nuestro leía en el fondo de su ser y veía en él la fe absoluta en la bondad de ese Padre celestial. Y me veía entonces obligada a pensar: si ese corazón todo pureza, todo ternura y todo sinceridad, fuese engañado en esa confianza, nada tendría sentido en la tierra, i Es posible? L a vida sería una horrible pesadilla si los impulsos de esta niña hacia su Creador no fueran más que una mentira. L a madre se ha rendido en mí a esa luz... Ese trabajo no se ha realizado sin combates. Los razonamientos que me habían expuesto contra la religión han surgido en mi mente, pero ninguno ha resistido a esa voz de mi. hija hablando Con Dios. ¿Para qué discutir cuando se siente y cuando está delante de nosotros una realidad, verdadera como nosotros mismos, como el aire que se respira y como los objetos que tocamos? He creído de nuevo y no he luchado ya contra un- sentimiento que me asociaba más a la intimidad de mi hija y á todas las emociones de su piedad creciente. Cuanto más he compartido esas emociones, más he querido a mi hija y más he creído. No puede usted figurarse qué ardiente amor suscita en ella la proximidad de la primera comunión, hasta qué punto se han exaltado su sensibilidad y su inteligencia, ni a qué milagros de perfección diaria estoy asistiendo en aquel joven corazón. Estoy viendo a Dios obrar en ella y también en mí... Pero no es para contar a usted en detalle esa transformación de mis pensamientos para lo que he venido, padre mío. Y a he dicho bastante para que comprenda usted este deseo que resume todo lo demás: Juana va a hacer la primera Comunión dentro de tres semanas y yo quisiera comulgar con ella. -No solamente ha salvado usted el alma de su hija- -respondió el sacerdote- sino también la de usted, señora. No esté usted turbada por haber permanecido tanto tiempo lejos de Dios, que no pide más que perdonar. Tiene usted razón al creer que el corazón dé Nuestro Señor obra en el suyo. E l la ha conducido a usted de hora en hora hasta la presente; puede usted estar segura. Quiere usted comulgar. ¡Es tan sencillo! Estoy pronto a recibir su confesión cuando usted lo desee... aquí... ahora mismo... E l digno hombre hablaba con una ternura en la que se veía la pena por su primer error. Aquel relato había despertado en él un sentimiento muy particular. Si tenía los defectos que lleva consigo el espíritu abstracto de los geómetras, tenía también las virtudes, y, entre otras, esa potencia de misticismo- que acompaña con frecuencia al genio matemático y de la que son ejemplos Pascal, Leibnitz, Newton y, en nuestros días, un Cauchy, un Puiseux y. un Hermite. Cuando temió encontrarse con una historia de amor necesitó hacer un esfuerzo; pero su interés se excitó en alto grado por aquella confidencia, muy poco intelectual y muy desprovista de rigor lógico, pero en la que se veía el mistérico diálogo de Dios y un alma. Le parecía, sí, que uno de los elementos del problema no estaba muy claro. Desde el momento en que aquella alma había creído, ¿por qué no habí ido a ios sacramentos? ¿Por qué aquella tardanza? L a energía de la. desconocida al proclamar su honradez no permitía suponer ningún secreto culpable. E l padre Euvrard no sospechaba que él mismo, por su carácter de sacerdote, iba a representar el obstáculo invencible, y oyó con asombro que su interíocutora le respondía: -No, padre, no es tan sencillo. Es preciso que diga a usted quién soy y por qué me ve tan conmovida. Soy casada en segundas nupcias y mi primer marido está vivo. ¿De modo- -preguntó el sacerdote después de un momento de silencio- -que es usted divorciada y se ha vuelto a casar? -Sí. ¿Y su hija de usted... -Es del segundo matrimonio. -Es usted divorciada y casada de nuevo- -repitió el padre Euvrard, y añadió, como hablando consigo mismo- ¡Pobre mujer! Lo comprendo todo: Después dijo, dirigiéndose a ella: -No, no es sencillo. No puede usted comulgar, viviendo como vive, y ni siquiera puedo recibir su confesión, pues no podría absolverla... E l sacerdote pronunció estas palabras con una cara y una. voz en las que no se veía ya la vacilación del sabio distraído de su meditación ni la lástima del anciano conmovido por una confidencia dolorosa. E l religioso habíale dictado en nombre de su fe una sentencia sin apelación, fundada en una regla indiscutible. L a fisonomía de la de Darrás se contrajo, pero no manifestó sorpresa al replicar con desaliento: -Conocía de antemano esa respuesta, padre, porque ya me la habían dado. Como lo ha indicado una de mis frases, me había dirigido ya a otro sacerdote, que, como usted, me interrumpió a las primeras palabras. Sé también la condición que va usted a imponerme: que deje a mi marido. Permítame usted repetirle lo que dije a aquel sacerdote... Hace trece años tenía yo veintinueve y era la más desgraciada de as mujeres. E l hombre con quien mi familia me había casado, y del que había tenido que separarme, acababa de obtener que la separación se convirtiese en divorcio y se había vuelto a casar. Me quedé sola en el mundo con un hijo de nueve años. Los Tribunales me le habían confiado. ¿Cómo educarle? Entonces, otro hombre a quien había visto en casa de mis padres, sin fijarme mucho en él, y perdido después de vista, encontró medio para acercarse a mí. Supe que me había, amado de soltera, sin declararse, porque él era pobre entonces y yo rica. No se había casado por mi causa y había trabajado para conquistarme cuando estaba yo libre y para olvidarme cuando dejé de estarlo. Cuando ¡o estuve de nuevo, reapareció. Tenía entonces una brillante posición, me pidió mi mano, acepté, y a partir de ese momento ha sido para mí el mejor de los maridos y para mi hijo el mejor de los padres. Aun a costa de mi salvación eterna, no le dejaré jamás, jamás... -No comprendo entonces lo que espera usted de mí- -respondió el padre Euvrard- -ni qué apoyo necesita, para servirme de sus propios términos. Está usted bastante al corriente de las leyes de la Iglesia para saber que su segundo matrimonio no tiene validez ni podrá jamás tenerla. A l contraerle ha roto usted con ella... Pretende usted perseverar en ese rompimiento y al mismo tiempo participar de los sacramentos... iHay en eso una contradicción tan evidente que no puede ocultársele a usted. Querría usted estar al mismo tiempo en la Iglesia y fuera de la Iglesia, y ése es un problema sin solución. a (Se continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla