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DEL AMOR AL T I O N O JOSEFINA o conviene improvisar el comentario a acontecimientos de cierto vuelo histórico. L o que se escribe a raíz de un suceso es siempre sospechoso de parcialidad, y no por mala fe del escritor, sino porque ía atmósfera moral en que se ha producido el drama- no está bastante limpia para que las personas y las cosas adquieran sus proporciones justas y sus perfiles precisos. A poco de morir Josefina cayó sobre su memoria todo el cascote de los panfletistas de la restauración, y no hubo ignominia a la que no fuese asociado el nombre de la viuda de Napoleón el Grande. Vinieron luego tiempos más sosegados, en los cuales la verdad reivindicó sus derechos, y entonces la figura de la Emperatriz apareció en un marco histórico más decente. De ella se ha dicho que no fué más que una mujer, lo cual quiere decir que en Josefina lo humano imprimió carácter a toda su vida. María Luisa de Habsburgo, con ser de sangre imperial, no valia más que, ella, sino mucho menos, lo que prueba uña vez más que la estirpe no se extiende a las almas. Queda en las ejecutorias para servir de hito a los historiadores. U n nombre, cuando rio está ilustrado por un hecho, es como una de esas piedras que señalan el itinerario de los caminos. Tener, como Josefina de L a Pagéne, por vida una novela es un placer muy caro. Supone haber pasado por las vicisitudes más variadas y haber tangenteado, por lo menos, lo trágico. L a infancia de la hermosa criolla parece ponerla al abrigo de todos los azares. Sus padres, que habitan, como colonos, Lá Martinica, poseen una hacienda, considerable en un rincón del mundo que no roza siquiera el meridiano de la política. ¿Cómo va a combinar el destino los sucesos para que aquella criatura sea Emperatriz de los franceses? Privilegio de la belleza dirá el observador superficial. No. Si la belleza bastase para elevar a una mujer de la burguesía apenas teñida de nobleza a la altura suprema, no habría coronas bastantes para contentar al sexo. Hay que admitir, como los griegos, la cooperación de lo misterioso en la. complicada aventura que es una existencia. Josefina, que parecía destinada a ser la esposa de un colono rico, se casa con Alejandro de Beauharnais, prometido de su hermana Deseada. L a temprana muerte de su hermana menor es la primera alteración que introduce el azar en el curso de su vida. Sin aquel matrimonio, que no ha proyectado su corazón, Josefina no hubiera ido a parar a la prisión de los Cármenes, antesala de la guillotina, ni hubiese conocido a Barras, que la presentó al general Bpnaparte. A veces, una amistad tuerce o encamina el destino de una persona. Casada sin amor con un aristócrata de poco, brillo, que no dejó de prestar, sin. embargo, ciertos servicios a su Patria, 1 a Revolución, la deja viuda. Alejandró de Beauharnais muere en el cadalso y horas después el alba de Termidor alumbra de nuevo su belleza y su juventud. ¿Qué va a hacer la interesante criolla? L a época, de costumbres disipadas, la contagia de sus voluptuosos maleficios. Josefina, ¡ue no lleva luto en el corazón, aligera el que cubre su espléndido cuerpo para divertirse con menos trabas. ¿Tuvo relaciones serias con Barras, como se ha dicho? Si las tuvo, merece disculpa, porque aparte de que la virtud es una secreción espiritual del temperamento qué no se imp. rovisa, la necesidad de rehacer su existencia, el temor a lo desconocido y la depravación de aquella sociedad atenúan sus cul- N JOSEFINA, RETRATO H E C H O E N LOS JARDINES I E LA MALMAISON pas. Ella no presumió nunca de santa; se contentó con ser humana. De aquel desorden la saca el gran soldado que iba a renovar la. gloria de Erancia. E l general Bonaparte es un joven apasionado y reflexivo, que siente por igual las ansiedades del espíritu y los apetitos de la materia. Y aquel hombre, a quien dejaran in- diferente las atrevidas coqueterías de una madama Stahel, que era todo inteligencia, se rinde a la seducción de la indolente crio- lia. Josefina es una morena todo fuego, dulce, insinuante y poco dueña de sí. L a misma fragilidad de sus instintos, que el héroe adivina, es una tentación más, porque el hombre suele preferir algunas veces en amor aquello