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ABC. D O M I N G O 24 D E E N E R O D E 1932. E D I C I Ó N D E A N D A L U C Í A P A G 23 los que lancen al aire juicios aventurados con la inconsciencia de lo que ha de hacer el destino. E l joven de 1893, muerto Yein ti nueve años más tarde, llevaba dentro la semilla de un escritor original cual pocos. ¿Qué importan las imperfecciones de su estilo, que llamaba Souday en ciertos casos coriáceo y antigramaticaí, si ellas son como los lunares, que, en vez de afear, hermosean ciertos rostros? E n sus largas parrafadas, que ocupan páginas y páginas, haciendo trabajosa la lectura, cabrillea de continuo y salta, brillante el ingenio, como brotan chispas de fuego del pedernal golpeado sin parar y con rudeza. L o que no podrá negarse nunca es que Marcel Proust fué, como novelador, un maestro sin discípulos posibles, porque ¡sería tan difícil imitarle! E L C O N D E D E GIMENO. CUANDO CONOCÍ A MARCEL PROUST Ginebra, septiembre de 1923. H e n r i de Jouvenel, uno de los delegados franceses en Ja Asamblea, daba una comida a varios amigos y compañeros de la Sociedad de las Naciones, en un saloncillo gris verdoso, color dominante en los aposentos del hotel Des Bergaes. U n a deferencia cortés en honor de nuestro país me había hecho sentar al lado del anfitrión. Como las letras E y F iniciales de España, y Francia, van. seguidas en el alfabeto, el orden protocolario nos tenía juntos en las Comisiones a Jouvenel y a mí, despertando en nosotros mutua simpatía. Por encima de las flores y las copas cruzábanse preguntas, y respuestas a que el i n genio se empeñaba en dar agudeza, y al rumor de la pequeña colmena humana allí reunida, que, animada y alegre, llegaba ya a los postres, sosteníamos mi compañero y yo u n coloquio sobre literatos de ambos países. Ufanábase él de conocer nuestros novelistas contemporáneos, y complacíame yo en no ignorar muchos de los suyos, recorriendo ligeramente el teclado de la novela francesa. Asomados poco más tarde al balcón, continuamos la sabrosa charla, gozando de la hermosura de lá noche. Subía hasta nosotros el fresco del lago, y una luna grande, rojiza y brillante asomaba por las lejanas crestas del Mont Blanc. ¿Hablaba usted de Proust? -preguntó m i interlocutor- -Debió usted conocer a su padre; fué profesor de la Facultad de M e dicina en París. M i memoria aguzada se irguió de repente, y una visión remota pasó veloz por mi recuerdo, ya despierto. Entonces caí en la cuenta de que no sólo había conocido al padre, sino también al hijo muchos años antes, joven- él y en su propia casa. Quién podía adivinar que el muchacho pálido y soñoliento que me presentaron una noche había de ser, corriendo el tiempo, tan famoso novelista! L a cosa fué así. Encontrábame de plenipotenciario español, en la Conferencia Sanitaria Internacional, celebrada en París durante el invierno de 1893, cuando cierto día de marzo recibí una amable tarjeta, en l a que monsieur y madame Proust me i n v i taban a comer en su casa, número 9 del bulevar Malesherbes. A título de profesor de Higiene de la Facultad, era el doctor Proust miembro de la Delegación francesa, y sabía cumplir muy bien los deberes de la hospitalidad con sus colegas extranjeras. E l inmueble en que vivían los Proust, muy cerca de la Magdalena, fué luego el mismo que sirvió de escenario al novelista genial para su obra Le cote des Gitermantcs. Encontré allí aquella noche comensales atractivos, médicos, literatos y artistas. L a comida resultó agradable en extremo; pero no lo fueron menos las siguientes dos horas de poesía selecta y arte exquisito. E n un intervalo apareció en el salón, con andar descuidado y lánguido, un adolescente, hijo de la casa. Explicaron su ausencia, de la mesa: era la causa una especial vida a que le obligaba dolencia tenaz desde la i n fancia, por la cual le eran más penosos los días que las noches, pasadas éstas, en vela y trabajando para dormir después con el sol. S u madre se encargó de darme detalles, poniendo en sus palabras un tono de ternura que le hacía interesante. A los pocos minutos acercóse a mí el joven Proust. L e atrajo mí condición de español, y, por serlo, me hizo blanco de su curiosidad. Después de los años pasados puedo ahora confesar con algo de remordi- miento que su conversación llegó un tanto a; cansarme. M i memoria me lia guardado siempre bastante fidelidad, mas a fin de reforzarla acudo a los numerosos apuntes que poseo ele m i vida y que me hacen revivirla. Aquejla noche, y en aquellos momentos, andaba yo algo distraído: esperaba oír recitar a Coquelin cadet, allí presente, y escuchaba por cortesía y con atención inquieta a l muchacho, quien, repleto de cultura, se despachaba a su gusto despuntando de agudo. Mostrábase versado en Arqueología y avaro de noticias de España; las pedía especialmente de nuestras Catedrales, algunas de las que merecíanle admiración más que elogio, y expresábase en todo con voz monótona, arrastrando lentamente sus frases, como si hiciera poco que alguien acabara de quebrarle el sueño. A l fin se oyó distinta y clara la de Coquelin, que de pie y junto al piano empezó a recitar un gracioso monólogo alrededor de la frase Elle est morte, que Víctor H u g o colocó en un dramático pasaje al- final de Le roi s amuse, subrayándola con la viva expresión de su rostro afeitado y perfil agudo. Debí a aquello el librarme del diálogo con e! joven Proust: no volví a hablar más con él. Pero yo, que tengo la monomanía de hallar parecidos, sobreponiendo una a una figuras humanas para ajustarías a lo que mi imaginación pretende ver, me entretuve en comparar al hijo con la madre. E r a ¡a señora de Proust una dama con fina palidez de fruta madura por la edad. Sus hermosos y dulces ojos negros tenían pupilas hondas, que invitaban al curioso a penetrar por ellas alma adentro. Las cejas arqueadas y negro también el cabello, por el cual se deslizaban algunas hebras blancas medio ocultas como si no quisieran anunciar vejez temprana. E l hijo era un fiel trasunto de la madre en el tinte mate de su rostro y en el negro de sus mechones lacios que acompañaban al bigotillo que encima del labio parecía un tiznón trazado de prísa. L a mirada más mortecina y los párpados perezosos en descubrir de! todo los globos oculares un poco salientes. E r a otra cosa el padre. Llegaba el doctor Proust a la altura de la vida en que los años dan a ciertos hombres aires de seriedad y respeto. Su cuerpo redondo, hombros cuadrados y cuello ancho le hacían de figura geométrica, con barba entrecana y rostro medianamente, expresivo, que el continuo mirar por debajo de los lentes echaba siempre hacia atrás. Tenía de catedrático sesudo le phisique du role y no acertaba un momento a olvidarlo. Brouardél, decano de la Facultad, con quien mantenía yo relaciones de compañerismo en la Conferencia sanitaria, me habló de aquella familia. L a madre era judía y bien acreditaban la pureza de la raza sus finos y hermosos rasgos; el marido, católico. E l hijo, un ente original, que se resistía a toda disciplina. Amaba el estudio libre y l a vida fuera del marco ordinario. Eoseía cultura extensa; era buscador de emociones, curioso de cosas raras, vacilante en elegir carrera, soldado una vez. voluntario, en un regimiento de línea; inclinado otra a la d i plomacia, estudiante de Derecho, frecuentador de salones aristocráticos, cronista de saraos; un muchacho, en fin, que malograría sus buenas cualidades por la rebeldía de su voluntad, que amparaba el mimo maternal. Soy culpable de no haber dado entonces debida importancia ni a la escena ni a los personajes. De todo ello hubiera guardado un desvaído y borroso recuerdo, si Jouvenel, en Ginebra, no me lo hubiera traído de un tirón a la memoria. Yendo, como dice el título de una obra de Marcel Proust, A la récherche du temps peráu, y limpiando de polvo mi depósito de antaño, me causa grima el chasco que el tiempo me dio, como dará siempre a todos EL ÚNICO R E M E D I O C O N T R A L A CRISIS D E TRABA O Lamentaría que el título de este artículo despertara en algún lector desconfiado 1. a sospecha de hallarse ante un arbitrista. N o haya temor. Pretendo sólo exponer algunos motivos de nuestra crisis de trabajo, y su forma única de remedio. Unos y otra, perfectamente claros y elementales. Tanto, que podría pensarse existe en ciertas zonas, centros y hombres el propósito de enturbiar el problema para no enfrentarse con una solución precisa, a la que sus propias simplicidad y eficacia habrían de imponer. H a sido tradicional en el Estado lá falta de capacidad y sentido para seguir una política económica nacional. Cada Gobierno tenía la jactancia de sus propias iniciativas, pero ninguno fué capaz de sentir, la modestia de estudiar, con la. colaboración de todas las actividades vivas del país, un plan orgánico acomodado a las realidades na. cionales. De ahí que. cuando han llegado, en asqladora, coincidencia, el. reflujo de la represión económica universal y nuestro propio decaimiento, no contemos- con una reserva defensiva, a pesar de que tan fácil nos- hubiera sido prepararía. 1 Desdé hace años vienen cumpliendo: los i n dustriales españoles una ingrata labor de advertencia cerca de los Gobiernos. Durante la Dictadura se hizo precisó contener el vértigo. Había una prisa enorme por llegar a realizaciones. Se exigió a la industria un desarrolio mágico para. rendimientos de frenesí, dentro de nuestras posibilidades. Hubieron de ponerse, fábricas y, talleres, en condiciones de excepción. Se aumentaron instalaciones y plantillas, utilaje mecánico y utilaje humano. Sabían los. industriales la imposibilidad de sostener- ese ritmo, y diez, cien veces, lo explicaron así. N o se les oyó. Ocurría todo esto hacia 1928 y 1929. Unos meses más tardé el Gobierno Berenguer ponía la sequía tras la torrentera. Nuevas advertencias del error en que se incurría; nuevas desatenciones. Y la República. Con ella, un recrudecimiento de lo que dió en llamarse economía. Reiteración de avisos por l a industria; reiteración de indiferencia por el Poder público. Sujeta a veleidades de los Gobiernos, la industria se há visto sacudida en pocos años por criterios contradictorios, el daño de los cuales anunció antes que nadie. H o y las plantillas de aluvión no pueden ser mantenidas, y r producen despidos en masa. E l obrero, ba ¡o una reacción tan injusta como explicaba, siente avivado su rencor contra el patrono. Vienen huelgas y ocupaciones de fábricas. Pero el patrono no es cuLpeble. Tiene i
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