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UN D IV O R C IO POR PAUL BOURGET (De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) tra hija, He ¡tenido tanto cuidado en ocultárselos! Le harían su ¡frir mucho. -H a consentido, sin embargo, en que su hija fuese bautizada -dijo Euvrard. -Puse la condición para nuestro casamiento de que los hijos Serían católicos, -y él ha cumplido su palabra. Es un hombre honrado. ¡Pero con qué repugnancia hacia lo que él considera como una miserable superstición! E l que se ocupa en. los menores detalles cuando se trata de la niña, me ve llevarla a misa y al catecismo sin hacerme ninguna pregunta. Esa parte de la vida- de su hija no existe para él. Está persuadido de que cedo a un prejuicio sentimental al educarla de ese modo y se lo perdona a la debilidad femenina. Me ama y cree que en. el fondo de mi conciencia estoy en comunidad de ideas con é! No, nunca tendré el valor de decirle que ya no es así... -Entonces- -dijo el sacerdote con un poco de vacilación- ¿no le ha dicho usted que venía a mi casa... ¡Oh, no! -respondió la de barras con acento de terror. ¿Y no piensa usted contarle esta visita al volver a casa... ¡No! -S e r á preciso, con todo, que se la cuente usted... Sí, es necesario, primero por la propia dignidad de usted, qué no puede haber dado un paso tan grave y callárselo a ese hombre, que es el ípadre de su hija y bajo cuyo techo vive usted. Eso sería una mentira por omisión, enteramente contraria al programa que acabamos de formar... Es preciso, por mí también. No querrá usted que yo me haya prestado a una visita clandestina. Me ha dicho usted qué en su casa se sabe mi nombre y que se le pronuncia con simpatía, y eso hará que se encuentre menos extraordinario el paso que acaba usted de dar. Y aprovechará usted esta ocasión para que cese su silencio, que es muy culpable. E l apóstol lo ha dicho: Hay que creer de corazón para obtener justicia, y confesar con la boca lo que se cree, para obtener la salvación -No- -dijo por tercera vez la- de Darrás moviendo la cabeza y en tono de súplica- Usted mismo ha comprendido que no puedo dejar a mi marido, aunque no sea más que a causa de mi hija. Hacerle conocer la crisis que estoy sufriendo sería irritarle y exponerme a que se opusiera a la devoción de la niña en el porvenir, una vez hecha la primera comunión. No se ha comprometido a dejarla hacerse piadosa y yo misma tendría miedo, por mi propia fe, de ciertas discusiones. Las hubiera afrontado apoyada en los sacramentos, pero sin ellos, y con una vida religiosa tan incompleta y mutilada, no tendré la fuerza suficiente. dote, que trató de corregir la dureza de su última respuesta diciendo: -Adiós, no; hasta la vista, hija mía, y hasta muy pronto... -Adiós... -repitió la de Darrás, y empezó a bajar sin volver la cabeza la estrecha escalera de la pobre casa. E l padre Euvrard se quedó un segundo en la puerta, como SÍ se preparase a llamarla; pero la reflexión pudo m á s que el sentimiento, y volvió a entrar solo en la habitación donde la visitante había ido a revelarle, sin decir su nombre, un drama íntimo de conmovedora intensidad. E n vano el encerado le invitó ya a sumirse de nuevo en la serena atmósfera de las especulaciones matemáticas. Su mente estaba siguiendo a la desconocida al entrar en su casa y al reunirse con su marido, al que era tan adicta y del que tenía tanto miedo. ¿Por qué? Aquel hombre estaba, sin duda, poseído de ese odio a la Iglesia tan singular, y, sin embargo, tan frecuente en una époea de ancha cultura intelectual. E l religioso, víctima también de ese odio, vio de repente la unidad profunda que solidariza los destinos más diferentes en una misma patria. E l choque que tenía que producirse entre aquel marido y aquella mujer no era m á s que un episodio del duelo que se está realizando en la Francia actual entre dos formas de pensamiento, dos civilizaciones, dos mundos. Era un episodio privado de una gran guerra religiosa. Y esta- visión se hizo tan intensa en aquella cabeza de matemático, acostumbrado a representar largas filas de ideas en la abreviatura de las fórmulas, que la palabra que pronunció interiormente para resumir su impresión, no fué, como al principio: ¡Pobre mujer! sino ¡Pobre país! y durante unos momentos el yeso tembló entre sus dedos. II U N PADRASTRO -Tómese usted el tiempo que sea necesario- -respondió el padre Euvrard- pero tenga la firme voluntad de llegar a una explicación que no deje al padre de su hija duda alguna sobre el estado moral de usted. Ese es su estricto deber, aun humanamente. -Pido a usted, que. me deje reflexionar sobre todo esto, padre- -dijo la señora levantándose y casi temblando- Usted me autoriza a volver, ¿verdad? Aunque nuestra conversación no haya correspondido a mis esperanzas, me ha aliviado de un peso muy grande, como era el silencio que me ahogaba... I- -T e n d r é siempre gusto en ver a usted- -respondió el religioso, a quien esta tímida pregunta había turbado visiblemente- pero ya he dicho que no puedo prestarme a visitas clandestinas. Vuelva usted cuando se sepa en su casa. ¿Y de aquí a entonces... i- -De aquí a entonces rezaré por que haya usted empezado a cumplir su deber de ser franca en la medida de la prudencia... -Adiós, entonces, padre. Quedo a usted muy agradecida por haberme dedicado un tiempo cuyo valor conozco... Dijo estas palabras con la voz sorda de una mujer que se contiene para no romper a llorar, y esa emoción gaoÁ al sacer: Más hubiera temblado aquella venerable mano si la doble vista de! sabio y del creyente hubiera sido todavía más perspicaz. Su piedad se hubiera conmovido más profundamente al observar que la divergencia religiosa del marido y la mujer rio era más que uno de los elementos del desastre que amenazaba a aquel hogar fundado en falso. Su teoría de la vida, que le enseñaba, bajo el aparente azar de los sucesos, una matemática secreta de equitativo reparto, se hubiera fortificado grandemente. Aquella pareja llegaba, en efecto, a una crisis, por muchas razones que iremos descubriendo. Podemos decir, desde Juego, que todas provenían del funesto principio del divorcio o estaban multiplicadas por él. L a de Darrás no veía más que la discordancia religiosa, pero no debía terminarse aquella tarde sin ponerla en presencia de otro peligro que estaba previendo hacía meses de un modo vago. Todos sabemos qué verdad es el proverbio en que el pueblo ha condensado sus experiencias: Bien vengas, mal, si vienes solo Cuando. se trata de nosotros, y por una extraña ilusión, consideramos, por el contrario, que una gran pena es una garantía contra otras, como si la suerte no tuviera para cada individuo m á s que una suma fija de rigor. Pero no es así. L a naturaleza, siempre una bajo la variedad de sus fenómenos, emplea procedimientos iguales en el orden moral y en el orden físico. Cuando una enfermedad no resulta de un accidente, sino de esa disposición general que constituye una diátesis, sus síntomas se manifiestan, no en un punto de! organismo, sino en varios. L o mismo sucede con la desgracia cuando depende, no de t a l o cual circunstancia, sino de un estado. Ln desdicha, entonces, se ingenia para herirnos en las manifestaciones más diversas de nuestra oersona. Las miserias menudean y se su ¿se continuará-
 // Cambio Nodo4-Sevilla