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PAUL BOURGE T ¿De la Academia Francesa. ¿CONTINUACIÓN) ceden, una contrariedad sigue a otra, ninguna empresa nos sale bien, todas las hipótesis hostiles se realizan, y hablamos entonces de mala suerte y de fatalidad. Miremos el hecho con m á s atención y reconoceremos una causa constante de esos sucesos repetidos; el desconocimiento, también repetido, de alguna gran ley. ¡Pero cuántas rebeliones antes de aceptar esta e n s e ñ a n z a! ¡Cuántos esfuerzos para convencernos, bajo la inminencia de ciertos golpes, de que no merecemos ser heridos por ellos y de que nuestra deuda de lágrimas está pagada! Este extraño prejuicio sostenía a la de D a r r á s hacía. meses y le permitía mirar sin gran temor ciertos puntos negros aparecidos en el horizonte de su destino. Sintiéndose amenazada, se obstinaba en demostrarse que de esas amenazas de expiación sólo se realizarían las que la hiriesen a ella sola. ¡F r á g i l seguridad! L a prueba estaba en su terror cuando el padre Euvrard enumeraba las catástrofes, de. los divorciados. Otro testimonio, era lo que ella misma pensaba al salir de aquella conversación. L a decepción- de su primer propósito fallido q ¿paba menos lugar que los temores suscitados o renovados en ella por una de las alusiones del sacerdote, que había tocado en lo vivo de sus temores secretos. A l encontrarse en la acera de l a calle de Servandoni pudo convencerse de una ojeada- de que nadie espiabasu salida de aquella casa. Cinco minutos después estaba en l a calle de Vaugirard y por el j a r d í n del Luxemburgo llegaba a la calle de este nombre, en la que ella habitaba. T- r rKi. uila: -sobre ¡toda indiscreción, andaba despacio por los paseos y daba rienda suelta- al pensamiento. L a conversación que acaba de tener se prolongaba en su mente y seguía discutiendo con el padre Euvrard, como si l a ascética silueta del religioso caminase a su lado. Hasta la vista ha dicho. Se recordará que las últimas palabras del sacerdote h a b í a n sido; H i j a m í a N o se hubiera ex- r. presado de. otro modo si la hubiese admitido a l a confesión que ella esperaba quiméricamente. L a de D a r r á s se repetía aquellas palabras como una cuestión que rio admitía duda en su pensamiento. N o n o no le volveré a ver... Nunca hablaré a Alberto de. esta visita. J a m á s N o podría soportar su mirada mientras me oyese. Hemos almorzado juntos esta- m a ñ a n a y me ha preguntado mis proyectos para el día con tanta confianza como c a r i ñ o y yo he callado este paso q u e t e n í a ya decidido. L e conozco: si lo supiera, no me h a r í a n i n g ú n reproche... ¡P e r o qué sombra en su cara! ¡Q u é pena en su c o r a z ó n N o el mismo padre E u v r a r d me, hubiera prohibido hablar si yo hubiera tenido derecho a decírselo todo. Porque, en. fin, ¿q u é es lo que me ha dicho? Que podía hacer méritos, aun fuera de l a Iglesia, cumpliendo con mis deberes. E J de, madre lo tengo lo mismo con m i hijo que con. mi hija, y mi deber con mi hijo consiste en este momento en evitar todo lo que pueda disminuir raiyimperio sobre m i marido... Cuando el padre Euvrard. habló de choques terribles entre el padrastro e hijastro, me hizo daño, pues v i a Alberto y a Luciano e l uno enfrente del otro y odiándose... Aquella evocación de los dos hombres en actitud de lucha respondía en- la esposa y en l a madre a tantos presentimientos y a tantas observaciones, que la infeliz la rechazó con una tensión de todo su ser- que le. hizo andar m á s de prisa, como para huir. Cerró los ojos y s e r e p i t i ó N o no pasará. Dios no permitirá que pase. ¡M e castiga ya tanto apartándome de é l! j E L día de l a primera comunión de Juana será tan duro, cuando debía ser tan dulce... Aceptaré ese sufrimiento y le ofreceré, como me ha dicho ese sacerdote. Y o solamente seré herida, pero. no ellos, -no ellos; sería demasiado cruel. ¡Q u é suplicio eí pensar solamente que se quisieran menos, como me ha sucedido tantas veces este a ñ o! Y no eran más, que aprensiones... E s ext r a ñ o cómo está una temerosa por, creer verdaderos los sucesos, que teme. U n a sola frase del religioso ha bastado para hacerme caer de nuevo en l a angustia de esos temores. S i él los hubiera sabido, ¿n o me hubiera aconsejado hacerlo todo para que Alberto y L u ciano no cesen nunca de quererse en mí, en el caso en. que debieran estar un día profundamente divididos... ¡D i v i d i d o s! j Q u é quimera... ¿E n qué han de estarlo? Piensan lo mismo en todo, en religión, en política... H e lejado a Alberto educar a ese niño según sus ideas. ¿P o d í a hacer otra cosa? ¿H e sido culpable? Y o también pensaba comí) ellos o lo creía sinceramente, bien lo sabe Dios. Bastante desgraciada soy ya a l no poder obtener lo qué otras mujeres que han pecado m á s queíyo. L a s que han tenido amantes se confiesan. y. comulgan, y yo no. ¿E s esto justo... P e r o no quiero discutir más. V o y a obedecer, al padre E u v r a r d aceptando esta pena y ofreciéndosela. a Dios para no tener otras peores... ¡Cuand pienso, sin embargo, en que hay familias que np tienen m á s o que una fe y en las que padres e hijos rezan juntos y van. juntos a la iglesia... Y o debo callar a mi marido esta visita inocente, y si ahora dijese a mi hijo. de dónde vengo ni siquiera me compreu- dería... Cuando Juana, vea- a las otras, madres comulgar y no a la suya, tendré que inventar una mentira para que su alma no se turbe... ¡A h! E l padre Euvrard tiene r a z ó n ¡qué desdichas... Estos pensamientos no eran m á s que el residuo depositado en la conciencia por tan numerosas impresiones, y tan pequeñas, que la de, -Darrás no hubiera podido lecir, por ejemplo, cuándo se le habían ocurrido aquellas dudas, fltí ella calificaba de, aprensiones, sobre el buen acuerdó de su M a r i d o y de su hijo. Absorta en estos pensamientos, hasta el punto de no saber dónde estaba, el encontrarse delante de su puerta fué para ella un asombro ccmo el del que despierta de un sueño penoso. Aquella casa era como la representación de los años felices de su vida. Alberto D a r r á s había hecho edificar aquel hotelito en la época de su casamiento y con arreglo a planos convenidos entre los dos. E n el apasionado deseo que él tenía de borrar todo el pasado de la joven, y ella de asegurar a su segundo hogar un carácter m á s definitivo, quisieron una morada que no hubiese pertenecido m á s que a ellos y de la que no se irían hasta l a muerte. (Habían escogido un barrio lo m á s lejano posible de los Campos Elíseos, donde ella vivió en otro tiempo. Gabriela había comprendido que su nueva boda suponía un rompimiento absoluto con su antigua sociedad y se había propuesto una vida de retiro que D a r r á s no quiso aceptar. E l laureado de la Escuela Politécnica, que no se h a b í a atrevido a pedir la mano de Gabriela siendo soltera, ocupaba ahora un puesto de ingeniero y consejero de uno de los Bancos, más- importantes de P a r í s con veinte, m i l francos anuales de sueldo y una participación en los beneficios que le producía treinta m i l francos. S u futura tenía, por su parte, cuarenta m i l francos de renta. E l matrimonio, pues, era bastante rico para figurar en tedas partes, yD á r r á s había querido que así fuese. E l aspecto del hotel, con su puerta para carruajes y sus grandes ventanas de la planta baja, señalaba los proyectos de recepciones acariciados p o r e l ingeniero. M u y complejos sentimientos le impulsaban por esa vía, tan contraria a su carácter y a su educación enteramente profesional. Alberto D a r r á s estaba enamorado y orgulloso de l a belleza de su mujer; éste era uno de esos sentimientos. Otro era su fervor político. Profundamente adicto al partido qt: e ocupaba el Poder, deseaba que su mujer y él desempeñasen su papel en el mundo republicano, pensando así dar al régimen los prestigios de un sistema tradicional. De este modo, además, establecía una lucha secreta entre las dos clases a que su ¡Gabriela había pertenecido: la magistratura, todavía conservadora- -el padre de Gabriela murió siendo magistrado- del Supremo- y la nobleza, de raíces territoriales. E l primer maridó, cuyas brutalidades había contado l a de D a r r á s al padre Euvrard, pertenecía a una buena familia del Rouergue, Se continuará.