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JlPllw M trabajo se refugian las infelices que delinquieron para olvidar un pasado que debe borrarse. He aquí uno de los talleres de la prisión, en el que las reclusas hacen prendas de cama. el dolor, y, por saberlo, prodigan sus consuelos a las presas en contraposición de Reglamentos, de hierro y de frías consideraciones técnicas a la sombra de Concepción Arenal, menos eficaces siempre que una frase de bondad y un gesto de indulgencia. -A las siete ele la m a ñ a n a abandonar las presas sus camas de hierro y proceden a la limpieza de l a nave y a su aseo personal -nos dice el director- Después, desayunan. ¿Q u é horas tienen de trabajo? -Permanecen en los talleres desde las ocho de la m a ñ a n a hasta las doce. Y el producto? -P a r a ellas, excepto las cantidades que se destinan a fondo del taller y reparación de máquinas. ¿S e les abona lo que devengan? -K n la prisión no circula el dinero. Se les entregan unas tarjetas equivalentes a la moneda, con las que pueden obtener suplementos de alimentación en el Economato. Algunas, al abandonar la cárcel, tienen m á s de m i l pesetas. E n una habitación apartada y reducida, en la que hay diminutos bancos de colegial, que la asemejan a una escuela de juguete, y al cuidado de una hermana de la Caridad, hay tres niños, hijos de tres reclusas. Cuando un gesto de piedad del Reglamento permite la expresión del amor maternal las madres acuden a la minúscula escuela y besan a sus hijos. Carmencita, justita y Pedrito son tres personajes de tres a ñ o s su experiencia del mundo Íes ha enseñado que una hermana de l a Caridad proporciona golosinas y halagos, que no puede proporcionar una madre. A l entrar las tres madres en la habitación las miran con sus ojillos muy abiertos, reciben en un beso el calor de cuna y tornan corriendo a recogerse en los hábitos de la monja, que les acaricia, piadosa. Hemos recorrido con el director las dependencias. Amplios comedores, claros lavaderos, limpias cocinas, blanca enfermería... E n los talleres funcionan afanosas las m á quinas de coser. Cerca de una de ehas. sn una silla baja y apoyada en una columna, hay una viejecita de pelo blanco v arrugada cara. L a viejecita cose, sus cansados ojos vigilan el paso de la aguja por el dobladillo. ¿Q u é edad tiene? -Ochenta años. ¿P o r qué está aquí? -P o r robo. ¿Su nombre? E l director opone muy cuerdamente la piedad a la curiosidad reporteril, y en el anónimo queda el nombre de la viejecita, que cose, condenada a doce años de reclusión. L a única penada por robo en la p r i sión central de mujeres. LEANDRO BLANCO Cuando las reclusas son víctimas de alguna enfermedad se las traslada a la enfermería, donde son atendidas debidamente por el personal nombrado al. efecto. (Fotos V. Muro.
 // Cambio Nodo4-Sevilla