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POR PAUL BOURGET (De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) dar mucho, porque nos habías prestado el coche a fraulein y a mí. ¿L e advertía su precoz instinto que debia asociarse a la explicación de su padre? Este le hizo una caricia, como p a r darle las gracias por su apoyo, mientras la madre, por un sentimiento no menos natural y para indicar que no tenía nada qué ocultar en aquella enseñanza de su hija, respondió a, su marido: -M e alegro que hayas aprovechado la ocasión para examinar sus lecciones. Y a h a b r á s visto sus progresos en la redacción. -Sí- -dijo secamente el padre. Y añadió levantándose: -Puesto que estás ahí, vamos a dejarla para que siga trabajando. L a estoy distrayendo hace un cuarto de hora y es demasiado... -Tiempo tengo- -exclamó J u a n a- ¡t o d a s mis lecciones están al corriente... -Cuando se trata de la religión- -insistió la institutriz- -despacha pronto todo lo demás para quedarse m á s libre. É s lo que inás le gusta... L a torpe fraulein do un beso a la niña al pronunciar ese eloi gio, y no advirtió que su observación había ensombrecido los ojos del padre y angustiado los de l a madre. N i el uno ni el otro respondieron, pero, apenas estuvieron en la escalera, el marido tomó pretexto de aquella imprudente- frases para decir a G a briela: -Y a has visto que no hacía a Juana ninguna observación sobre el fondo de su trabajo... ¡Y sia embargo... Pero un compromiso aceptado no se discute; se cumple... Continúo pensando, con todo, que tenía yo razón en mis objeciones cuando me pediste esta promesa antes, de casarnos. N o se ve en l a práctica religiosa m á s que una mecánica cómoda de costumbres morales. Se la adopta por rutina y para, evitar las dificultades que ofrece el establecimiento de una joven fuera de toda Iglesia... y se arriesga el desarrollo de la peligrosa propensión al misticismo... (Ya has oído a la institutriz y hasta visto que ya crece en esa niña el gusto de las emociones religiosas. L o que- te digo no es un reproche, sino una invitación a la vigilancia. Adviérteselo a esa buena señorita Schultze. Puesto que queríamos una institutriz alemana, hubiéramos debido tomar una protestante que sirviera de contrapeso. Repito que no es un reproche. Piensa solamente en el porvenir. y en las luchas que tendríamos que sostener si, pensando como pensamos, Juana se exaltase demasiado en el sentido contrario. -L a institutriz ha exagerado- -respondió Gabriela. Su corazón había latido cuando Alberto dijo como pensamos pues en eso estaba resumido el equívoco en que su unión descansaba hacía tanto tiempo. Siempre que su marido le hablaba: de aquel modo, el terror de l a discusión inmediata paralizaba en ella la fuerza de afirmación, como le pasó esta vez. -Juana no es más aplicada para ese trabajo que para los demás- -dijo- pero éste es el único en que estudia con otras h i ñas, y su amor propio está excitado. Cuando otras veces empleaba esos subterfugios, experimentaba esa mezcla de alivio y de vergüenza tan propia de la timidez. Pero ahora estaba muy reciente su visita al padre Euvrard y las palabras del apóstol: Confesar de bocado que- se cree... resonaron de repente en su pensamiento. E l remordimiento se- apoderó de ella, pero pronto le sucedió un sobresalto de sorpresa al oír que. Alberto respondía: -Debes de tener razón, puesto que observas a Juana m á s de cerca que y o A d e m á s fundados o no, mis temores se refieren a ¡porvenir, mientras que las cosas que tengo que decirte interesan al presente. P r e p á r a t e a tener valor, querida amiga: He vuelto antes que de costumbre y he querido verte en seguida, a porque se ha producido un hecho grave del que debes ser informada por mí. Acabo de tener con Luciano, en mi oficina, una explicación de l a mayor violencia. ¿C o n Luciano? -repitió l a madre. H a b í a entrado en el despacho de Alberto, y Gabriela se dejó caer en un sillón, temblando con todo su cuerpo. E r a una coincidencia del azar que tal revelación se produjese en aquel momento, después de lo que había oído en la calle de Servandoni. ¿Gomo no iba a ver en ella el preludio de l a expiación que tanto había querido conjurar? Y si se equivocaba considerando como acto especial de una voluntad particular un suceso que no era m á s que l a lógica de su vida como había dicho el sacerdote geómetra, ¿n o tenía razón al temblar ante el funcionamiento de aquella inevitable y misteriosa potencia que saca todos los efectos de todas las causas y que nos castiga de todos nuestros errores por el simple juego de sus consecuencias? -S í con Luciano- -respondió Alberto, que se hallaba también en un estado de agitación mal disimulada y muy e x t r a ñ a en él. E n lugar de sentarse al lado de Gabriela para tranquilizarla, como hubiera hecho en otra ocasión, iba y venía por l a pieza, sin mirarla y solamente ocupado en su pensamiento. E l decorado de aquella habitación llena de libros y sin m á s objeto de arte que un gran retrato de cuerpo entero de Gabriela, revelaba las únicas pasiones del politécnico: su mujer y sus ideas. L a acusación contra el hijastro tomaba una extraordinaria gravedad en aquel marco donde se veía el intransigente rigor de un carácter absolutamente rígido. -Para que. te hagas bien cargo de la situación- -dijo, tratan- do de ordenar su confidencia- -tengo que ponerte al corriente de una historia de la que hubiera querido no hablarte... V o y a explicar por qué. Y o sabía cuánto habías sufrido cuando consentiste en casarte conmigo, y me di palabra de reparar tu vida pasada en cuanto me fuera posible. Conoces m i gran principio; cumplir a toda costa las palabras que se dan. E s l a religión de los que pasamos por no tener ninguna, l a m á s hermosa, la única, verdadera, l a de la conciencia. Tenías un hijo y adquirí conmigo el mismo compromiso de tratarle en todo como si fuera mío. A s í lo he hecho, sin mérito alguno, pues hubiera, amado a ese hijo sólo por ser tuyo. Y si, como yo pienso, las convicciones son todo en el hombre, puedo realmente llamarle mi hijo, pues yo le he dado las. suyas y he modelado sus doctrinas, su modo de sentir, su voluntad... A s í lo creía al menos... -rectificó con singular amargura- Digo esto. para explicarte que debiendo tomar una determinación grave respecto de él, te lo haya callado. M e he preguntado cómo se p o r t a r í a u n verdadero padre, y me he reconocido con derecho a asumir todas las responsabilidades con todos los deberes. H e querido evitarte las repercusiones de una lucha cuyo desenlace no preveía, lo confieso. Perdóname este secreto, que es el primero. ¡T e m í a tanto que se despertasen en ti ciertos tristes recuerdos... Te lo he dicho muchas veces y no he cambiado de opinión: el hombre es l o que le hace ser su educación. L a teoría de l a herencia todopoderosa no es m á s que un resto de aquella injusticia organizada que fué la Iglesia... Pero el prejuicio está tan arraigado que ha llegado a infestar a las inteligencias m á s resueltamente racionales. Y o mismo he temblado siempre encontrar en Luciano la huella de ciertas semejanzas morales y no he querido que participases de ese temor... ¿M e comprendes y me perdonas... -Comprendo que me amas y que tienes todas, las delicadezas- -respondió Gabriela. Aquella alusión a su primer marido le había hecho estremecerse.