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POR PAUL BOURGET (De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) -Tengo miedo- -dijo- ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha hecho L u tiano... ¡Habla proríto... -Estás muy alarmada, mi pobre Gabriela, y tanto como yo temía verte... Serénate. Vamos a considerar con reflexión una dificultad seria, muy seria. Por consecuencia, tengamos calma y apoyémonos en los hechos... E l origen de la escena que acaba de estallar entre Luciano y yo se remonta al último verano. Recordarás que entonces empezó a faltar a las comidas y que yo traté de calmar tu inquietud recordándote que Luciano tenía veintitrés años y que en las clases encontraría muchos jóvenes de su edad absolutamente libres, con quienes sería peligroso que se comparase, aun estando él sujeto muy cariñosamente. Pero si entonces pensaba todo lo que decía, no decía todo lo que pensaba. Sus ausencias frecuentes y su cambio de humor me. inquietaban tanto como a ti. Le veía desinteresarse de nuestra vida y de la de su hermana. Su cuerpo estaba con nosotros, pero su espíritu estaba en otra parte, y no dudé acerca del motivo: sólo la influencia de una mujer puede transformar a un joven tanto y tan pronto... ¿Crees que está enamorado? -preguntó la madre. Y en su cara, contraída por la ansiedad, se pintó un sentimiento de alivio, -que Darrás no observó. De este modo, el desacuerdo entre su marido y su hijo no era más que una contrariedad. Las mujeres más puras tienen cierta indulgencia para esos extravíos, y ésta no temía más que los conflictos- que pudieran derivarse de su segundo matrimonio. Gabriela añadió: -Yo también me había preocupado por su actitud y tenía, ciertas aprensiones... Y añadió con alguna vacilación: -Temía alguna otra influencia... Tenía miedo que viese demasiado al señor Chambault. -Luciano no te haría una cosa así... -respondió vivamente Darrás- Por ese lado, al menos, estoy tranquilo. Tengo en mi favor la lealtad con que le hice juez entre nosotros y ese hombre en cuanto cumplió dieciocho años. Leyó la sentencia de separación y los alegatos, y está armado contra esa influencia, admitiendo que quisiera ejercerse. ¿Por qué ahora... N o está enamorado, y de una mujer de la que hay que temerlo todo, todo ¿Entiendes... Pero sigo mi relato. Viendo su cambio y sospechando la causa, traté de interrogarle sobre sus continuas salidas, sin reprochárselas, por supuesto; sobre los amigos que frecuentaba y sobre el empleo de las noches. Le encontré duro- y con el corazón cerrado, y esa huida ante mi cariño no me permitió dudar. Sabe mis principios y que no admito el cómodo proverbio que todo se lo perdona a la juventud. Esas flojedades de conciencia son la vergüenza de los países católicos y han sido producidas por el confesonario. Hace dos años, cuando Luciano fué a ser soldado, tocamos ese punto y tuve la alegría de ver que pensaba absolutamente como yo. La perniciosa atmósfera del cuartel no le había contagiado al volver. ¡Era entonces tan transparente y abierto para mí... E l día en que se me cerró su confianza comprendí que ocultaba un sentimiento que le hacía rubori zarse, y deduje que él también había caído, como tantos otros... -Entonces debiste advertírmelo- -dijo Gabriela. L a frase de su marido contra el confesonario había de nuevo atraído a sus labios una protesta. En su reproche iba envuelta aquella queja que no se atrevía a formular, así como su cariño a los dos hombres, cuyo choque iba a hacerla sufrir tanto. -Una madre- -continuó- -obtiene de su hijo confianzas que el rehusa hasta a su padre. Vuestros caracteres no hubieran chocado... ¡Ah! Alberto; has querido evitarme una pena y no la hay más grande que saber que habéis cambiado palabras de jdispata... -Las cosas hubieran pasado lo mismo y tú hubieras sufrido más pronto- -respondió Alberto- Además, yo no tenía más que presunciones no comprobadas. Luciano no te hubiera dicho- nada, pues es mujer le ha conquistado bien, y él hubiera defendido su secreto. Lo que me ha puesto sobre la pista ha sido la casualidad. Recordarás que a mediados de febrero, el día en que almorcé en casa de Iluard, salí temprano para andar. un poco. Tomé el camino más largo a fin de pasar por el Odeón y dar una ojeada a los libros nuevos, y estando en la calle de Racine vi venir por la acera de enfrente a Luciano, en compañía de una joven. Iba tan completamente embebido en la conversación, que no me vio. Los dos se detuvieron a la puerta de un modesto restaurante que ya existía en mi tiempo e hicieron ademán de separarse. L a muchacha abrió la. puerta y pareció que le invitaba a entrar. Luciano miró e! reloj, se encogió de hombros y entró. V a cilé un instante, con ánimo de volver atrás para que no pareciese que le había seguido, pero, bien mirado, atravesé la calle y miré por los cristales del restaurante. L a joven y Luciano estaban sentados juntos en el extremo de una mesa. Si hubiera yo tenido dudas sobre la causa de su cambio de costumbres, las hubiera perdido entonces al ver la expresión apasionada de su mirada. L a muchacha estaba de frente, y distinguí en- detalle sus facciones. Sería injusto si no reconociese que no tenía en modo alguno el aspecto de una perdida. Estaba vestida con gran sencillez, pero con gran limpieza. Tenía el sombrero co gado encima de ella. Su cabellóos castaño y le. lleva- recogido, por. la frente y anudado ejtr iijja, áWies y corta, trenza, como Las colegialas, aunque tiene veinticinco años, si 110 más. Es delgada, bastante baja, y tiene facciones de gran delicadeza, un poco menudas, con ojos muy obscuros sobre una tez pálida. Esos ojos se volvieron hacia mí un momento y vieron que yo la estaba mirando, pero la joven no pareció cuidarse de eso en lo más mínimo y me miró con una indiferencia glacial que no era, sin embargo, descaro. Aquella mirada me hizo apartar la mía y me marché, temiendo que advirtiera a Luciano, pues me era insoportable que me sorprendiera en una actitud que parecía de espionaje... a ¡Espionaje de ti para él... -respondió la de Darrás- ¿N o tienes todos los derechos de un padre, como acabas de decirme? Cuando un padre trata de saber lo que hace su hijo no es eso espionaje, sino vigilancia... -He dicho que yo le consideraba como hijo... Pero hay que mirar la verdad de frente; él no me considera como padre. Era ya mayorcito cuando nos casamos y recordarás con qué prudencia tuve que apoderarme de él. Lo logré, sin olvidar que era a juel un trabajo un poco artificial y un poco frágil. Acabo de ver hoy cuánta razón tenía. ¡Pobre amigo... ¡Dios mío! Hemos pagado ya tan cara nuestra dicha... E l segundo marido no podía comprender la significación verdadera de aquella exclamación, grito instintivo de un terror supersticioso que crecía, ten la mujer divorciada desde el principio de la conversación. Estaba Darrás tan poseído de su relato, que continuó- -Por eso me había detenido ante su silencio cuando sólo tenía sospechas. Después de aquel encuentro poseía un elemento más preciso. La fisonomía de aquella joven me había dejado una impresión de verdadero malestar. No era la muchacha perdida del barrio latino que representa. una aventura degradante, pero pasajera... En suma, me decidí a hacer las averiguaciones que eran mi deber como marido tuyo. Sabes que soy de los que toman muy Se cj) nfinmrá.