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N U M E R O EXTRAORD I N A R I O 20 C E N T S AÑO TAVO. V GESIMOC 5 5 5 N U M E R O EXTRAORD I N A R I O 20 C E N T S AÑO TAVO. VJGES 1 MOC ¡5 5 Sagasfa: Historia de un busto. A ni USENTE ya la duquesa, reanudó M a riano su trabajo, y Sagasta, en cuyo rostro se notaba alguna preocupación, nos d i j o -C a u s a pena considerar los estragos que hace la vejez. Cuesta trabajo comprender cómo el. transcurso de los años puede de tal manera cambiar el aspecto de las personas. E s t a anciana que acaba de marcharse fué una de las mujeres más hermosas de España. Recuerdo, como si ahora lo presenciara, aquella época en que ella y la duquesa de A l b a hermana de la Emperatriz Eugenia, mantuvieron una verdadera competencia en hermosura, riqueza y. elegancia. Fué el g r a n apogeo de los dos damas que monopolizaban en aquella épo ca l a admiración de tocio Madrid. D i j o estas palabras con tan visible emoción, que no era preciso ser un lince para comprender que l a alegría y el regocijo que indudablemente habían producido en su espíritu tan grata visita fueron neutralizados por la tristeza que engendraban en su ánimo los recuerdos de la mocedad. Y es que, aparte de que las satisfacciones humanas nunca son completas, porque siempre las acibara alguna gota de amargura, cuando ésta es motivada por la contemplación de Jas- lejanías de la juventud, el convencimiento de que ésta pasó para no volver, nos desconsuela y apesadumbra. P a r a cambiar de tema y procurar que la atención, de Sagasta se fijara en cosas menos desagradables, se me ocurrió decirle en tono de broma el asombro que me producía el ver que a su edad avanzada conservara el pelo tan espeso y copioso. -N o es extraño- -nos dijo- -que conserve tan bien el cabello, porque, aun cuando les parezca raro, cuenta veintiséis años menos de vida que yo. Y o voy a explicarles ésto, que a primera vista parece una paradoja. Cuando salí de la Escuela de Ingenieros de C a minos f u i destinado a prestar mis servicios en el ministerio de Fomento. U n alto funcionario de dicho centro oficial, que me dispensaba su protección, me propuso el nombramiento en comisión especial para d i r i g i r la construcción de un puente en Zamora. Acepté, agradecido, y marché a la c u i dad castellana. Pasaba el día entero en el campo, primero haciendo el estudio de l a obra, y después dirigiendo su construcción. Recuerdo que un día que nos hallábamos entregados a nuestras tareas se desencadenó repentinamente una gran tormenta y llovió de manera tan extraordinaria, que por pronto que quisimos regresar a l a ciudad, cuando llegamos a ella llevábamos nuestras ropas materialmente empapadas en agua. Como era invierno, además de la humedad sentíamos un frío intenso. Nos secamos cuidadosamente, y nos mudamos de ropa, y cuando a la mañana siguiente me levanté y atendí a m i aseo personal, al meter el peine en mi cabellera, que era abundantísima, observé con terror que salían los mechones de cabello con una facilidad tal, que más parecían postizos que. naturales, dada la poca resistencia que ofrecían para desprenderse. L a curiosidad, que siempre me acució, de conocer episodios del período que media entre la revolución del 22 de junio de i866 y la batalla de Alcolea, me condujo, sin que mi voluntad pudiera atajar el deseo, a preguntarle sobre la época referida. N o vacilé en hacerlo, porque, aunque se trataba de sucesos políticos en los cuales fué actor muy importante, 110 quebrantaba la discreción que me había impuesto, por tratarse de acontecimientos que ya pertenecían a l a H i s toria. Nos refirió que, a pesar del fracaso de la sublevación de P r i m en VillaTeio de Salvarles, no sintieron desmayo alguno. E l glorioso caudillo, incansable y tenaz en su l a bor revolucionaria, continuó desde el extranjero dirigiendo la conspiración, que ellos, los progresistas, llenos de fe, secundaban, con ardimiento. Madoz, A g u i r r e Becerra, Bonifacio de Blas y él, en compañía de tantos otros, que sería prolijo nombrar, trabajaban sin tregua ni descanso de acuerdo con los elementos militares que ciegamente seguían al conde de Reus. Él foco principal y más activo radicaba en los artilleros del cuartel de San G i l admirablemente organizados por el capitán H i d a l g o que llevó su caballerosidad hasta el extremo de pedir su separación del Ejército para con más l i bertad y decoro poder conspirar. LA D U Q U E S A D E M E D I N A C E J- I (FOTO MORENO) M e froté la cabeza y en un momento me quedé absolutamente calvo. M i cabeza era una bola de billar. E l disgusto que experimenté no es para referido. Tuve el cuidado de recoger todos mis cabellos y guardarlos, y al día siguiente vine a M a d r i d para buscar remedio a lo que yo creía que no había ya de tenerlo. E l arte de la peluquería estaba entonces en España por lo menos en su infancia; pero había llegado recientemente un peluquero francés, cuyo nombre no vecuerdo. Se instaló en la calle M a y o r y era fama que sus aptitudes y medios estaban a la altura de los últimos adelantos. M e entregué a él, y la primera providencia que adoptó fué hacerme una magnífica peluca con el pelo que yo había guardado, y en realidad resultó tan perfecta, que nadie creyera que era artificial M e recetó multitud de pomadas, que, según él decía, tendrían la virtud de hacer brotar nuevamente el cabello. Con esas esperanzas regresé a Z a m o r a pero pasaba tiempo y el pelo no daba señales de salir. E n aquella sazón llegó un médico a establecerse en Zamora, que recuerdo sé llamaba el doctor Canilla. Se hospedó en la misma fonda donde yo vivía, y cuando a los pocos días, que habíamos ya adquirido a l guna familiaridad, se enteró de la gran desgracia que me había ocurrido, me dijo que encargara a M o r a pueblo de la provincia de Toledo, una buena cantidad de jabón basto que allí se fabricaba, y que con él me embadurnara todas las mañanas l a cabeza y dejara secar la espuma. A s i lo hice, y no había transcurrido un mes cuando yo había recobrado el cabello, que, como ven ustedes, conservo como pocas personas a mi edad. Pero la moraleja de este sucedido es muy curiosa. E n mi larga vida he encontrado v a ríos casos iguales al mío entre mis amistades y conocimientos. A todos les he recomendado el jabón de M o r a y ninguno consiguió ver curada su calvicie. Cuando Sagasta, que era u n amenísimo conversador, narraba aquellas escenas, sus ojos se animaban, su semblante parecía rejuvenecerse y el entusiasmo que ponía en sus palabras decía bien a las claras que su espíritu se trasladaba a aquellos días para él tan felices. -N u e s t r a actividad no tenía límites- -nos decía- -y. nuestra reserva era tan absoluta, que ni los más extraños menesteres los confiábamos a nadie que pudiera hacernos traición. Había que imprimir proclamas y alocuciones clandestinas, y para no entregar la composición tipográfica a los cajistas de La Iberia, que TÍO por deslealtad, sino por imprevisión, podían incurrir en indiscreciones, que hubieran sido fatales, Carlos Rubio y yo manejábamos los caracteres de imprenta y hacíamos las galeradas; pero como no teníamos noción del oficio, casi siempre terminábamos nuestras tareas con las manos teñidas de sangre. D e las emociones que he sentido en m i vida política, una de las más intensas fué la que embargó mi espíritu durante la noche del 21 de junio y la madrugada del 22. Antes de estallar el movimiento, que se inició al amanecer, nos multiplicamos Becerra, Mohtemar, Carlos R u bio y yo, dando instrucciones a los grupos de correligionarios que habían de operar en los sitios más estratégicos. Eran todos hombres decididos y valerosos, inflamados de entusiasmo por la libertad, de probada abnegación y absoluto desprecio de la vida. L o s militares obraban bajo la dirección de Pierrad, Moñones e Hidalgo. E l triunfo hubiera sido seguro y efectivo si la fatalidad no hubiera dado lugar a la jornada sangrienta del cuarto de banderas del cuartel, que desvió por completo el plan que teníamos convenido. Nadie fué culpable del choque entre sargentos y oficiales; pero es lo cierto que hubp bajas y que la sangre allí vertida convirtió en derrota lo que. sin tan aciago suceso habría sido triunfo definitivo. L o s que salvamos ía vida fué milagrosamente, porque el combate se mantuvo d u rante todo el día con tanta dureza como valor, sin regatear esfuerzos ni esquivar pe-
 // Cambio Nodo4-Sevilla