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ligros. Cada uno se refugió donde pudo, y todos los hombres civiles que figurábamos en primera línea fuimos condenados a muerte eh rebeldía. L a salida de M a d r i d para ganar l a frontera, burlando a l a Policía, era poco menos que imposible; pero todos logramos rebasarla gracias al atixilio de espíritus generosos, que espontáneamente nos prestaron su ayuda. Becerra, Castelar, Martos y Carlos Rubio fueron salvados gracias a la caballerosa generosidad de N a v a r r o Rodrigo y Adelar do López de A y a l a que, a pesar de ser amigos políticos y personales de O Donnál, se prestaron a sacarlos de sus respectivas casas en el coche del propio ministro de la Gobernación, y les acompañaron, bajo su amparo, hasta Hehdaya. H a y que consignar que l a actuación de N a v a r r o y A y a l a habría llegado tarde si la notable y hermosa poetisa Carolina Coronado, esposa del encargado de Negocios dé los Estados. Unidos, no les hubiera otorgado hospitalidad en el edificio de l a Legación. P i e r r a d encontró a l bergue en el palacio de L i r i a j merced a la hidalguía del duque de A l b a monárquico incondicional y cortesano; pero que, ante todo, cristiano y caballero, le repugnaba ensañarse cott el vencido. Que si siempre es vituperable la venganza, acusa vileza cuando se deriva de contiendas políticas. Y o me refugié en casa de un amigo que, por la modestia de su posición, ño podía en caso alguno despertar sospecha de ser encubridor de un político revolucionario. Oculto permanecí a l gunos días, discurriendo cuál sería el plan más acertado para ponerme fuera del alcance de la Policía, cuando supe, con dolorosa sorpresa, que había surgido la crisis cuando por nadie era esperada, y que se había constituido un Gobierno Narváez- González B r a vo. Considerando que l a nueva situación había de continuar, y acaso aumentaría l a dureza de la represión ejercida por el duque de Tetuán, quedé atónito y confundido. N o sabía qué hacer y por fuerza tenia que buscar el medio de evadirme. U n rayo de luz iluminó m i cerebro al recordar que m i íntimo amigo Ricardo M u ñiz lo era también de González B r a v o L e hice llamar con urgencia y acudió con tanta presteza como cariño. E r a Muñiz un hombre excepcional, y no quiero desaprovechar esta ocasión que la casualidad me ofrece para dedicarle el recuerdo a que es tan acreedor. Fué siempre un liberal exaltado, y desde su edad juvenil expuso su vida por l a libertad siempre que lo exigieron las circunstancias. Luchó como voluntario en la guerra c i v i l de los siete años, cuando era un mozo imberbe; conspiró con los que se apellidaron los doce hombres de corazón, para preparar l a sublevación de Vicálvaro de 1854, tomando parte activa y siempre valerosa en aquella memorable j o r n a d a ayudó con eficacia inusitada el movimiento de V i l l a r e j o de Salvanes, que acaudilló P r i m el 3 de enero de 1866, v fué el más constante y decidido luchador en los preparativos de fa revolución triunfante de 1868. N o era un hombre brillante; pero, sin dejar de ser inteligente, t t SAGASTA, D I P U T A D O CONSTITUYENTE D E L 64 DON R I C A R D O SttüffíZ, I L U S T R E P O L Í T I C O Y C O N S P I R A D O R D U R A N T E E L REINADO D E ISABEL II poseía la cultura que sus inclinaciones a l a contienda permanente y ardorosa le permitieron adquirir. S u amor a l a libertad y su espíritu aventurero, ganoso de riesgos y peligros, hallaron escenario adecuado para desenvolverse en el torbellino de las inquietudes y revueltas políticas que surgieron después de la muerte de Fernando V i l que fué la época en que, casi adolescente, comenzó a actuar en l a vida pública. Cuahdo P r i m de quien Muñiz era devotísimo, llegó a conocerle bien, depositó en él sü confianza de una manera incondicional. Todos los trabajos de conspiración, sobre todo los que se realizaban cerca de los institutos armados, eran incumbencia exclusivamente suya. Tenía un valor que ante nada retrocedía, y una sagacidad envidiable. Audaz, receloso, reservado hasta la mudez, decidido hasta la temeridad y leal hasta él más inconcebible sacrificio, no es extraño que entre todos los conspiradores fuera el más temible y el que más preocupaba siempre a los Gobiernos. Y como añadidura a cualidades tan singulares poseía l a de ser u n amigo incomparable. Llegó a la casa donde yo me había refugiadp, y, estrechándome con sus brazos, exclamó, lleno de emoción y sorpresai Gracias a Dios que te veo sano, aunque no salvo. ¿Q u é ha sido de t i en estos días terribles V L e referí brevemente cómo había venido a parar al sitio donde me encontraba, y seguidamente, con la rapidez y resolución que le caracterizaba, me d i j o Y o ando a salto de mata todos estos días, esquivando como puedo a toda hora el encuentro Con la Policía; pero estamos salvados con la entrada de González B r a v o en Gobernación. Y a sabes mi antigua amistad con él, y que ese hombre, ahora déspota, y reaccionario, conspiró contra la Reina gobernadora, y que yo fui de sus más adictos colaboradores. L a época de Él Guirigay la corrimos juntos, y aquel afecto que nació entre riesgos qué compartimos ha superado a nuestras diferencias políticas. L o he visto en visita clandestina, y he conseguido que facilite tu fuga y l a de A g u i r r e A éste lo he dejado en su casa, y a ti te acompañaré hasta la tuya, donde esperarás hasta que yo te busque de nuevo paía disponer vuestra salida. Llegamos a m i casa, y. a pesar de l a confianza que me inspiraba Muñiz, declaro que no disfruté de tranquilidad hasta el día siguiente, que vino en m i busca, sería la una de la tarde. M e obligó, a vestir m i uniforme de ingeniero de diario, porque de ese modo decía que se llamaba menos la atención de los polizontes, que no podían concebir que un condenado a muerte anduviera por las calles a tales horas y con tan inaudito, descaro. M e puse unas gfafas negras y, acompañado por él y por D Nazarío G a r r i q u i r i bajé a la estación del Npfte, y en un tren que partía a las tres de la tarde emprendí la marcha a Francia sin ser molestado por nadie. Muñiz me había dado la seguridad de que González B r a v o tenía dadas órdenes reservadas para que no sufriera obstáculo m i viaje. Después supe por m i amigo, cuando éste se trasladó al extranjero, que A g u i r r e estuvo a punto de no poder fugarse, porque a última hora desconfiaba de las gafantías qUe había ofrecido el ministro de l a Gobernación, y quedo en M a d r i d un día más, lo cual dio lugar a complicaciones, que al fin pudieron resolverse favorablemente. NATALIO RIVAS