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POR PAUL BOURCET (De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) remedid dispuesto, y sólo hay uno para ese género de pasiones: la ausencia. Era preciso que Luciano se fuese de París por cierto tiempo. Una feliz casualidad me hizo saber el otro día el próximo viaje de mi colega Delaitre. Se siente cansado y el Consejo le envía a dar la vuelta al inundo por América, el Japón, las Inedias y Egipto, fin de visitar nuestras sucursales de Ultramar. Quiere llevar, a alguno que le sirva de compañero más que de secretario, y le hablé de Luciano. Delaitre se manifestó encan tado, por lo que ya no me quedaba más que hablar con Luciano mismo. Pensé que lo mejor era ofrecerle sencillamente ese hermoso viaje antes de pronunciar el nombre de la muchacha. Si aceptaba, tentado por la ocasión, eso indicaría que no estaba tan cogido como yo suponía, y, si rehusaba, me daría un pretexto inmediato para atacarle sobre los motivos de su negativa, decirle lo que sabía y todo lo demás... Así lo hice. Esta mañana procuré encontrarle abajo cuando iba a salir, y le dije que fuera a mi oficina a la una y media para hablarle de un asunto muy serio. Viendo que le extrañaba la elección del sitio, le expliqué que no tenía ni- un cuarto de. hora libre y que quería que la conversación quedase entre nosotros. L a verdadera razón era que mi despacho está al lado del de Delaitre y pensaba aprovechar esa vecindad para ponerlos en presencia y hacer que se comprometieran los dos definitivamente. Luciano no se engañó. V i en sus ojos que sabía mis intenciones, y, como no ha venido a almorzar, he supuesto ha ido a la calle de Racine a concertarse con su cómplice... pido he llegado a mi despacho, me estaba esperando, y la coni feación se emprendió en el tono deferente, pero desconfiado por í Inarte y afectuoso y prudente por la mía, que es siempre el jiAro en todo este año. E n cuanto le hablé de viaje le vi conI srse; su voz se hizo breve y sus ademanes bruscos. Se negó i pondamente, y le dije entonces lo que debía decirle. E n este mo: nto sabe tanto como tú sobre Berta Planat... No me preguntes i no acogió mi revelación. ni qué me respondió ese niño extraI ¡o. Pasé entonces los. minutos más crueles de mi existencia... j. Je guardo rencor y quiero decírtelo en seguida. -No se lo guarvfiré jamás, haga lo que haga, porque es tu hijo... Además, si él se ha permitido faltarme gravemente, a mí, tu marido; a mí, que le he educado y le he querido tanto, es que no estaba en su juicio. Durante aquella hora no ha sido realmente responsable, pues le he visto enteramente loco, luchando contra la evidencia. ¡Sabe que soy tan incapaz de mentir y de acusar a nadie sin pruebas... Esa mujer es una gran comediante para haberle engañado así... ¡Y yo le compadecía! Puedo darte mi palabra de que no he dejado de compadecerle durante aquella lamentable escena. Y ahora le compadezco sobre todo. Suponte tú que también. él se ha ido a buscar pruebas... ¡de qué! de la inocencia de esa desdichada... Pruebas! Le he nombrado a Meján y le he dicho dónde está, niño... Demasiadas pruebas encontrará, y, en vez de venir a girme que le pida perdón, como me ha amenazado, será él tjiuien venga a pedírmelo... ¡pero en qué. estado el pobre niño... a -Yo, su madre, te lo pido en su nombre ante todo... -exclamó Gabriela estrechando con pasión a su marido entre sus; brazos- ¡Te ha insultado! ¡Te ha amenazado! ¡A ti, mi amigo, mi amor, mi vida... Pero tienes razón; es un. pobre niño, que va a sufrir horriblemente en cuanto se convenza de que le has dicho la verdad... Le conoces bien... S i volverá y no se atreverá: a hablarte... Déjame que le vea la primera y le diga qué; bueno eres para él, aun después de su falta... Rompió a llorar, y dijo, estrechándose más contra, su marido: ¡Ah! Perdóname... Debería juzgarle muy severamente... P ro es mi hijo, mi hijo... ¡Querida Gabriela... -dijo Darrás, abrazándola- Eso es, ¿listamente, lo que quería pedirte: que te consagres por completo- a él en la crisis moral que va a sufrir y que no seas irlas que madre... He sentido, en mi conversación con Luciano, que me faltaba respecto de él esa autoridad de la sangre... que tú tendrás... Estoy enteramente seguro de tu corazón, pues acabo de ver una vez más que nos quieres a los dos como tú sabes querer, delicada y profundamente. Es necesario que n, o tengas nunca que elegir entre nosotros dos... Ocúpate, pues, de él y tú me le traerás sin más que atraerle hacia ti. Te irás con él a Italia, si es preciso... Lo importante es salvarle de esa mujer, qye ha obrado demasiado hábilmente para que no le atribuyamos intenciones sospechosas. Por lo menos ya está desenmascarada, que es lo principal... ¿Y si no lo estuviera... -dijo la madre- Sí- -insistió, al ver un gesto de su marido- si consiguiera convencerle de que ha sido calumniada... -No podrá... Meján existe y se lo he nombrado... Existe el hijo, y Luciano sabe dónde está. ¿Cómo quieres que esa muchacha le impida comprobar lo que le he dicho... -Pero... ¿y si se lo impide... -Entonces me dirigiré al ministerio del Interior, donde sabes que tengo amigos, y me procuraré pruebas ante las cuales todo será inútil... ¿Y si la ama bastante para pasar hasta por esa vergüenza... ¿El? No calumnies a tu hijo. Han podido engañarle, precisamente porque es todo nobleza y todo generosidad. Pero corromperle, envilecerle... ¡jamás... ¡Oh! Alberto mío, tú sí que eres noble y generoso... -dijo Gabriela, cogiéndole la. mano y besándosela con un movimiento tan rápido que él no pudo impedirlo- ¡Tú le defiendes... ¡A h! Gracias... -No soy noble ni generoso; es que te amo. No tenemos más que un alma y un corazón. ¿Cómo quieres que encuentre en mí otros sentimientos que los tuyos... Es el estar unido a ti con esta intimidad absoluta y total lo que hace fácil el- perdonarle. ¿Sabes por lo único que le guardaba algún rencor? Por ser causa de que tuviese yo. sospechas y pensamientos que no te decía. Ahora los conoces, y esto es ya una gran dulzura... Y, al decir estas palabras, que hicieron un daño cruel a Gabriela, Darrás la besó otra vez. Todavía tenía puesto el traje con que fué a casa de Euvrard, hacía tres horas, en el momento en que su marido, por ella, tenía con su hijo aquella explicación violenta y dolorosa. De pronto se apoderó de ella con gran fuerza el remordimiento por el secreto que guardaba a aquel hombre leal sobre sus sentimientos más íntimos. Y se despertó en ella el valor de hablar. Su boca se abrió para la confesión: -Escucha, Alberto... Pero en el relámpago de una intuición paralizadora, vio las consecuencias inmediatas de su franqueza: una desunión entre ellos, cuando tanto necesitaban unirse en una acción común en beneficio de Luciano. A l preguntarle él: ¿Qué hay... ¿Qué quieres decirme... Gabriela se estrechó contra su marido, diciendo estas palabra enigmáticas: -Amigo mío, prométeme que no me amarás nunca menos, suceda lo que. suceda... ¿Qué puede suceder, unidos como, estamos... -No lo sé... Y a ves cómo surgen las penas sin que se las espere... ¿Suponíamos hace un año que Luciano nos daría este disgusto... ¿Qué hace... ¿Dónde está... ¡A h! ¡Cuánto daría por tenerle ya aquí... i Se cqnHnitará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla