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DIARIO SI ILUSTRAVI G E- DIARIO DO. SIMO ILUSTRAVIGÉCTA V O DO. AÑO 10 C T S AÑO MOCTAVO NUMERO FUNDADO 10 C T S N U M E R O E L i. D E J U N I O D E 1905 P O R D T O R C U A T O L U C A D E T E N A ber provocado la guerra, como suponen muchos. Acusó, sí, al emperador Guillermo I I por ofensa suprema contra la moral internacional y la santidad de los Tratados según frases textuales del artículo 227; se dejó caducar, sin embargo, la sanción que el mismo imponía, mediante un Tribunal especial, que jamás se trató de reunir. L o que prescribió el artículo 231 es hacer responsable a Alemania de todos los daños y pérdidas sufridos por los Gobiernos aliados y asociados, y sus subditos, por consecuencia de la guerra, que les fué impuesta por la agresión de Alemania y de sus aliados E l primer párrafo del artículo, 232, dice: L o s Gobiernos aliados y asociados reconocen que los recursos de Alemania no son suficientes (teniendo en cuenta la disminución permanente de. los mismos, que resulta de las demás disposiciones del presente Tratado) para asegurar la reparación completa de todos los expresados daños y pérdidas A continuación, y en los artículos sucesivos hasta el 244 y en los siete anejos siguientes, se precisan las reparaciones principales y se confía a una Comisión, que se denomina Comisión de Reparaciones el análisis y cumplimiento de todas ellas. L a dicha Comisión funcionó durante bastante tiempo. Con el fin de aclarar múltiples extremos se celebraron negociaciones en varias capitales y en particular en Londres. D e ellas surgió el plan llamado Dawes (vicepresidente de los Estados Unidos con Coolidge y hasta hace pocos días embajador en Inglaterra) y más tardé el firmado en E l H a y a que lleva el nombre del agente norteamericano míster Young. Pese a las reducciones que se hicieron, es lo cierto que Alemania viene pagando sumas cuantiosísimas y queda obligada a pagar otras muy. considerables. E l pagó de las reparaciones es el dogal que ha quedado al cuello de Alemania. A l desentenderse los Estados Unidos del Tratado de Versalles y al pactar directa y separadamente con Alemania, recabaron de los que habían sido sus- compañeros de guerra un ajuste de cuentas. F i r m a r o n con cada uno Convenio especial de reconocimiento y pago de. deuda. Todos, resultaron deudores a Norteamérica por las cantidades que se fijaron, precisándose las modalidades de pago en sesenta y un años. Inglaterra y Francia, como buenas europeas, un tanto románticas, propusieron que cada país renunciara a sus créditos por haber contribuido todos, según sus medios, al triunfo común y al éxito logrado. L o s Estados Unidos, más positivistas, acreedores de todos y deudores de ninguno, no estuvieron conformes. Se pensó entonces en reducir las reparaciones debidas por A l e mania en proporción a la reducción que h i cieran los Estados Unidos sobre las deudas intergubernamentalcs. L a propuesta tampoco prosperó. L o s Estados Unidos nunca admitieron, ni admiten hoy, relación alguna entre las reparaciones y las deudas por ellos reclamadas. 1 LA FRACASADA CONFERENCIA DE LAUS ANA Complejidades de Jos problemas que se proponía resolver A la hora en que comienzo a escribir el presente artículo se ignora si, al fin, se reunirá o no, y, caso afirmativo, en que fecha, la proyectada Conferencia de Laúsana. Celébrese o no, es ya seguro que no logrará el importante cometido para el que estaba convocada: el. de resolver, con carácter definitivo, el importante problema de las reparaciones y el de las deudas mtergubernamentales, que vienen compli- cando el tablero internacional. L a magnitud del asunto que constituía su objetivo, sobre el que mediaron delicadas negociaciones entre los Gobiernos principalmente interesados, ha sido causa de que haya sufrido múltiples alteraciones en cuarito a la fecha de su reunión. Se fijó primeramente el día. 18, después el 20, más tarde el 25 del corriente enero. P o r tercera vez se cambia la fecha sin precisarse la nueva. Tales vacilaciones, por- sí solas, bastan para evidenciar la complejidad de los problemas que intenta resolver y la diversidad de criterios e intereses que sobre Jos mismos tienen las potencias a que afectan. S o n estas potencias todas las que tomaron parte directa en la última gran guerra, en que quedaron maltrechos, aunque en grados diferentes, así los vencedo- res como los vencidos. España, por la beneficiosa neutralidad que observó, no figura entre dichas potencias, y no ha sido, por lo tanto, invitada a la Conferencia de Laüsana. Afortunadamente, ni nada nos deben ni nada debemos a las que fueron beligerantes. Ignoro si se liquidaron debidamente los anticipos que hizo el Tesoro español a los alemanes refugiados del Camcrón, y si Alemania indemnizó por los daños que causaron los submarinos. E n definitiva, y comparado con las sumas, debidas o reclamadas por los demás E s tados, es poca cosa. Pero España, como todos los países del concierto, o, meicr, del desconcierto mundial, habrá de sufrir repercusiones gratas o desagradables en su entera economía, según sean los acuerdos o resoluciones a aue se llegue en la referida Conferencia de Lausana. D e aquí que no debamos ni podamos desinteresarnos de su éxito o fracaso, ni de las negociaciones que sobre el particular lleven entre sí las potencias más interesadas. Como toda diplomacia, la española debe estar, en el caso, alerta. Y la opinión pública, que ha de inspirar, si no dirigir, la diplomacia nacional, deberá estar también atenta y fija en lo que ocurra y decidan los Gobiernos extranjeros. E n materia de índole internacional no caben inhibiciones ni indiferencias. Varias veces hemos tenido ocasión de recordar en los presentes artículos que el Tratado de Versalles no impuso a Alema- nia ningún tributo, ni de indemnización global de guerra, como la que fijó a F r a n cia el Tratado de Francfort de 1 S 71. T a m poco acuso directamente a Alemania de h a- y mal informados presidencialistas) se opuso a la condonación de deudas, movido, no sólo por el perjuicio evidente que irrogaría a los contribuyentes norteamericanos que facilitaron los empréstitos, sino, sobre todo, por el temor de que, libre Europa de deudas, desarrollase el supuesto imperialismo (más verdadero entre los yanquis) yj. no se realizasen las debidas economías en. armamentos terrestres, navales y aereóse -De ese doble juego de hechos, por un lado las reparaciones debidas por A l e m a nia y de otro las deudas intcrquher namcntales debidas a los Estados Unidos, y a l gunas pocas que se deben entre sí los aliados, ha surgido el enrevesado y gravísimo conflicto económico- financiero, que es causa, si no única, principalísima, de la pavorosa crisis que afecta, sin excepción, a todos los países y Estados del mundo, y de la que es manifestación triste y peligrosa el paro obrero que incita a la revuelta y a la revolución social. Por si fuera poco el enredo, ha venido a agravarlo el proceder de Alemania. I aía. hacer efectivos los pagos que se le impusieron, y para responder a su megalomanía fabril, industrial y de todo orden, se do a i contratar empréstitos, a corto y largó plazo, por cantidades fabulosas, que le facilitaron, sin suficiente reflexión, les Estados Unidos e Inglaterra, creyendo hacer un buen negocio bancario- fin anciero. A l reclamar ahora su reintegro los Bancos acreedores, alegando tratarse de deudas privados comerciales, proporcionan nueva dificultad, ahogando más a Alemania e imposibilitándola de cumplir los compromisos solemnes oficiales que libremente, y con anterioridad, pactaron y firmaron con los Gobiernos aliados. Puede haber en todo ello un plan técnicamente concebido, pero sus consecuencias políticas y financieras son fatales. E l embrollo crece: L a madeja se enreda de manera que para desenredarla habría q u e h a cer lo que el gran Alejandro con el nudo gordiano. De aquí la idea del borrón y cuenta nueva que aceptarían, con agrado, los que tienen más que pagar que cobrar, pero que rechazan los que se encuentran en el caso contrario. E l propio Mussolini v, algunos radicales- socialistas franceses de la Dépéche de Toulousc lo proponen, pero el criterio general es opuesto. L a solución no es tal ni cabe sustentarla: negándose cómo. se niegan los E s t a d o s U n i- dos a renunciar a sus deudas. S i n esa renuncia no habría la necesaria compensación; para la de las reparaciones. Sufriendo a ho- ra también los Estados Unidos la depresión económica mundial, y teniendo seis millones de hombres sin trabajo, no es de esperar que ni su Parlamento ni su Gobierno renuncien a reclamar sus deudas. Se enfrentarían con la política popular que defiende el elocuente y terrible M r Borah. presidís te de la Comisión senatorial de Relacrt -Exteriores. L a Banca privada y los eler- tos intelectuales de las Universidades teamericanas propugnan la renuncia. su campaña tiene i w L a proxiniid cíales priva á. ¡y sidentc, M r v -w! c) ¿7 generosos, n i j ratoria concee s n, Precisa consignar, para ser sinceros, que no han sido exclusivamente consideraciones interesadas las que movieron a los Gabinetes de Washington. E l Senado, que tanto interviene en aquella democracia en las resoluciones del Poder ejecutivo (pese a lo que eu- contrario suponen algunos modernos tos. Es uno i 1 de las Repúbi y.
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