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POR PAUL B O l í R. G E T (De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) BERTA PLANAT ¡Cuántos sentimientos y qué profundos había comprendido Gabriela, sin expresarlos, en esa ambigua súplica! L a angustia de sus escrúpulos religiosos, la aprensión de las luchas desgarradoras que tendría que sostener con su marido cuando las supiera, la certeza de que las sabría pronto, hasta tal punto la ahogaba el callarlos, y el espanto ante la pasión de su hijo por una mujer evidentemente peligrosa... De estos sentimientos sólo el último pudo adivinar Darrás, porque era el único de que participaba, en grado más intenso todavía que la madre, pues tenía en el oído las palabras pronunciadas por Luciano y el acento con que las dijo. Se había propuesto callar a su mujer los detalles de aquella horrible escena, y la conversación de los dos esposos terminó, en efecto, con un nuevo esfuerzo de él para tranquilizar a la madre, siendo así que le tenían: tan alarmado ciertas ideas de su hijastro respecto de él que nunca había sospechado. Esa inquietud creció toda la tarde, mientras, encerrado en su despacho, fingía estudiar un negocio, y ella se entregaba a las pequeñas ocupaciones de la casa. En realidad, ni el uno ni el otro pensaban más que en el ausente. Los menores ruidos les hacían latir el corazón. Sonaba un coche en la calle; ¿sería el suyo? Tocaban el timbre de la puerta; ¿sería él... Y luego, nada. L a madre no podía estarse quieta y volvía de nuevo a buscar a Alberto, para repetirle su pregunta angustiosa: ¿Dónde está... ¿Qué responderle sino con las mismas palabras de consuelo? Pero también Darrás se planteaba en silencio la misma pregunta, y la amagen de Luciano se dibujaba en su mente con una precisión dolorosa. ¿Era posible que aquel niño, su hijo de adopción, hubiera articulado estas frases al marcharse... ¿Adonde voy... A buscar la prueba de que tus espías han mentido... Cuando la tenga, preciso será que te retractes de esas calumnias o no te volveré a ver en mi vida. -No tendré nada que retractar- -había respondido Darrás, a quien aquella ultrajante actitud privaba de su sangre fría- demasiado sé qué pruebas vas a encontrar... T ú eres el que vendrás a pedirme perdón por haber olvidado que soy el marido de tu madre. -No lo olvido- -respondió Luciano por dos veces, y añadió ferozmente- No toques esa otra llaga si no quieres que se pronuncien entre nosotros palabras irreparables... Tal había sido el fin de; aquel trágico diálogo, en el que Luciano se había permitido por primera vez. criticar, el segundo matrimonio de su madre. E l padrastro quedó presa de un aturdimiento que se prolongaba a través de la dolorosa espera de aquella tarde. ¿Cómo ha podido... -se preguntaba- ¿Cómo... E s verdad que no era dueño de sí, pero precisamente en esos minutos es cuando se descubre el fondo de los pensamientos. ¿Cuáles son, pues, los suyos... Y Darrás se perdía en reflexiones, a las que trataba de aplicar su principio habitual, esa continua impulsión de su sensibilidad hacia el tipo abstracto del hombre de conciencia en su límite moral como él decía, como buen matemático. Según había, dicho a su mujer, quería a Luciano, sencillamente. ¡Le había considerado tantos años cómo el hijo de su inteligencia! Era verdad que en los últimos meses el educador había dejado establecerse cierta atmósfera de silencio entre él y su discípulo, pero nunca hubiera imaginado que el extravío que sospechaba estuviese mezclado de aversión contra él. Ese descubrimiento le hacía sufrir en su corazón y- casi en su carne; hasta tal punto aquella aversión del hijastro le había herido en lo más íntimo de su vida conyugal; y su cariño hacia aquel niño cruel seguía tan entero, que- le com; padecía de un modo tan espontáneo y desinteresado como su madre. Había tenido que hacer a Luciano aquella operación quirúrgica, como dijo a su madre, y no dudaba que le había salvado de un gran peligro. ¡Pero al, precio de cuántas lágrimas! Veía a Luciano llorar y sufrir, y Jas preguntas, angustiosas de la madre despertaban un eco doloroso en lo más profundo de su ser. Como ella, se preguntaba: ¿Dónde está? ¿Qué hace... y, a despecho de sus propios razonamientos, también él tenía miedo. Para darse cuenta. exacta del drama. que se iba a representar en el corazón de Luciano, les faltaba a Darrás y a su mujer un dato esencial. Los informes dados al ingeniero por la policía de su Banco no le habían dicho ni la verdadera naturaleza de las relaciones que unían a Luciano con Berta Planat ni la historia completa de ésta. Darrás no dudaba que era la querida de su hijastro. N i siquiera había discutido esta hipótesis y, como se ha visto, la madre, la había admitido sin vacilar. Apresurémonos a decir, para poner en seguida las cosas en su punto, que, no sólo Luciano no era el amante de la muchacha, sino que, locamente enamorado de ella y viviendo los dos en la libre familiaridad de estudiantes, nunca le había declarado su pasión. Esta anomalía- -pues lo es, aun hoy que la nueva educación de las mujeres tiende a modificar las relaciones entre los sexos- esta anomalía dependía, como muchas aparentes rarezas sentimentales, de causas muy sencillas, que se descubrirán; por. sí mismas en el desarrollo de los dos caracteres. Era necesario señalar este hecho desde ahora para que se comprenda qué extremado dolor produjo a Luciano aquella conversación con su padrastro. L a frase que pronunció al marcharse fué el grito que arroja, bajo el cuchillo un animal a quien se está degollando y que él acompaña por instinto de un furioso mordisco. E n seguida había huido de la respuesta de Darrás y de la propia cólera. También a él le habían dejado estupefacto aquellas palabras dichas al educador de su infancia. ¡Traducían tan poco, las porciones conscientes de su pensamiento y de su corazón! Siempre había respetado a su padrastro y aceptado su influencia y sus ideas. Pero cuando se ha violentado una ley natural en las relaciones de dos seres, ninguna buena voluntad ni virtud alguna pueden impedir que, tarde o temprano, sufran el uno por el otro. Esto sucede cuando el segundo marido de una mujer divorciada educa al hijo del primer matrimonio en vida de su padre. Por mucho. que el segundo marido quiera- desplegkr las más conmovedoras delicadezas, el hijastro y él no descienden nunca a esa profundidad de inteligencia recíproca que es sólo producto de la identidad de la sangre. L a madre, por su parte, envuelve al hijo en una atmósfera de ternura, pero él sabe que no ha sido bastante para ella, y, cuando crece, sufre en su amor propio al ver. que sus. padres no son como los de los demás, y en su culto por su madre cuando empieza a comprenderlo todo. No por eso la quiere menos; quiere también a su padrastro; pero no quiere a su matrimonio. Esa sensación puede no haberse formulado nunca o, haberse distribuido durante la niñez y la juxentud en mil incidentes minúsculos que. no han dejado huella en la memoria de su víctima; pero todos la han impreso en el fondo más obscuro de su alma, donde se ha reunido uñ depósito de secreta amargura que sale a, la superficie a impulso. de una brusca sacudida. Así le había sucedidos Luciano. Cuando se encontró solo en la gran escalera del Banco, después de aquella disputa con Darrás, el asombro lo suspendió todo en. él por un segundo, hasta el dolor de la repugnante denuncia. Las últimas palabras dichas a su padrastro eran, sin embargo, reales; no estaba soñando. E l contraste, entre el movimiento de un gran Banco a la hora de Bolsa y la tempestad ja,
 // Cambio Nodo4-Sevilla