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VIDA MAD RI LEÑA FUNCIÓN DE GALA A BENEFICIO DE LA CRUZ ROJA. -Organizada por la señora viuda de Villaamil, bajo la dirección artística y escenográfica de Carlos Boyer y Carlos Escrivá de Romaní, y con la intervención de. un grupo de encantadoras señoritas, entre las que figuraban las de Cienfuegos, Castillo, Villaamil, Carvajal (M. y C) Vásques, Goizcueta, Manresa, Mochales y Betancort, se ha celebrado en el teatro Fígaro una función benéfica. He aquí a los jóvenes de ambos sexos que interpretaron un número de la revista musical Vamos a empezar! Foto Zegrí. sicurs y de tantas obras notables escritas, ya solo, yá. en colaboración con Robcrt de Flers; tema sugestivo para este público parisiense, congregado en el salón de fiestas del Círculo, en el que figuraban entre personalidades muy destacadas de l a sociedad francesa, S S A A el príncipe Nicolás de Grecia. y la gran duquesa. Helena de Rusia cen sus bellas hijas, a quienes hacía muy. gentilmente los honores el vicepresidente, principa de Beauvau Graoii, con otros miembros del Comité. Francis Croisset desarrolló el tema, haciendo un verdadero derroche de esprit y manteniendo al culto auditorio en un regocijo espiritual, que a menudo se traducía en espontáneas salvas de aplausos. Comenzó su conferencia recordando el divorcio que a ú n no hace muchos años existía entre novelistas y autores dramáticos. U n abismo- -dicc- -los separaba. Pero hoy día las cosas han cambiado, y esta malevolencia ha casi desaparecido. Y digo casi- -añade el conferenciante- -porque en parte subsiste, y la culpa es de nuestros intérpretes. ¿N u e s tros intérpretes? Estos brillantes agentes de conexión entre el público y nosotros; estos porte- paroles a la moda, estas mujeres encantadoras, que durante doscientas, trescientas noches a veces, enarbolan como pajes nuestros colores, esto es lo que los novelistas no nos perdonan. Y no obstante, ellos tienen sobre nosotros m á s de una ventaja. Se olvida una comedia v se recuerda un libro; por divertida, por interesante que sea, una comedia no es nunca más que, una buena soirée; se habla de l a obra, mientras se representa, y después no se habla más. U n a pieza echa a la otra. N o es lo mismo con el libro; éste queda en vuestra biblioteca, le. habéis hecho encuadernar, le habéis leído a puertas cerradas, en el silencio; habéis estado todos con él. U n libro es algo como una confidencia que habéis recibido; en todo caso es un viejo amigo, un amigo que uno ha abandonado y que en una noche de ociosidad se vuelve a encontrar con placer. Una comedia, por el contrario, la escucháis entre ochocientos espectadores, y cualquiera que sea vuestra personalidad, no daréis acerca de ella más que un juicio colectivo. Cuando a l a caída del telón aplaudís a los artistas, os sentís alejados del autor, y cuando en el guardarropa maldecís de los acomodadores, la obra está ya lejos, pertenece al pasado y vosotros sois y a ingratos... Solamente una pieza que triunfa es mientras se representa un pequeño acontecimiento parisién, que se reproduce todas las noches. S i invitáis unos amigos a comer y tienen tomadas localidades en el teatro, no d e j a r á n la pieza por vosotros. E n cambio, ¿quiénes serán los lectores que rehusen vuestra comida porque hayan comprado un libro? U n sneces de teatro es algo deslumbrante, directo, brutal; un horno también, a d e m á s pero esto es otra historia. U n éxito de librería es forzosamente callado y discreto. ¿Y por qué? ¿D e quién la culpa? De los intérpretes siempre. H e aquí una deliciosa escena a propósito de una comida en casa de una dama de esas que padecen cierto snobismo literario, a la que están invitados un comediógrafo, autor de una obra que ha hecho furor en la temporada última, titulada Bancas y prisiones, y cuyo nuevo drama, Le Mufle á la pac ¡e, se ensaya en un teatro de los bulevares, y un novelista, que ha viajado, como todos los novelistas, y acaba de regresar de los mares polares, habiendo aportado sutiles observaciones sobre l a fidelidad del marido Japón y la psicología amorosa de la dcmi- i icrge lapona. -A ver, querido maestro- -dice la dueña de la casa, dirigiéndose al novelista- ¿L a Laponia? Háblcnos usted de la Laponia. Silencio; los convidados escuchan anhelantes; el escritor está un poco apurado, pues ha puesto todo en su libro y no quiere desllorarle. -L a mujer Lipona- -pregunta una j o ven- ¿e s verdaderamente tan distinta de la francesa -i O h! Todas las mujeres se parecen- -declara un viejo comensal. ¿Y cómo- -pregunta otra señora- -es el gigolo lapón? ¿E s verdad que es muy deportista? -interroga un joven. Y en estos términos se desenvuelve l a conversación, hasta que la anfitriona, volviéndose al autor dramático, le pregunta: ¿Y usted? Veamos su nueva obra, el asunto, en una palabra. E l autor se excusa de contar el r. rg umento en vísperas clel estreno. L a conversación decae; vuelve a hablarse de los maros polares, de los Lipones, de los p i n g ü i n o s el dramaturgo da una zambullida. Pero bruscamente alguien interroga: ¿P a r a vuestra nueva obra tendrá ted a Madeleine Soria, a Gaby Morlay, a Cccile Sorel, a Maud Loty, a Jane Renouard: Todo ha cambiado; las miradas de caca