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grano, es necesario que, movidos por l a desesperación y el despecho, no quememos las riquezas que quedan, imitando con ello a pueblos para quienes la destrucción era a única posibilidad de liberación. P a r a ello, para llegar a la perfecta comp r e n s i ó n que trae parejo el bienestar, lo primero sería hablar claro, ser sincero, -destruir tópicos y prejuicios e i r serenamente al general esfuerzo. Por lo mismo que el dinero es lo que ambicionamos todos, los primeros tópicos a destruir son los que al dinero se refiere. Hablaba yo hace pocos días con un hombre honrado que vive de su trabajo, y como se lamentara de l a gran crisis por que atraviesan l a industria y el comercio, y yo le objetara que tenían que resentirse necesariamente de la situación general, me dijo candidamente ¿Pero y todas esas riquezas que se llevaba la Monarquía y la aristocracia? Como no era cosa de dar un curso de Economía social, me limité a decirle que creía que el gran bien de una República era un aumento en las posibilidades generales para el bienestar c o m ú n pero que, en cuanto a dinero, c r e í a primero, que unos cuantos millones en l a economía de una nación no son nada; segundo, que de los millones que se dan a un Rey, como los que se den a un presidente de República, la inmensa mayoría se Van en lo que pudiésemos llamar gastos representativos: sostenimiento de palacios, el necesario boato, o siquiera decoro, que ha de rodear al jefe del Estado (en tal sentido la consignación de nuestro presidente es m i s é r r i m a) Claro está que Palacio y los sitios reales eran un prodigio, pero yo aseguro a cualquiera que, lo que es para v i vir, resultan de lo m á s inconfortables; cierto, y aun certísimo, que carrozas de tableros dorados, de caobas y de bronces, arras- tradas por empenachados caballos, es cosa bella, pero pueden creerme que es m á s cómodo un F o r d S i n contar con que de palacios, carrozas, uniformes y galas, desfiles qué duraban una hora y paradas que llenaban una tarde vivían miles de personas humildes, de modestos trabajadores. De las figuras, si queremos hablar en gentes respetuosas de los figurones, si nos sentimos tocados de desgarro plebeyo, ninguno aumentaba su caudal (como no fuese el de vanidad) y, en cambio, lo disminuían, y no poco, las gentes trabajadoras, obreros y obreras, si ganaban para v i v i r en la construcción de maravillas ostentadas breve tiempo. Pienso sinceramente que la modestia (y mal gusto) de las habitaciones particulares de Palacio mejoró el concepto que la calle tenía de sus habitantes. ¡Pues son modestas y sencillas para un R e y A l g ú n cuadro maravilloso, s í pero... un cuadro no es sino un goce estético y espiritual. Claro que hay un placer supremo el placer de desfilar; pero ese goce, que es un goce maravilloso, no está al alcance de todos todos gozan con que, al hablar en l a mesa del café, se les escuche con interés, y se sienten halagados si el camarero acude a oírles, admirativo; pero como todos los placeres humanos, quintaesenciados, no están al alcance de la m a y o r í a ya que hay personas que nacieron para desfilar y otras para ver desfilar- Y que conste que en este nacieron no me refiero a Reyes y nobles, que algunos tienen gustos de jayán, sino a la espiritualidad. Napoleón, el aventurero corso, tenía incomparablemente m á s vocación que Felipe Augusto, Felipillo Igualdad. Pero esta incomprensión, que en las cosas suntuarias no tiene un gran valor, lo tiene aplicado a los conflictos cotidianos. Nadando en oro podrido de dinero son tópicos que se usan a diario. Y sin embargo, son de un convencionalismo absurdo, porque engañan a las gentes inocentes, ü. b buena fe, y dan un arma a los malvados. ¡S i se supiese q u é poca gente nada en oro... ¡Q u é escasos son los que están podridos de dinero! Si la aristocracia, la plutocracia, los grandes terratenientes, en vez de neciamente pavonearse con la pamema de un seudoderecho divino, hubiesen enseñado, educado, quizá en algunas pequeneces, m á s formales que reales, habrían tenido que ceder, pero se hubiesen evitado muchos conflictos. Esas dehesas fabulosas (las cultivadas, ¿e h? no las que se guardaban para el necio recreo de unos cuantos) producen mucho... a veces. E n los años buenos, s í pero ha de guardarse para los duros, so peligro de quedarse sin dehesa y sin dinero, arruinados; pero los años malos, entre contribuciones, cultivos, empleados, trabajadores, es bien poco. L a s casas estupendas, que nos hacen detenernos melancólicos; esas casas para las que todo, contribución, impuestos municipales, gabelas, parece poco, si bien se mira, la parte m á s saneada se va en la ya dicha contribución, en calefacción para íos vecinos, luz, teléfono, ascensor, reparaciones, revocos de fachada, sin necesidad de inventar nuevos censos: luz toda la noche, dificultades del ascensor, funcionamiento de baños para gentes que no se bañan m á s que en verano, abaratamiento de pisos... T a l vez, como muchos pocos hacen, un mucho, para un Romanones o un Fontalba quedarán pingües ganancias; para el dueño de una casa, cuanto m á s modesta m á s el rendimiento es como para... un administrador distinguido. E s a es la verdad; la verdad que, oculta bajo los tópicos, debiérase enseñar a la multitud s i la estúpida vanidad lo permitiese. ANTONIO D E H O Y O S Y V T N E N T Usted quiere que él no se lastime al afeitarse y que tenga siempre la cara limpia. Y, naturalmente, compra usted J a b ó n G a l p a r a l a b a r b a segura de q u e él a p r e c i a r á la a t e n c i ó n La espuma untuosa d e este j a b ó n especia! no se seca en la cara; prepara la barba en seguida; favorece el paso seguro de la hoja; el afeitado resulta r á p i d o y a g r a dable; las molestias desaparecen y la piel queda suave y sin ninguna sombra. Kstuclic enríen, 1,25 TIMBfFAPABTF iiivtni, 1. SO