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POR PAUL BOURGET (De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) Que sé encuentre en su vraá cierta mujer, a cierta hora, y en el intelectual aparece el amoroso, pero un amoroso que no prescinde por eso de su modo habitual. de pensar. ¡Juzgúese qué inesperados fenómenos debe producir inevitablemente el encuentro de la pasión con un estado de ánimo tan particular! Estos trazos bastarán para caracterizar las emociones que resucitaban en el corazón de Luciano, mientras, metido en el coche, recordaba el día en que encontró a. Berta por primera vez y recibió el flechazo de su amor. Se veía a sí mismo en el salón de lectura, esperando las obras que había pedido y mirando, distraídamente los escasos lectores que había en la sala. Entonces fué cuando reparó en la joven, que estaba al lado de la ventana del fondo tomando notas de un gran volumen que tenía delante. Su linda y pálida cara de finas facciones expresaba esa ferviente aplicación de los verdaderos ratones de biblioteca, para quienes no existe más que el objeto actual de su estudio. -Durante la hora entera en que la observó Luciano, ni una sola vez la desconocida apartó los ojos de su tarea. Sus párpados ostentaban unas pestañas muy largas y casi abarquilladas, de un matiz obscuro, en armonía con el de sus pupilas. E n ciertos momentos de reflexión más intensa, sus ojos se levantaban como para. fijar el pensamiento. Entonces mordía la punta del portaplumas y dejaba ver unos dientes blancos e iguales entre unos labios cerrados por las comisuras en una inflexión amarga. Tenía quitado el sombrero, y el es- pesor de su peló, sencillamente trenzado, indicaba su fuerza de vida, pero una vida fatigada, como lo decían la delgadez de sus mejillas, la flexibilidad del cuello y de la nuca y la esbeltez enflaquecida del busto inclinado en la mesa. Las manos, muy lindas, tenían una energía casi masculina, que se descubría también en la barbilla y en la ancha frente, en la que ardía una llama de inteligencia viril. E l conjunto, sin embargo, era muy femenino, por la elegancia del talle, por la armonía de los ademanes y por ese ño sé qué delicado que exige protección. L a estudiante estaba vestida casi pobremente, pero su. cuello era de una limpieza perfecta. Los manguitos de. percalina que se había puesto para preservar los puños denunciaban el cuidado de la economía y de las conveniencias que se veía en toda su persona. L a aparición de una muchacha de aquella edad y de aquella belleza en aquel laboratorio intelectual era para. sorprender y para interesar a un joven de veintitrés añ os, laborioso también, y en el que las convicciones ideológicas habían comprimido hasta entonces los, ardores del corazón y de los sentidos. Las mujeres que formaban la sociedad de su madre habían desagradado a Luciano, las unas por su frivolidad y ¡las otras por su tontería. Las criaturas galantes le habían repugnado, y sólo conocía del amor el remordimiento de algunos encuentros brutales que le habían inspirado una hora de curiosidad y varios meses de repugnancia. E l encanto extraordinario de aquella desconocida que inclinaba hacia los l i bros de ciencia un perfil de medalla, agostado por el pensamiento, debía de obrar y obró sobre él con soberana potencia. Aquella figura reunía los complejos atractivos con que él soñaba hacía mucho tiempo, y el joven no echó de ver la revolución repentina de su sensibilidad hasta que Berta empezó a ordenar sus papeles para marcharse. Tuvo un momento la tentación de esperarla en la calle y seguirla, pero una instintiva e invencible timidez le inmovilizó en ía süla mientras ella se quitaba los manguitos, cogía el sombrero y se Ip ponía con tanta calma como si hubiera estado sola en la sala. Después de devolver los- tíos volúmenes de que se había servido, la joven salió. A l entregarlos hizo a la encargada una recomendación, sin duda sobre los. libros, pues ésta los puso aparte con un pequeño signo, de asentimiento familiar que no hubiera hecho par una cliente de paso. Ese signo de que era una abonada y de que podría verla a allí entró por mucho en la tranqumaaa con que tuciano ía VID desaparecer. L a delicadeza le impidió pedir informes a los empleados, pero fué superior a sus fuerzas el no ir a la mesa en que estaban los tomos, y, mientras la encargada buscaba én el catálogo un libro que él había nombrado al azar, tuvo el valor de coger como al descuido uno de aquellos dos volúmenes. Aquel primer contacto físico con la ausente fué para él de gran dulzura, pues vio una nueva probabilidad de volverla a encontrar en el hecho de que el libro era el primer tomo de la Clínica del HdtelDieu, por Trousseau. L a desconocida era, pues, una estudiante de Medicina. Entre dos hojas, había un pedazo de papel que llamó la atención del enamorado. Estaba colocado en la célebre lecciyn sobre la escarlatina, y contenía estas palabras, escritas con lápiz: p. 29, deber médico, a anotar Luciano recorrió la página con la vista y. sus ojos cayeron en estas líneas, que. le impresionaron, pues asoció su altivez profesional a la imagen de la enigmática y linda estudiante: ...Hace mucho tiempo que empleo este medicamento. Le he empleado en mi práctica particular antes dé llevarlo al hospital, pero nunca me he atrevido a nada por primera vez más que en mi clientela privada. Obrando así en el mundo, mi reputación corría grandes riesgos y he sido a veces mal recompensado por el bien que mi conciencia me ordenaba intentar. Pero, me he mantenido firme en esta línea de conducta que me trazaba el deber... ¡En esa atmósfera de altas y severas ideas vivía aquella joven! Habían pasado desde entonces diez meses, durante los cuales la había visto casi todos los días, y Berta no había pronunciado una palabra ni hecho nada que no- corroborase aquel primer juicio formado ppr instinto sobre ella. A partir de aquel momento, L u ciano volvió a la sala de lectura todas las tardes, y, para no comprometer a la muchacha, se dio a conocer como estudiante dé Derecho y pretextó un trabajo que necesitaba investigaciones prolongadas, y, para mayor precaución, iba siempre una hora antes que ella. L a joven se presentaba siempre sola, decía unas palabras a la encargada, se sentaba en su rincón, se quitaba el sombrero, se ponía los manguitos y empegaba a trabajar. Tenía un modo tan perfecto de aislarse del mundo exterior, que nadie parecía fijarse siquiera en ella. ¿No probaba ese detalle que siem- pre. se había conducido de la misma manera? Dieciocho días después del en que la vio por primera vez, Luciano no sabía siquiera su nombre y no había visto que nadie la hablase ni. la saludase. Y su conocimiento se había hecho de un modo, tan ac- cidental que excluía toda premeditación por parte de él y toda coquetería por parte de ella. ¡Qué vivamente se representaba aquella escena en la mente del joven... Una tarde, a principios de mayo, al llegar a la calle de Monsieur- le- Prince, se encontró con el gabinete de lectura cerrado. En la puerta había un letrero pegado con obleas, que decía: Por causa de defunción Luciano supo por la portera que la encargada del gabinete había muerto de repente la noche anterior. Hagámosle la justicia de decir que el proyecto que concibió de esperar en la calle a la desconocida, a la que ya llamaba en el pensamiento su amiga no le fué dictado por el deseo de aprovechar aquella ocasión acaso única. L u ciano pensó que la joven parecía tener simpatías por aquella se- ñora y que su muerte le sería anunciada por él con más precauciones. Cuando la vio atravesar la calle y dirigirse a la biblioteca, se aproximó en la actitud de un hombre que acaba de dar con un obstáculo imprevisto. -La biblioteca está cerrada, señorita- -le dijo. Y como la joven, sorprendida por la noticia, no parecía ex- trañar que un asiduo del sitio advirtiese a otro, el enamorado añadió: (Se contnymra.
 // Cambio Nodo4-Sevilla