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Iraf O r m a c i o n e s y r e p o r tai j e s P a r í E l I MÍe d e s Días antes, días después, París celebra cada año, por esta época, su fiesta más mundana, su espectáculo más vistoso, su exhibición más pimpante y decorativa. E l París menesteroso asiste a ella, desde fuera, con mayor fervor y con más curiosidad y complacencia que el otro París- -el todo P a r í s- -que sube las escalinatas de la Opera con el gesto muelle y elegante de un millonario aburrido que se acercara a la ruleta para probar fortuna. Muchos son los llamados y pocos los elegidos. Pero los elegidos son, ahora como siempre, los rezagados y proscritos, los humildes, los ingenuos, los que, bajo la crueldad brusca o la clemencia insidiosa de la noche invernal, permanecen densamente arracimados en las aceras inmarcesibles de la plaza más vista y entrevista del mundo. E l éxtasis de sus pupilas, la contracción de sus semblantes, los comentarios a media voz de su verbo de arrabal dicen, no ya el mejor elogio, sino la h i pérbole fascinante del baile des peiits lits blancs. Porque, una vez dentro, en el recinto sagrado de la Opera, los actores no son las presuntas muchachas más guapas del continente, ni siquiera los grandes nombres de la cartelera de espectáculos que desfilan, mitad antes, mitad después que aquéllas, por el puente de plata. N i es tampoco el máximo aliciente la sugestión de la tómbola, en cuyo vientre yace un número que da derecho a un brazalete de platino de 25.000 francos de precio, y otros cinco que corresponden a otros tantos automóviles de lujo. N o L o s actores son, en realidad, los espectadores. E l ex presidente de la República M I Doumergue, que desde su retiro del M i d i ha venido a regustar los fastos lutecianos en el fondo de un palco que nadie adivina; los prohombres de la política, del arte y de la litera- tura; las bellezas de la burguesía, los industriales y los banqueros, hasta el vecino de asiento ó la hija de familia que asiste por vez primera a fiestas de este linaje. F e r i a de vanidades, sus clientes exhiben en ella o su mejor sonrisa, o su mejor vestido, o su mejor botonadura... Sobre que la atmósfera de la velada empieza para todos ellos días antes de la noche del 2 al 3 de febrero y se extingue fechas, muchas fechas después. Acaso no se extinga nunca. E n l a órbita social de cada uno, incluso el camarero, el peluquero, peiiifis; Iifs; bfert 8 B. Antes de Itíliíaaqumaón dfl espectáculo se celebro en la loggia do la Opera un banquete de comensales ilustres, fíe aquí sentados al jefe del Gobierno, M. Laval. y al ex presidente de la República M. Doumergue, que rmo a i ansexpresamente para asistir a la fiesta. el mozo del hotel, indagan si su cliente asistirá a la función que, so pretexto de Un baile tardío y final, organiza en beneficio de los niños tuberculosos el gran diario L Intransigeaitt. L a averiguación, trocada en sospecha o en certidumbre, cunde, se extiende, se propaga. Y nó importa que el espectador, sospechado o cierto, haya pasado, por deber profesional, más que por designio propio, horas y horas de pie, constreñido a contemplar un desfile de beldades encarecidas y una rotación interminable de teatralerías sin novedad; no importa que el espectador prolongue y apure después la vigilia escribien- do estas cuartillas para A B C, ni que, arrostrando la insolencia húmeda y pegajosa de la mañana, soñolienta todavía en el lecho del Sena, se traslade a la estación D Orsay para confiarlas el primer tren que sale para M a d r i d A l g o le resarcirá, ante los demás, de la fatiga, el trabajo y el sueño el prestigio de haber vivido, en la breve y murada y casi inaccesible meca de todas las elegancias, la noche más parisiense de París. E n el hotel, en el restaurante, en el café, en los, incluso, propios medios profesionales, allí donde la práctica del oficio ha asesinado o mancillado, al menos, la curiosidad imaginativa, convecinos, contertulios, compañeros, le saludarán con una sonrisa de humildad y una mirada de admiración: E s e señor- -susurrará al oído del último el penúltimo recién llegado- -estuvo en el baile des petits lits blancs. U n r e i n o que ni siquiera es de este m u n d o Viendo a nuestro compañero Mauricio de IWaleff apoderando con perseverancia y, sin duda, con desinterés la causa de la belleza plástica, no sabe uno qué admirar más, si el privilegio de una situación que consicn te un análisis, aunque teórico, privilegiado ¡del tema, o el heroico mutismo con que so brelleva la prueba. Acaso sea una cosa con secuencia de la otra. Graves y permanentes deben ser las razones que lo abonan, por que como Miss Hungría no sabe español, n i Miss España alemán, ni Miss Alemania i n glés, ninguna de ellas, alineadas por este orden, puede hablar con la siguiente. Y contempladas y examinadas así, como estatuas sentadas y vestidas, en quienes la alquimia del tocador frustrara la coloración genuína del mármol, mudas, esfíngicas, sin ni siquiera silla cómoda y espaciosa donde rehuir r, las bellezas recatan forzosamente lo pecu- El primer cuerpo de baile de la Opera evoluciona en el puente de plata graciosamente
 // Cambio Nodo4-Sevilla