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V POR PAUL -Ha ocurrido una e g a i esta noche. L a señora que estaba d s r ca en el despacho... -rsr ¿La señora Barillon... ¿Ha muerto... Luciano dijo que sí y la cara de la estudiante, tan reflexiva y tan tranquila de ordinario, se alteró de repente y dejó ver la apasionada sensibilidad que ella trataba siempre de ocultar. Aunque aquella señora fuese un conocimiento casual, sus ojos se humedecieron. Se dominó, sin embargo, e hizo una reflexión de orden técnico: -Lo había previsto hacía tiempo. Esa señora, padecía de una angina de pecho en el último período. -Nadie lo hubiera dicho al verla tan alegre... -dijo Luciano por continuar la conversación. -No sabía la clase ni la gravedad de su mal- -respondió la joven- E l médico que la cuidaba le hacía creer que se trataba de neuralgias intercostales, y yo nunca me permití desmentirle. L a pobre señora, sin embargo, desconfiaba y había buscado y descubierto en los libros algunos de los síntomas que ella sentía... ¿No le parece a usted que un enfermo tiene siempre derecho a la verdad desde el momento en que quiere saberla, y aun sin eso? -dijo Luciano. -Es una cuestión- -respondió la joven. -No para mí- -repuso él vivamente- Y o no tendría en estima á un médico que me mintiese- Sin verdad no hay conciencia, y cuando se encuentran razones para faltar a la verdad en un punto, pronto se falta a ella en todos... Habló pensando en voz alta y en tono tan convencido, que a la joven le chocó y levantó la vista hacia él. Luciano conoció que le miraba por primera vez y que hasta entonces no había sido para ella más que los otros figurantes del gabinete de lectura. Y esta observación, penosa entonces, le era dulce ahora que iba buscando el medio de defender el honor de Berta. Le gustaba que las primeras frases cambiadas entre ellos hubieran sido de aquel orden científico e impersonal y que la atención de la joven hubiera sido atgaída por una profesión de fe que hoy le autorizaba p. ara hablarla con entera franqueza. Sus maneras, tan contrarias a los prejuicios recibidos, se prestaban ciertamente a la calumnia; pero él sabía por experiencia que una especie de compañerismo masculino es el medio más seguro de impedir la familiaridad, pues parece suprimir la diferencia de sexos, mientras, que la reserva demasiado susceptible la exagera. Desde! a primera conversación había notado en ella una ausencia completa de coquetería. Movido aún por e! deseo de no dejarla tan pronto y saber algo de ella, le había dicho: -Puesto que usted estudia Medicina, señorita, acaso podría hacerme un servicio... Estoy haciendo estudios sobre el derecho de castigar y sobre la responsabilidad, y tengo que ocuparme dei crimen de los locos. ¿Dónde cree usted que podría consultar libros de ese orden, el Legrand du Sautte, por ejemplo, que estaba aquí leyendo... -En la biblioteca de la Escuela- -le respondió la joven- justamente voy allí. Es un sitio que no me gusta, uprque hay siempre mucha gente. Pero son muy amables y el catálogo es muy rico. -Es que yo soy estudiante de Derecho- -dijo Luciano, que sacó una tarjeta y se la dio a la joven, como si quisiera darse a conocer. Ella la tomó y dijo sencillamente; -Creo que esto bastaría; pero, si quiere usted venir conmigo, yo le introduciré sin dificultad... Luciano la siguió, poseído de una emoción paralizadora a fuerza de ser dulce. Atravesaron juntos la callecita de la Escuela de Medicina, tan severa de aspecto, pero Luciano no vio más que a su compañera y la gracia de su modo de andar, que revelaba seductores detalles. ¿Qué decirle? ¿Cómo no tener miedo de ahuyentar o B O U RG E T I o (De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) con una palabra el encanto de aquel minuto inesperado? Y a habían entrado en el patio y subido juntos la gran escalera. Y a estaban en la biblioteca. Allí había, al fin, sabido el nombre y las señas de la desconocida, pues Berta Planat tuvo que presentar a la entrada su tarjeta de estudiante al mismo tiempo que presentaba a su compañero. Una vez admitido, le dejó, con un ligero saludo de cabeza, y fué a sentarse a una de las mesas, donde se instaló como en el gabinete de lectura, con su impresionante sencillez deaplicada investigadora. Luciano no se atrevió a ponerse a su lado y pidió por la forma un volumen, que apenas abrió. Después, viéndola absorta en su trabajo, salió de la biblioteca y se dirigió a la calle Rollin, donde ella habitaba, impulsado por la irresistible necesidad de ver su easa y de examinar las cosas entre las cuales vivía. E n aquellos primeros días de mayo las pendientes de la montaña de Santa Genoveva están como recorridas por un soplo de juventud descuidada y de libre amor. Eran las cinco. E l azul del cielo envolvía la cúpula y la columnata del Panteón de una claridad fresca y dulce. Las hojas verdeaban en aquellos árboles, cuyas raices se hunden en un suelo- en el que apenas existe la. tierra vegetal. L a savia inmortal del mundo encuentra, sin embargo, el medio de animar aquellos delgados troncos y palpita hasta en las sensibilidades empobrecidas de los estudiantes y de las muchachas que fíen al aire libre en las mesas de los cafés. También Luciano respiró esa alegría de vivir esparcida en la atmósfera, con el orgullo del enamorado casto que üleva en el alma una emoción sagrada, mientras que tantos otros han profanado ya su corazón. L a pobreza y el silencio de la calle Rollin le enternecieron. E l sol poniente inundaba de luz la parte de la callejuela en que estaba la casa de Berta, una de esas antiguas moradas, abrigo en otro tiempo de anchas existencias, que conservan hasta en su ruina trazas y toques de aristocracia. Aquel edificio mostraba una fachada, Casi ahuecada por el hundimiento del terreno, pero una puerta cochera, de noble estilo, y un patio lleno de cobertizos y de escombros, pero con altas ventanas. E l enamorado se sentó en un poste cercano y allí se estuvo hasta que cerró la noche, absorto en una contemplación que inundaba su alma de gozo casi sobrehumano. Las invasiones de un gran amor tienen esas Jioras de una intensidad indescriptible y que contrasta de un modo asombroso con la trivialidad de los sucesos que les sirven de causa o J pretexto. ¿Qué le había sucedido a Luciano? Había sabido el nombre, la profesión y la casa de la joven a quien aniaba y había hablado con ella. Todo ello no era nada, pero ese nada bastaba para que corriese por sus venas raudales de poesía. Berta era joven: él era joven, y estaban en primavera. Las profundas identidades de inteligencia, las fraternales semejanzas de pensamientos, tanta gracia unida con tanta seriedad, la violenta antítesis de su belleza y de sus trabajos, la frescura y la delicadeza de sus facciones, asociadas con visiones de enfermedad de muerte, cpn camas de hospital y mesas de disección; la extráñeza de su encuentro y su completa carencia de todo elemento convencional, ¡cuántos principios de pasión para un joven de aquella edad y que nunca había amado! Todos ellos relucían en su memoria como una aurora. ¿No había sido aquélla la de su dicha? e Sí, había sido muy dichoso, como se es a los veintitrés años cuando la frescura intacta del deseo, la confianza en el tierno genio femenino y el tiempo indefinido que tiene delante la pasión, permiten ial corazón expansionarse sólo con la presencia del ser amado y contentarse con ella. Más tarde la experiencia desengañada de la vida, las exigencias del orgullo viril y la impresión desconsoladora
 // Cambio Nodo4-Sevilla