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IV POR PAUL o BOURGET -Ahora- -respondió el joven con un gesto suplicante- A h o ra diré a ustéd. Ñ o puedo... Déjeme... Berta obedeció, y se quedó silenciosa, mirándole llorar. S i L u ciano hubiera podido reflexionar entonces un poco, la turbación de la joven le. hubiera dicho qué lugar había sabido tomar en su corazón. T a m b i é n ella le amaba, pero en qué condiciones tan desdichadas... S i el padrastro de Luciano se había engañado absolutamente en la interpretación de los hechos que le habían contado y en la naturaleza de las relaciones entre los dos jóvenes, los hechos mismos eran ciertos. Berta Plánat había sido, cinco años antes y durante unos meses, la querida de aquel Meján, cuyo nombre l- abía dicho D a r r á s a Luciano para que le sirviera de- punto de partida. H a b í a t e n i d o d e él un hijo, que se estaba, en efecto, criando en Moret, cerca de Fontainebleau. E n la época de aquellas relaciones Berta estudiaba Derecho y había dejado la carrera cuando el rompimientOj para salir del círculo en que su historia era conocida. Desde entonces sus menores acciones habían tenido por principio constante s u b v e r s i ó n contra aquel pasado. P o r esto evitaba l a b i blioteca, demasiado concurrida, de la Escuela de Medicina; por esto comía en l a fonda de la calle Racine; por esto vivía alejada del centro del barrio Latino. Desde que conoció a Luciano y le amó había vivido en angustia continua. ante l a idea de que una casualidad podía hacerle saber aquel pasado sin que ella pudiera explicarle en seguida que aquella horrible aventura de los diecinueve años no correspondía a nada v i l a nada bajo, sino que había sido el error, deplorable, pero generoso, de una confianza locamente concedida e indignamente burlada. ¡Cuántas veces había estado tentada de contar ella la primera a su tierno y querido amigo aquella dolorosa historia! Pero siempre la había contenido un pudor más fuerte que todos los razonamientos que se hacía a sí misma para demostrarse que al entregarse a M e j á n no había hecho, nada malo. L a s deducciones mejor conducidas no consiguen destruir enteramente la evidencia inmanente de ciertas leyes escritas por la N a- tUraleza en las m á s secretas profundidades de nuestra persona moral. U n padre, puede negar la familia; su hijo no será nunca para él un hombre como los demás. U n cosmopolita puede negar la P a t r i a los horizontes de su infancia no se parecerán nunca para él a los otros horizontes. D e l mismo modo una joven puede haber recibido l a educación m á s inficionada de ideas revolucionarias como Berta Planat; haberse intoxicado con las peores paradojas; haber creído en l a igualdad absoluta de los sexos; haber profesado y practicado el derecho al amor libre; basta que se despierte en ella un amor sincero para que el haberse entregado sin sacramento y- sin contrato resulte para ella una vergüenza no razonada e invencible, como un instinto. Berta no había querido admitir en ella ese sentimiento y no había cesado de sufrirle, como lo probaba su eterno aplazamiento de una confidencia cuya necesidad sentía diariamente. Berta había adormecido su conciencia prometiéndose hablar el d í a en que Luciano se atreviera a declararle un amor que ella veía distintamente a través de sus timideces. M i e n tras continuara callándose y sus relaciones no pasaran de aquella dulce intimidad intelectual, de la que no podía ya prescindir, ¿p a r a qué mezclar con aquel ensueño las crueles realidades que tanto le hacían sufrir? Berta no decía: ¿P a r a qué desencantarle? pero, a pesar suyo, lo. pensaba, y creía que aquel descubrimiento h a r í a d a ñ o a Luciano. Y ahora le veía devorado y desgarrado, por aquella pena, que alguien no había dudado en infligirle. Las lágrimas del joven lo. decían. Luciano sabía sin creer. Su primera palabra expresó su rebeldía contra la acusación, sentimiento que Berta no pensó ni un instante. en utilizar. Este detalle prueba mejor que largos análisis l a rectitud fundamental de aquella muchacha, vícti- (De la Academia Francesa. (C NTINUACION) I quiere siquiera amputar el pié entero y le párese suficiente la sección de la mitad. Mientras ellos discutían, el. paciente yacía en su cama con sus pobres piernas al aire. De pronto, y aprovechando un momento de silencio, p r e g u n t ó el infeliz: ¿Y si partieran ustedes la diferencia? y señaló un sitio por debajo de l a rodilla. F u é aquello tan cómico, que todos los alumnos se echaron a reír. Pero yo, no, pues estaba horrorizada. Nunca tendré bastante presencia de ánimo para mirar a una criatura humana como un simple sujeto de experimentos científicos. Graux y LoUvet no pensaban en él infeliz m á s como si fuera una cosa, y sólo tenían: en cuenta sus ideas. Esos son los verdaderos sabios; pero yo no puedo. P o r fin, se le a m p u t a r á entre el pie y l a rodilla, y cuando se- ha tomado la resolución, el enfermo ha dicho otra frase, menos humorística, pero m á s profunda: M e siento mejor. L a certeza alivia Preocupada por el recuerdo de aquella horrible escena, la extrañ a joven no reparó al principio en la expresión de Luciano. Después cerró el volumen con minucioso cuidado. E n aquel cuarto todo atestiguaba las cualidades de método y de inteligencia de Berta. E r a una pieza cuadrada, muy alta de techo, y cuyas ventanas, guarnecidas de madera, conservaban la elegancia de los antiguos tiempos ei, que aquella casa era una morada señorial, cómo el hotel de al lado, donde vivió M de. Caumártin, el obispo de Bloix, el que descontentó a L u i s X I V recibiendo al obispo de Noyon en la Academia con un discurso cruelmente burlón. L a claridad gris de un gran patio se armonizaba hjén con el tono de los antiguos muebles, traídos de su provincia por la joven, y unas grandes cortinas de fep. obscuro daban todavía m á s severidad a los signos esparcidos pói todas partes de las ocupaciones de la estudiante: una caja de ins trunientos, una calavera, los restos. de un esqueleto desmontado grandes v o l ú m e n e s d e Medicina, un gran ojo de cartón, destinado a mostrar el mecanismo de ese órgano. Los únicos objetos de arte eran seis grandes fotografías de los profetas de l a Capilla S i x t i n a cuyas musculaturas. de atletas parecían prolongar en las paredes l at enseñanzas de l a sala de disección. Aunque l a estudiante dormía en aquella pieza única, no había en ella cania, pues se acostaba en una banqueta, enfundada de día. S u gran cuidado por el bien parecer y su sistema de amistades masculinas le habían hecho procurar para el sitio en que recibía aquel aspecto de sala de consulta. U n cuartito contiguo le servía para el aseo y para guardar sus efectos. A l gunos detalles, sin embargo, indicaban l a mujer, conio un estante de cajoncitos sobre l a cómoda, en los que se leía: Guantes, corbatas, pañuelos y, flotando en el aire, un fresco aroma de polvo, de lirio y el perfume de un tallo de mimosas comprado en l a calle. Las flores de oro y el fino follaje de aquel ramo meridional habla ban de juventud fácil, de libre existencia, de playas dichosas J de J viajes lejanos, y contrastaban con aquella. celda, en la que estaban simbolizadas las singularidades del destino de B e r t a el provincialismo b u r g u é s de sus orígenes, su independencia y su reserva, la austeridad de sus trabajos, l a natural elegancia, que le hacía permanecer fina y seductora en unas condiciones en que diecinueve de cada veinte de sus compañeras abdican toda gracia. Nunca había sentido m á s Luciano l a poesía de aquella pieza, en la que siempre entraba temblando. S u emoción fué demasiado intensa al ver a la que su padrastro acababa de calumniar tan cruelmente, pacífica y asidua a su trabajo diario, a l observar cómo ennoblecía aquel trabajo con un constante esfuerzo hacia ideas generosas, y al encontrarla tan débil y tan linda, completamente ignorante de l a calumnia inventada contra ella. L a extraordinaria tensión nerviosa del joven se resolvió en una crisis de lágrimas, que le hizo caer en una silla, sin fuerzas para decir una palabra. Berta dejó el tomo que se disponía a guardar y pareció que su voz se velaba para decirle: ¿L l o r a usted, Luciano? ¿Q u é tiene usted? ¿Q u é pasa,
 // Cambio Nodo4-Sevilla