Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC través del mundo. L a noche d e S a n Silvestre, e n e lCasino d e l a H a b a n a fué u n a visión fantasmagórica d e riquezas y bellísimas mujeres, e n l a q u e sobresalió e l arte y e l encanto d e u n a española. sv- Habana. Avenida del Malecón. L a bahía de la Habana, pletórica de grandes, buques. Transatlánticos formidables engalanados. Alemanes, franceses, suecos, italianos, norteamericanos. Trajeron a ia H a bana los seres m á s ricos de los Estados Unidos. D e la superficie azul de la bahía surgen sus cascos empenachados con chimeneas chatas, pintadas con las insignias de las Casas armadoras. Y antes de llegar a Cuba se oye la misma frase a todas horas: -E n Cuba la crisis es formidable. N o hay actualmente en el mundo un país donde ia, crisis sea tan intensa. Las calles de la Habana hierven de turistas. L a s tiendas se ven invadidas por los extranjeros, que compran todo a cualquier precio. Los automóviles escasean. L o s hoteles están atestados. E l palacio del Parlamento, erguido majestuosamente, con su blancura retadora, delata los millones que costó. Y sin embargo, a cuantos se les pregunta responden -L a crisis de Cuba es horrorosa. L a baja del azúcar y los aranceles aduaneros han creado tina situación insostenible. N o hay negocios. N o hay dinero. Los empleados públicos no cobran. N o hay transacciones. L a gente trabaja por la comida E s el t iltimo día del año. San Silvestre. Hace calor. Llueve, sin embargo, a chaparrones espectaculares. Cae el agua a torrentes, anegándolo todo. Después cesa la lluvia y la noche, estrellada, da la sensación tropical de una caricia voluptuosa. Y vuelve a llover para alternar el cielo obscuro con el magnífico firmamento aterciopelado de estas latitudes. A lo largo del paseo del Malecón, que va serpenteando junto al mar, siguiendo la fila ie íocos eléctricos, que, con la perspectiva, trazan una línea luminosa en la noche; por un camino asfaltado y bello, entre árboles frondosos de formas gráciles, el automóvil nos lleva hasta el Casino dé la H a bana. U n a fuente artística, iluminada, precede a un pórtico, bajo el que se detienen automóviles formidables, que van dejando familias al pie de unas escaleras alfombradas lujosamente. U n hall. Dejamos en el guardarropa los abrigos, ligeros. Todos los hombres visten de frac o smoking. L a s damas, vestidos de noche, elegantísimos. Escotes hasta la cintura. Joyas valiosísimas. Entramos. Un salón. Luces prodigadas hasta el deslumbramiento. U n a gran sala, donde en fila las mesas de juego atraen a los visitantes. E l bar. Ante l a barra en pie o sentándose en los taburetes, altos, de trípode, damas y caballeros absorben los cock- tails m á s absurdos que la imaginación ha podido crear. Cuba tiene una especialidad en cock- tails, y el C. sino de la Habana se especializa en cocktails cubanos. Total, el veneno m á s intenso disfrazado sutilmente con colores sugestivos, en copas finísimas de elegante forma, que van inyectando, en los organismos, la locura. Se oye por todas partes el inglés gangoso de los norteamericanos, que predomina- Se escucha el español, hablado por las cubanas con acento dulce, de caricia. L a música que, desde la gran sala centra! llega a todas partes, mete ers el oído el ritmo dulzón de los sones las nimbas los danzones los tangos y los foxs, que van desfilando sin cesar, alternándose las orquestas para que. ni un instante quede el ambiente sin música. Se graba en los oídos el tintineo monótono de los sones que parece la espuma- del mar frotándose continuamente y a compás, al mismo tkrnpq que unos golpecitos casi insignificantes, pero melódicamente distribuidos, recuerdan las sonoridades primitivas de instrumentos rudimentarios, que pueden ser trozos de cántaros golpeados con algo contundente. Aquel ruidito nos persigue en Cuba por todas partes. E n el Casino de la Habana y en la calle; en el puerto y en los hoteles. E s el Icit- motiv. de Cuija, que se graba a fuego en los sentidos: Tac... tac! tac... tac... tac... Las mesas se aprietan unas contra otras para ganar espacio. E s t á n todas encargadas desde hace mucho tiempo. E n todas hay una tarjeta con el nombre de quien las pidió. L o s maiircs, de frac, sudando, van y vienen para colocar a los que llegan. Sobre las mesas hay un montón de gorros de papel con colorines. Carracas inverosímiles. Serpentinas. Bolitas ligeras para ser arrojadas sin causar daño. Muchas copas. Cubiertos, Platos. Flores. Grandes mcni ts con una lista interminable, que debe justificar los muchos dólares que cuesta, aquella noche, la cena de San Silvestre. Las mesas rodean a la gran pista de baile, encerada y con polvos de resina. A l fondo, sobre un tablado, la orquesta toca constantemente, bajo- un gran dosel formado por las banderas cubana y norteamericana. Entre las dos banderas, un letrero luminoso. Y a llenándose la gran sala. Las mesas están todas ocupadas. Las pecheras blancas de los fracs y los smokings destacaban los colores alegres de los vestidos de último modelo que- lucen las damas. L a pedrería se entremezcla, centelleante. L a s piedras precisas que lucen las damas aquella noche representan millones de dólares, l. as luces, estratégicamente situadas cu el gran salón, arrancan a las joyas destellos í a a-