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tásticos. L a música sigue sin descansar. Las parejas bailan, renovándose incesantemente. Se cena a intervalos. E l champagne comienza a correr. Allí no hay más vinos que champagne y champagne de las grandes marcas, que representan muchos dólares a los precios del Casino de la Habana aquella noche. L a fiesta toma caracteres de cordialidad mutua. De mesa a mesa se habla. Se enírecambian las invitaciones para bailar. Se bebe en comunidad simpática. Los norteamericanos fraternizan con los cubanos. Se sigue bailando. Y bebiendo... ¡Las doce... L a luz de la gran sala se amortigua. Toca la música las doce c a m p a n a d a s Todos se ponen en pie. Los que bailaban se detienen y corren a sus mesas respectivas para tragarse las uvas, que ya están bañándose en cliampagne. U n griterío enorme se eleva triunfante. Besos. Todos se besan, se abrazan. Las frases en español y en inglés se entremezclan maravillosamente. Y se oye a gritos: -F e l i z Año Nuevo... -llappy Nezvyear... Chocan las copas, con fruición. E l champagne se precipita con aspecto de catarata. Menudean los besos. L a música ataca un fox frenético. Se baila, con espasmos de epilepsia. Se baila. Se aprieta la gente en la gran. pista, porque, a pesar de sus enormes dimensiones, hay tantas parejas que, para moverse, hay que empujar a los otros y dejarse empujar por los que también empujan. N o importa. Aquello es el baile de iin de año. P a r a eso se está allí. Y la orquesta toca un s o n cadencioso, en el que predomina el tac. tac... tac... del instrumento contundente sobre el trozo de cántaro ahuecado. V a n pasando las horas. E l champagne sigue cayendo de las botellas a las copas de cristal finísimo, y de ellas a los estómagos. Se juega, se baila, se come, se i n giere cock- tails en l a barra A l bailar se se oyen frases de amor. Algunos, ya bien entrenados en la alegría de la noche, bailan y se besan, sin que nadie les moleste. ¡Va avanzando el nuevo día. Las carracas aturden el espacio. Los gritos de alegría se suceden sin que a nadie le estorben. L a Plaza de la Fraternidad. música va substituyendo los danzones por los sones y la cadencia del baile cubano estremece de -voluptuosidad al conglomerado humano, que se entrega al olvido absoluto de los conflictos de fuera. De pronto, desde una mesa, surge una voz, que acompaña a la música que la orquesta toca. Es una voz encantadora; una voz de sirena, una voz dulce y armoniosa. U n a mujer española, con acento bien español, entona una melodía cubana, de dulzura inefable. Todos la miran; se suspende unos instantes el baile. Todas las m i radas se reconcentran en aquella mesa. Y la protagonista de aquella expectación, rodeada de muchos admiradores, canta, canta, con voz de ensueño y expresión bellísima, l i s una española; una española de alma; un tipo de mujer que parece haberse escapado de un cuadro de Romero de Torres, y de un salto, desde el lienzo a la sala inmensa y luminosa del Casino de la Habana, resplandece con toda su belleza de mujer española y artista delicada. E s Rosa Claveria, la mujer que en la Habana despierta más admiración entre los hombres y l a s mujeres. L a elcgar. J a de su figura de española clásica; los brillantes que luce, la línea de sus vestidos, el fulgor de sus ojos, el encanto de su voz y la gracia que se difunde de todo su ser constituyen el secreto del éxito, del gran éxito que en la Habana tiene en todos los ambientes de lujo y distinción a que acude. Las cinco, las seis. L a orquesta continuaba sus m e l o d í a s dulces. L a s parejas, incansables, seguían el ritmo de las danzas cubanas. E l champagne se vertía sin interrupción, hasta desbordar las copas. ¡E l mismo brío de l a s primeras horas se estaba manteniendo. A las siete de la mañana, el gran salón del Casino daba la sensación del comienzo de la fiesta. N i una ráfaga de c a n s a n c i o podía vislumbrarse. Baile. Juego. Cocktails. Y la r u m b a cadenciosa, j. deslizándose entre la gran pista jtftjt de baile. Y los. O.I TÍ, s a l t a r i n e s brincando por todas partes. Y los sones l ú b r i c o s retorciéndose voluptuosamente. T a r d e en la escalinata alfombrada del pórtico, los automóviles iban desfilando. Los grooms decían en voz alta los nombres de los propietarios de aquellos coches de. lujo. L a fuente luminosa, representando un grupo alegórico, de desnudos artísticos, vertía sus surtidores con cadencia de danzón A l o l a r g o del gran paseo del Malecón los automóviles corrían a velocidad fantástica. Amanecía. E l mar, inmenso, i b a extendiéndose hacia el infinito, como algo misterioso. íbamos en el fondo del automóvil sin hablar. E n nuestros oídos zumbaba aún aquel sonsonete típico de los sones cubanos: tac... tac... tac... tac... tac... tac... ¿Cómo... ¿Crisis... ¿E n Cuba crisis... ¿Miseria... ¡O h ¡E Í Casino de la H a bana, la noche de San Silvestre... L o s barcos, en la bahía, esperando su cargamento de millonarios... ¡Las mujeres... Las joyas... ¡Rosita C l a v e r i a L a belleza de aquella noche... Tac... tac... tac... tac... tac... tac... ADELAKDO FERNANDEZ ARIAS L a Habana, i de enero de 1932, tfwrtmmwíímit tamm El Cashw de la Habana.
 // Cambio Nodo4-Sevilla