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UN DI V O R C I O POR PAUL BOURGÉT (De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) má del peor sofisma de los que flotan en la atmósfera envenenada del siglo x x que comienza; pero la depravación de su inteligencia no había llegado a su sensibilidad. -Usted me dispensará- -acabó por decir Luciano, enjugándose los ojos y pasándose la mano por la frente como para disipar una pesadilla- Esto es indigno de un hombre; ya soy dueño de mis nervios y puedo explicar las razones de mi estado... Pero antes necesito obtener de usted una promesa... Diga lo que diga, ¿se compromete usted a perdonármelo... -Le conozco a usted demasiado- -replicó la joven, muy despacio- -para creer que me dirá jamás una palabra que no deba usted pronunciar y por la que tenga que guardarle rencor... Luciano vaciló ante aquella respuesta evasiva. L a enorme acusación de que iba a hacerse eco le parecía tan monstruosa, -que insistió: -Eso no me basta. Quiero una promesa positiva, si he de tener fuerzas... Y sin embargo, es preciso que usted lo sepa... Es preciso por mí y por usted... Prométame que me perdonará... i- -Bien... lo prometo. r- ¡Gracias! -dijo el joven bruscamente. i- ¿Sabe usted si tiene algún enemigo... ¿Yo? -respondió Berta, ruborizándose. Acababa de ver en pensamiento a su único enemigo, al inmunizo Meján, aquel botarga del feminismo, por quien había sido seducida en condiciones que constituían un atroz abuso de confianza. En cuanto la vio encinta la había abandonado, y cuando la encontraba ahora en la calle la seguía con mirada arrogante- No había duda; era Meján quien había hablado o hecho que hablasen a L u ciano. Aquella imagen hizo mucho daño a Berta, y, sin embargo, la certeza- le. procuró un; alivio, como al paciente del hospital. Con una calma de martirio continuó: -No conozco más que una persona a quien pueda llamar enemigo, y aun ése soy yo quien debiera serlo suya. Pero cuando se desprecia mucho se deja de odiar. ¿Por qué esa- pregunta. -Porque acabo de saber que es usted objeto de una abominable calumnia... que emana probablemente de esa persona... Hay que saberlo. Es una infamia que pesará sobre toda su vida de usted si no hacemos algo en seguida. ¿Qué pueden hacerme? -replicó Berta, y en sus pupilas em- pezó a brillar el relámpago de altivez que debía crecer hasta Ja rebelión- Me es indiferente lo que la persona de que se trata pueda decir o pensar dé mí. No podrá impedirme sufrir mis exámenes ni ganarme la vida cuidando enfermos cuando sea doctora. Esto es todo lo que pido a la sociedad. -Mis amigos, que me vean vivir y que me juzguen. -Precisamente porque la juzgan a usted, saben quién es y no pueden sufrir esas infamias que usted desprecia. Usted les debe el ayudarles a confundirlas, ¿Sufriría usted que alguien dijese que yo había. robado... ¿De qué me acusan, pues, que pueda compararse con un robo? E l acento de Berta era amargo al hacer esta pregunta. En el tono de Luciano había visto el modo de pensar, contra, el cual se rebelaba su orgullo hacía cuatro años. Su tío, el republicano radical, y su maestro M André, el socialista, a pesar de sus doctrinas sobre las imposturas de la Iglesia y las iniquidades del código, también ellos la habían considerado como deshonrada porque se había: entregado fuera de matrimonio, es decir, prescindiendo de esa Iglesia mentirosa y de ese código inicuo. ¿Por qué la habían condenado? Porque había tenido el valor de sus ideas. Y estaba escuchando la misma sentencia de ostracismo, pronunciada con inconsciente ferocidad por el hombre a quien amaba... ¡Ah! -respondió Luciano con un gemido- Es todavía peor... Le acusan a usted, No puedo siquiera articular tan horrible cosa... Y desgarrándose el corazón con sus propias paiaDras, tanta era la intensidad de su amor, siguió diciendo: -Le acusan a usted de haber salido de casa de su tío, en Cíermont, con un amante; de haber vivido con él, dé haber tenido un hijo... Dicen que era estudiante de Derecho y que se llamaba Meján. Se cuenta que usted también estudiaba Derecho y que, cuando regañó con su amante, cambió de Facultad para no encontrarse con él. Se lo digo a usted todo... M i padrastro e s quien me ha contado todas estas ignominias todavía no. hace dos horas... ¿Cómo ha sabido que nos vemos con frecuencia? No lo sé; -nunca he hablado de usted ni en casa ni en ninguna parte. Pero lo ha sabido, y nuestras relaciones le han alarmado, de lo que no puedo hacerle un cargo. L o que nunca le perdonaré mientras viva es haber entregado su nombre de usted a un agente de mala fe, que le ha contado esas torpezas, sabe Dios. después de qué averiguaciones... Puesto que usted sospecha de alguien, dígame su nombre e iremos a buscarle juntos, o iré yo solo, como amigo de usted... Si así no sacamos nada en limpio, yo buscaré por. otro lado; yo sabré quién es ese agente y le obligaré a decirme dónde ha recogido todo ese cieno para manchar a usted... Quiero que mi padrastro pida a usted perdón por lo que ha dicho... No le volveré a ver antes... Berta había tenido los ojos cerrados para no ver a Luciano hablar de ese modo y había recibido en pleno corazón aquellas palabras que la herían en la carne de su carne. L a mujer enamorada estaba enternecida y desesperada al mismo tiempo por aquella absoluta cdffitnza, prueba palpable de una pasión a prueba de sospechas; plrcí dominaba en ella otra impresión: la de protesta contra el prejuicio social, tan violentamente expresado por las palabras de aquel hombre que tanto la amaba. Por esto la primera frase que pronunció cuando Luciano dejó de hablar fué como un acto para rechazar aquella prgteccism y reivindicar una plena responsabilidad. No quería ser excusada ni perdonada. -Doy a usted las gracias por 3 a amistad que me demuestra- -dijo- pero no participo de su indignación contra su padrastro. Ese señor no me conoce y se le han denunciado hechos que él ha podido legítimamente traducir como los ha. traducido. La sinceridad de usted para conmigo me impone una franqueza semejante. Hay uno de esos hechos que no es exacto: cuando salí de Clermont, monsieur Meján no era mi amante. En cambio, es verdad que he vivido con él en París en el primer año de mis estudios; es verdad que he tenido un hijo; es verdad que estudié Derecho y que adopté la Medicina para renovar toda mi existencia. En estos tres puntos su padrastro de usted ha sido bien informado. ¡Usted... ¡Usted... Estas dos sílabas, dichas con acento de agonía, fueron la única respuesta que aquella terrible confesión arrancó al joven. Su cara expresaba un estupor rayano en la demencia. Las lágrimas se secaron en sus ojos y retrocedió como para huir de una visión de espanto. ¡Usted... ¡Usted ha hecho eso... -Sí, yo- -respondió Berta, con la frente alta y cruzada de brazos, con, ademán, altivo- Y si me acuso de algo, no es de haber obrado como lo he. hecho, pues estaba en mi derecho y tengo conciencia de no haber faltado en nada a lo que me debía a mí misma. He debido, eso sí, decirle a usted esto el día en que empezó nuestra amistad. He retrocedido... no ante mis actos... ¿Por qué nó ha, seguido usted callando entonces? -exclamó Luciano dolorosamerite- ¡A h! Debía usted haber tenido la caridad de prolongar esta ilusión, puesto que la había creado... ¿De modo que todo, lo que he creído de usted era mentira? ¿Toda mi admiración, mi respeto, mi culto eran locura... ¡Un amante... (Se continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla