Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
-E n esa ley absurda be arrancan a los sacerdotes de la jurisdicción del obispo, para ponerlos, c o m o funcionarios civiles bajo la custodia de la Secretaría de Gobernación, y esa decisión está en pugna con el a r t í c u l o 130 de la Constitución, atacando los derechos de la religión católica que en mi consagración episcopal juré defender. ¿Y entonces, eminencia? -pregunté. -P u e s como creo que estoy en mi perfecto derecho, he escrito una carta abierta al presidente de la República manifestándole mi protesta y he publicado un e d i c t o diocesano dando instrucciones para que los deanes, el C a b i l d o abades y Clero secular sepan cómo han de comportarse en estos momentos; también he dado una instrucción pastoral al Clero y fieíes del Arzobispado. k La casita donde vive el arzobispo de Méjico, en la Colonia del Valle. ¿Cuáles son los puntos principales? -Como, según los principios de nuestra santa religión, todo poder religioso o c i v i l social o familiar, viene de Dios, recuer- do a todos que e l poder y ¡a autoridad de Dios es el único peder y la única autoridad absolutas; por lo tanto, debemos obedecer a Dios siempre y a los hombres sólo citando con su autoridad no contradicen ¡os derechos divinos y naturales Con la fe, la justicia y la caridad hemos de defendernos. Con la fe. hemos de llamar a Dios, en el- que liemos de tener confianza ilimitada. ¡P a d r e! Con la justicia, estaremos dispuestos a sufrir todos los males y a perder todos los bienes temporales, antes que la gracia de Dios, y con la caridad, si llega el caso, derramaremos gustosos nuestra sangre por l a gloria de Dios y el amor al prójimo, aunque éste se Kame enemigo nuestro, dándole de este modo, al morir por él, la vida. ¿Y esas instrucciones? -O r d e n o a los sacerdotes que permanezcan en sus puestos, como si nada adverso les sucediera, ni peligro alguno les amenazara, y se atengan a las instrucciones que irán recibiendo, conforme el conflicto se desarrolle o se resuelva. A los fieles les digo que, como cristianos sean dóciles a las enseñanzas de sus pastores y obedientes a las disposiciones de la autoridad eclesiástica. E n política que se sujeten a las instrucciones de ¡a Santa Scdej. es decir, que defiendan los sacrosantos derechos de la religión por los medios legales, trabajando en pro de la paz, del verdadero bien social y de la P a t r i a pues les ampara el derecho. Como a ciudadanos que defiendan sus derechos, en bien ce la sociedad y de la Patria, con arreglo a sus principios religiosos; pero si, a pesar de sus buenas intenciones, se les calumniase y se calumniase a la Iglesia, y se nos persiguiera, que todos lleven grabadas en su corazón las palabras divinas del Maestro, que dijo: F icnaventurados seréis cuando os odiaren los hombres y os maldijeren... por causa mía... alegraos, porque vuestro premio será gran- de en los Cielos Pido a sacerdotes y fieles que interpongan el recurso legal de amparo para que los legisladores, cuando vean el número enorme de recursos de amparo pedidos, comprendan que procedieron sin pulsar la voluntad del pueblo, y, al mismo tiempo, se reivindiquen nuestros derechos. -E s decir- -pregunté a su eminencia- ¿que los católicos mejicanos... E l arzobispo, sonriendo, con fe y entusiasmo, me interrumpió: -Resistiremos hasta el último instante; hasta el último esfuerzo. N o nos dejaremos atrepellar en nuestros derechos sacrosantos y... Su eminencia, siempre sonriente, hizo una transición de voz, y exclamó, triunfante -Y aquí me tiene usted a mí, esperando que, o se me expulse otra vez, o se me encierre... o se me fusile... Es lo m i s m o M i s sufrimientos y vejaciones servirán de ejemplo a todos. Tengo la fe de que Dios me ilumina y me manda proceder asi... ¡Venga el martirio, si es preciso... ¡Dios me habrá elegido seguramente! M e despedí de su eminencia. Salí del despacho, y emprendí. el regreso. A l subir al automóvil, el perrazo, fiel, del arzobispo, se acercó a mí, moviendo su cola, y me olfateó, mirándome con ojos llenos de bondad. Recordé aquel filósofo que había dicho: Cuanto más conozco a los hombres, más amo a mi perro Y después de acariciarle, monté en el auto que me llevó a Méjico. E l sacerdote que me acompañaba me dijo, después de algunos minutos de silencio: ¿H a visto usted qué valiente? Ahí le tiene, dispuesto a todo N o le arredran ni amenazas ni peligros. Todas las noches recorre todas las iglesias, para convencerse de que todos los sacerdotes estamos en nuestros puestos. Y espera tranquilo l a hora ¡Sea lo que sea, nada le sorprenderá! Y nosotros, como soldados de un general como nuestro arzobispo, iremos donde él quiere que vayamos. Después de un silencio exclamó: -N o se puede ir contra la conciencia de un pueblo... Y el pueblo de Méjico es católico... E l paseo de la Reforma. Tráfico, Vida. Luces. Ruidos de gran ciudad. Letreros l u minosos, con movimiento obsesionante. M u j e r e s magníficamente ataviadas. Indígenas, con sus sombreros de paja, picudos y típicos. Los periódicos de la noche publicaban comentarios del conflicto religioso, escamoteando predicciones fatales. Las palabras enérgicas del arzobispo de Méjico resonaban en mis oídos como un Icit- motiv de inquietud. Los ojos centelleantes de su eminencia brillaban en mi fantasía sin desaparecer. Y cuando, en el pullman, solo, bajaba desde Méjico a la llanura para embarcarme, la campana monótona de la locomotora, al pasar los pasos a nivel, me hacia añorar todo un poema de luchas. de conciencia, que se enlazaba gigantescamente desde los tiempos más remotos de la Humanidad, y... ¡aún no se había terminado... ¿Por qué, Dios mío, los hombres, que deben amarse los unos a los otros se odian y se destruyen... E n la obscuridad del vagón, balanceado por los vaivenes del convoy, se me aparecía como un símbolo la figura noble de aquel perrazo de la casita, de la Colonia del V a lle, que, moviendo su cola y olfateándome, sin conocerme, se acercó a mi para que yo le acariciara. Y el fulgor de sus ojos, buenos, me hacían recordar el brillo siniestro de los hombres que, en la V i d a combaten... -i P o r qué... ¿P o r qué... ADELAEDO F E R N A N D E Z Méjico, enero, 1932. ARIAS
 // Cambio Nodo4-Sevilla