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siguen, sobre las que se paseará una mosca fosforescente: Y aquella misma tarde, al preguntarle el enfermo a su mujer si sabía quién podía ser don Juan, cualquiera hubiera podido advertir que palidecía la esposa. Cualquiera, menos el enfermo. Ella dijo: ¿Don Juan? No sé nada. E l exclamó: -Quisiera agradecerle personalmente su interés. No caigo. No recuerdo. No le conozco. ¿Cómo te encuentras? -Mal. ¿Te duele el pelo? -Y a no; pero no me encuentro bien. No sé. Es una cosa rara. -Nada, no es nada. E l director acaba de decirme que esto es cosa de días. Dame un beso. No permitió el enfermo que la enfermera acabara de preguntar: -Que cómo sigue usted, de parte de... -Dígale a don Juan que ya estoy bien. Completamente bien. Que no me duele nada. Que hoy mismo saldré del sanatorio. Que muchas gracias... que un millón de gracias... que le agradezco muchísimo. L a enfermera volvió momentos después para sacarse de toda su blancura una noticia luminosa: -Me ha dicho don Juan que esta tarde, a las cinco, vendrá a visitarle. A las cinco vendría don Juan. A esa hora también vendría a buscarle su mujer. E l tendría hechas sus maletas. Mandaría preparar un gran ramo de flores. E l ramo, naturalmente, era para ella. Sonrió pensando que don Juan podría pensar que fuera para él. A don Juan le diría: Muchas gracias por todo. U n millón de gracias. Le agradezco mucho. Encantado de conocerle Luego, al tren, con su mujer. Curado. Curado. Curado. Un día de sol. Ese sol del Norte, que es tímido como la luna, en invierno. A l que se puede mirar de frente, como se puede mirar una pequeña panoplia de espadas. No ciega. No se enciende a toda llave en lo alto. Se asoma suavemente entre nubes para contemplar todo lo que ha lavado y purificado la lluvia, que había caído bien tamizada, dormida completamente, durante días enteros. Su mujer no había venido aún. Pero don Juan estaba allí, de pie ante él. ¿Cuarenta años? Alto, fuerte, bien y totalmente afeitado. Todo joven: traje joven, mirada joven, canas jóvenes. -Tenía muchos deseos de conocerle- -exclamó el enfermo. Don Juan bajó la mirada. Luego la levantó -Vengo a decirle que me llevo a su mujer. E l enfermo no entendía nada. Don Juan siguió hablando: -Hace mucho tiempo que ella y yo deseábamos marcharnos juntos. Pero yo soy un caballero. Y o no podía aprovecharme del kandicap. Usted era un enfermo. Lamento no haber podido interesarme por la salud de usted de una manera generosa. Ahora estoy a sus órdenes. Pero si todavía no se encuentra usted bien del todo, esperaremos... E l enfermo seguía sin comprender ni una palabra. -Lamentaría mucho- -añadió don Tuan- -que usted me tomara por un chulo. Se equivocaría usted. Estoy a sus órdenes. Y a ni siquiera oía el enfermo. Su mujer llegaría de un momento a otro. E l le entregaría el ramo de flores y le presentaría a don Juan: Mira, éste es el señor que ha preguntado por mí tantas veces... -Siento mucho. Estoy a sus órdenes- -repetía don Juan. ...Luego, al tren. ¡Verás cómo nos dan de comer judías verdes! Y el crepúsculo: Esto lo pinta un pintor y no le creen Don Juan dejó una tarjeta sobre la mesita del cuarto. Don Juan abandonó el sanatorio. E n la puerta había un coche grande, con muchas maletas cubiertas con un lienzo, en la popa. Sobre el techo, una sombrerera. E l automóvil se puso en marcha lentamente, ¿Sigue usted bien? -preguntó la enfermera. -Sí, muy bien. Cada vez mejor. Este ramo de flores lo había encargado para usted. J. M I Q U E L A R E N A (DIBUJOS D E ESPLAN- DIU)
 // Cambio Nodo4-Sevilla