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POR PAUL BOURGET XP e la Academia Francesa. CONTINUACIÓN) no hablase corrió lo había hecho. L á compadecía demasiado para hacerlo, y a aquella frase: atrévase usted repetida con apasionado furor, el joven respondió con expresión de vencimiento: -No, no lo digo... No puedo juzgar a usted; la creo... Lo que me ha dicho usted me prueba que he hecho mal en no esperar sus explicaciones... Pero el choque ha sido tan rudo... No la acuso a usted, no la condeno... L o que he oído me hace sufrir como si me aplastase un gran peso... Si al menos me hubiese usted hablado el día en que la conocí, hubiera sido ya muy desgraciado, pero no tanto... -Le hubiera a usted perdido más pronto... Eso es lo que me ha detenido: el terror de encontrar en usted la misma disminución de estima que en mi tío y en el señor André... He sido cobarde... ¡Pero su amistad de usted me halagaba tanto... ¡Había tantos puntos en los que sentíamos y pensábamos lo mismo... A l gunas veces pensaba que también acerca de ese asunto opinaría usted como yo... Otras veces veía claramente lo que nos esperaba: el abismo en que ahora estamos... Pero el camino era dulce, una especie de oasis en mi horrible desierto, al que tengo que volver. Adiós, Luciano; le he dicho a usted cuanto tenía que decirle. Esta explicación me ha aniquilado y no me siento bien... Déjeme usted. Adiós... -Adiós- -respondió el joven, y, cogiendo el sombrero, dio un paso hacia la puerta, se quedó inmóvil con la mano en el picaporte y dijo después, volviéndose hacia ella- No puedo dejar a usted así y marcharme después de las palabras que acaba usted de pronunciar, y que indican que considera usted nuestra intimidad como acabada. ¡N o! No puedo... Tuvo otro momento de indecisión y, cogiéndole una mano, que Berta no tuvo fuerza para retirar, dijo con un acento que expresaba toda su pasión y toda su tristeza: -No puedo, Berta, porque amo a usted... La joven le oyó con la cabeza inclinada y la mirada fija. Sus pupilas se apagaron de pronto, sus facciones se descompusieron y una palidez profunda invadió su semblante. Luciano sintió que aquella manita febril se helaba en la suya y sólo tuvo tiempo para sostenerla en sus brazos, presa de un síncope, que denunciaba la intensidad de su emoción e indicaba su amor más ciertamente que una declaración. E l joven la llevó a la estrecha banqueta enfundada, y, arrodillado al lado suyo, empezó a llamarla por su nombre con espanto, pronto cambiado en ternura apasionada cuando Berta abrió los ojos y, en lugar de retirar la cabeza sostenida en su brazo, la apoyó en su hombro, como para buscar en él un asilo y una protección. -Berta- -dijo Luciano, implorando- el momento es solemne. Si me ama usted también, dígamelo... ¿Me ama usted... ¿Me ama usted... -Sí- -respondió Berta, con voz tan débil, que Luciano más bien vio que oyó la respuesta en aquella boca temblorosa. Su corazón, en tanto, latía con tal fuerza, que le quitaba el aliento para hablar. Seguía arrodillado y contemplaba aquella cara deliciosa, aquellas mejillas un poco demacradas, que a veces le habían alarmado; aquella frente que había visto inclinada hacia los austeros libros que estaban en la mesa, aquellos finos labios, que, tantas veces abiertos para pronunciar frases severas o dolorosas que contrastaban con su gracia, acababan de exhalar el suspiro más dulce y más espontáneo en que el alma de una mujer puede dejar escapar su secreto... E l joven experimentaba la sensación de perder pie en una embriaguez en que todo se abolía, excepto ellos dos. Eran aquellos ojos tan hermosos, tan tristes, que Luciano se inclinó irreflexivamente para cerrarlos con una caricia. Su turbación creció, y su boca buscó la de la joven; pero a ese contacto, apenas iniciado, Berta dio un grito y se irgwó de repente con el terror impreso en todas sus facciones. No necesitó rechazarle, pues también él se puso en pie, pálido como un muerto. E l mismo pensamiento había surgido entre ellos, y los dos se miraron sin hablar, pero sabiendo muy bien qué fantasma acababa de separarlos. -Y a lo ve usted- -dijo al fin Berta- Tenía yo razón; esta. conversación debe ser la última. Vayase usted, Luciano, por piedad, si no quiere que me muera de pena y de vergüenza delante de usted... Y había impreso tal sufrimiento en su fisonomía, en su actitud y en su acento, que esta vez el joven obedeció y salió del cuarto para huir de ella, para huir de sí mismo, para huir del recuerdo del otro, que había aparecido de repente en su primera caricia mezclada de deseo. y, ESPONSALES En los cuatro años que llevaba instalada en aquella pieza solitaria de la calle Rollin, Berta había conocido muchas horas de amarga meditación; pero jamás tan tristes como las que siguieron a aquella violenta y rápida escena, terminada en una explosión de apasionada ternura. Durante toda la noche sintió el anonadamiento que acompaña a los accidentes terribles. E l joven había desaparecido hacía mucho tiempo y Berta seguía sentada en la silla en que siempre trabajaba, con la cabeza entre las manos y sin mirar sus libros, sus grabados anatómicos ni sus instrumentos. Las más horribles tinieblas le ahogaban el corazón, no por haber confesado la funesta aventura de su juventud, pues siempre había tenido la intención de hacerlo en el momento oportuno, sino por haberlo hecho de improviso y como obligada por las circunstancias. ¿Qué habría pensado Luciano? ¿Cómo no había de despreciarla, sobre todo por la confesión de su nuevo amor, que, en el exceso de su emoción, no había podido contener? E l remordimiento la torturaba por haber pronunciado aquel s í irrevocable, apoyada la frente en el hombro del joven y recibido aquel beso en los ojos y en los labios. Se había substraído a aquellas caricias muy tarde, cuando la fiebre de su sangre le había advertido que estaba a merced de Luciano. Dentro de una hora, mañana, volvería, y ella le resistiría una vez, tres, pero acabaría por ceder... Y entonces no sería ya la mujer que se enorgullecía en ser desde su rompimiento con Meján, la que tiene derecho a terminar unas relaciones irregulares con un matrimonio, por ser únicas. Las antiguas verdades morales concuerdan de tal modo con las necesidades de nuestra persona, que las almas de buena fe las afirman, a pesar suyo, aun en el momento en que las niegan. Aquella teórica de la unión libre tenía necesidad para estimarse de practicar las virtudes de fidelidad que la Iglesia impone a la esposa cristiana. L a perspectiva de faltar a ella la confundía de vergüenza, aumentada por la idea de los sentimientos que Luciano experimentaría ya respecto de ella. Por un rencor vengador contra la falsedad de sus antiguos sueños, Berta había querido leer todos los libros en que los impulsos del amor son considerados desde un punto de vista exclusivamente patológico, y sabía que, por una lamentable ley de la sensualidad masculina, los celos obran en ciertos hombres como una imagen impura y turbadora. Berta se preguntaba con espanto si la repentina aparición del delirio en los ojos de Luciano, hasta entonces tan respetuosos y tímidos, habría tenido por causa la certeza de que había pertenecido a otro. Y si en el momento en que había sabido, había tenido por ella, instintiva y animalmente, aquel desprecio combinado con el de Se cmtinuará. y
 // Cambio Nodo4-Sevilla