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¡que en graves insurrecciones de maicenas en colonias, inglesas y francesas las autoridades encontraron pruebas ele la injerencia e la propaganda comunista, organizada y d i rigida desde Moscú. M á s recientemente aún se encontraron en el África occidental y en el África ecuatorial francesa n ú m e r o s del periódico The Negro World, publicado en Jamaica por el caudillo racista Marcus Garwey, y se detuvo a agentes reclutadores de las Sociedades Ligue de Dcíense de la Race Megre, que tiene su sede en M a r sella, y de la National Association for the Advancement of Colourel People, que reside en Nueva Y o r k y que han concertado su ideal de liberación racial con el programa de la Tercera Internacional moscovita. Recuérdese que hace dos años tuvo que reprimir graves desórdenes de carácter comunista el Gobierno de la Unión Surafricaua, y que su ministro de Justicia declaró que se había descubierto una Sociedad originaria de Moscú, que organizaba a los negros y los armaba y preparaba para que celebrasen su primer Dingaan s Day (Dingaan fue un jefe zulú del siglo ¡pasado, que murió peleando contra el. invasor inglés) con una matanza general de blancos. N o no. está África en condiciones de instalar en ella cárceles de anarquistas. ¿Q u é culpa tiene nuestra olvidada y abandonada Guinea de lo que ocurra en l a Península? H a y allí un grupo de abnegados españoles que, en medio de las mayores dificultades burocráticas, intenta poner en explotación, en beneficio de España, las riquezas naturales de aquella minúscula colonia. Hace pocas semanas a ú n se presentaba en la Cámara Agrícola y Forestal de la Guinea Continental, establecida en Bata precisamente, una moción, que conoce, sin duda, el Gobierno, en la que. se enumeraban los arduos problemas de colonización y organización administrativa en que está comprometido el honor de España, y que ponen una vez m á s en discusión enojosa la capacidad colonizadora de nuestros Gobiernos. Y cuando estos abnegados españoles esperaban barcos para que no se repitiera el caso afrentoso de quedarse incomunicada la isla de Annobón tres meses, y esperaban ingenieros y contratistas, y capitalistas y maestros de escuelas, verán llegar el Buenos Aires, con su triste car- gamento de alucinados revolucionarios, para quienes el implacable clima ecuatorial i m pone un trato de libertad y ociosidad, y cuidados higiénicos y médicos, que represent a r á n muchos miles de pesetas... DIONISIO P É R E Z DE L A Mientras aquí, en España, la propaganda soviética inunda de literatura bolchevique el mercado editorial y nuestros plumíferos jacobinos imitan los discos anticuados de la revolución francesa, apenas si hemos leído en la Prensa española algún comentario sobre la muerte de Lytton Strachey. H a b r á que atribuirlo, sin duda, a que Lytton Strachey, a pesar de su espíritu volteriano, era un célebre historiador y biógrafo inglés y a que Inglaterra no está de moda en la República de los trabajadores... sin trabajo. S i al menos, se llamara Strachowsky y perteneciese a la Tercera Internacional! Pero ¿puede venir algo bueno de un país en que a ú n hay Monarquía y en el que ganan las elecciones los conservadores? Imposible. L a Gran Bretaña ha dejado de ser grande para nuestros anhelos renovadores. L a misma Francia- -de la que llego ahora- es una República atrasada, burguesa y capitalista. Sólo E s p a ñ a presenta perspectivas interesantes y, aunque todavía no ha alcanzado las delicias del paraíso soviético, va, orgullosa de sí, hacia ese caos social y financiero que proporciona siempre el socialismo cuando se adueña de un país. Mientras tanto, volviendo a Lytton Strachey, puede decirse que su muerte constituye una verdadera pérdida para las letras inglesas. E n el panorama intelectual europeo era uno de los primeros biógrafos de nuestro tiempo, como L u d w i g o André. M a u rois. H a muerto apenas pasada la. cincuentena, cuando aún podía esperarse mucho de un espíritu en plena madurez, de ese estilo tan personal suyo, en que la cultura extensa, la fina observación psicológica y el i n genio mordaz hacían de él una personalidad inconfundible. Hasta la figura de L y t ton Strachey, con sus barbazas desaseadas, sus gafas de concha, su mirada pene- trante, eran casi tan familiares al pública británico como la de Wells o Bernard Shaw. Quizá, en parte, esta popularidad haya perjudicado al célebre autor de La Reina Victoria entre los cenáculos literarios que le otorgaron su entusiasta homenaje cuando la aparición de aquella biografía sensacional. Porque los mismos que le consagraren se resistían, sin duda, a que una mentalidad tan sutil como la de Lytton Strachey pasara a ser moneda corriente, patrimonio intelectual del vulgo. Y sin embargo, así fué. E l éxito de Lytton Strachey al publicar su obra sobrepasó al que suelen alcanzar ese g é n e r o de libros. Su Qucen Victoria levantó una verdadera polvareda, no sólo por l a novedad de sus procedimientos, sus admirables retratos y descripciones, y lo que pudiéramos llamar la transcripción novelesca de la Historia, sino por su humorismo i n tencionado. Lytton Strachey miraba a aquella época y a su regio modelo con una mezcla de v i v a curiosidad y- -valga la paradoja- de irrespetuosa simpatía, que, por desgracia, hubo de hacer escuela, valiéndole no pocos imitadores. E l método, en realidad, ya lo había empleado en su primer l i bro, Iiminent Victorians, al evocar a ciertas personalidades, como el cardenal M a n ning. el doctor A r n o l d la célebre enfermera Florence Nightingalc y el heroico general Gordou, destruyendo leyendas con su P luma satírica. Estos dos últimos retratos, sobre todo, parecieron una profanación a cuantos guardaban un ferv. or admirativo por la llamada era victoriana Se tachaba al biógrafo de parcialidad manifiesta, de empequeñecer y de difamar a las legítimas glorias de Inglaterra, de sacrificarlo todo al comentario ingenioso y al, interés narrativo. A l g o de cierto hay en dichas afirmaciones, aunque ellas revelen únicamente los defectos de sus cualidades, su escepticismo, su fría sagacidad al juzgar a los hombres. P o r ese motivo, las nuevas generaciones creían hallar en Lytton Strachey a un demoledor de los falsos prestigios del pasado. Pero esto. también constituye una notoria exageración, debida a sus muchos imitadores, que, dentro y fuera de Inglaterra, han escrito, burla burlando, biografías históricas, con tendencias a la caricatura y aires de superioridad. 1! D e l D í a d e l Papa, en M a d r i d Firmas en la Nunciatura. Durante todo el dia. muchísimas personas desfilaron por la residencia de monseñor Tedeschini para firmar en los álbumes y pliegos supletorios. A la una de la tarde se verificó una recepción. El público, al salir de la Basílica Pontificia, después del Durante este acto acompañaron al representante del Papa solemne Tedeum, al que asistieron muchos miembros delel obispo de Madrid- Alcalá y el patriarca de las Indias. Cuerpo diplomático acreditado en Madrid. (Fotos Duque.
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