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POR PAUL BOURGET (De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) sto, más Id tendría y más envenenado en la posesión. E l l a lo merecería por haber sido fácil... Y no podría ya invocar, como hasta hoy, que había vivido fuera de la ley x o n tanto más respeto de sí misma que si hubiera aceptado las más rígidas convenciones de: mundo... Y entonces, ¿a qué porvenir sé encaminarían? N o había salido para i r a comer, por miedo de encontrar a Luciano; tanto temía una nueva prueba en que acaso sucumbiese. Tampoco se atrevió! en aquella larga noche a encender la lámpara, para que si subía Luciano no viese luz y no llamase implorando. Acostada a obscuras y vestida en la estrecha banqueta, acabó, sin embargo, por caer en un sueño tardío y febril. Cuando se despertó a las seis, como tenía por costumbre en su vida uniforme, su ansiedad seguía siendo la misma, pero un nuevo proyecto empezaba a dibujarse en su mente. ¿Nuevo? N o Varias veces ya, cuando menudeaban los encuentros con Meján, había visto Berta un medio posible para escapar a aquella obsesión del pasado: dejar París, cambiar de Universidad. S u orgullo la había siempre contenido. E r a Meján, y no ella, quien debía avergonzarse y evitarla. H o y se trataba de evitar que su intimidad con Luciano cayese en unas relaciones amorosas que a sus ojos serían las segundas, con todo lo que tal caída lleva censigo de degradante. Marcharse después de haber sostenido su amistad en aquella alta atmósfera, ¿qué prueba más indiscutible podía dar. de su sinceridad? Luciano había visto que le amaba, y comprendería que no había consentido en ser su querida precisamente porque le amaba. Poco a poco ese proyecto se hacía más preciso y en su mente se presentaban los nombres de Nancy, de Montpellier. L a primera de esas Universidades le interesaba por la originalidad de los estudios psicológicos que en. ella se hacen. E n la segunda enseña el ilustre clínico del hospital de San E l o i el autor de los Límites de la biología, cuya doctrina, tan contraria a las suyas, ejercía en ella una fascinación de curiosidad. E n esas dos poblaciones habría al principio cierto movimiento de estrañeza respecto de ella, que sería la única mujer estudiante, y después mucha malevolencia, cuando descubrieran la existencia de su hijo Claudio. (Se adivina en recuerdo de qué célebre fisiólogo había llamado así a su hijo. ¿Pero qué eran esas pequeñas dificultades al lado del suplicio de ver a Luciano despreciarla, entre sus brazos? E s a imagen la decidió de repente y su resolución quedó tomada... S í se marcharía, y sin tardanza. Su conversación del día antes sería, en efecto, la última. ¿Por qué no desaparecer aquel mismo día, encargando de su mudanza a la portera, por ejemplo... Dentro de un mes, cuando Luciano la creyera definitivamente ausente, volvería a recoger los muebles... ¿Qué haría él entonces? Toda la voluntad de la joven se empleaba en no permitir que esa pregunta se f qrmulara en su pensamiento, para que no desfalleciesen sus fuerzas. Decidida a que no pasase el día sin tomar una resolución definitiva, tuvo la energía de poner en seguida por obra su plan. H a bía en e l h o s p i t a l un interno originario de Montpellier que debía asistir a la amputación del enfermo número 32, el de l a frase estoica. ¡N o sospechaba ella que pronto tendría que repetirla por cuenta p r o p i a Berta se dispuso a ir al hospital, como, siempre. A pesar de todos los razonamientos, su corazón palpitaba hasta romperse cuando pasó por la portería. ¿Habría en el cajón que! e estaba reservado alguna carta de Luciano... ¿L a estaría é l mismo esperando en el camino? E n el cajón no. había carta alguna... Luciano no estaba en la calle... P o r aquella mañana, Berta estaba libre. Esta seguridad hubiera debido calmar un poco su inquietud, pero no. P o r una falta de lógica muy legitima, la enamorada había deseado secretamente aquella peligrosa presencia, mientras l a parte razonable de su ser la temía hasta el punto de sugerirle el destierro. L a idea de que el joven no se había acercado a. ella después de haberse separado de aquel modo, la desgarraba como una flecha que se hunde más en l a carne a cada movimiento. Ejecutó exactamente, como era el rasgo saliente de su carácter, todos los actos que se había propuesto: la visita al profesor L o u vet, el interrogatorio del interno de Montpellier, a quien dijo que se trataba de una amiga. Pero su pensamiento estaba lejos de todos esos actos maquinales y una hipótesis siniestra acababa de ocurrírsele entre otras veinte. Sucede todos los; días que una revelación repentina precipita al suicidio a un hombre que ama. ¿Se habría matado Luciano al salir de su casa desesperado? E n vano se demostraba que esa catástrofe era imposible y que nadie se mata cuando sabe que es amado. Poseída de esta angustia asistió a la amputación y, una vez terminada, se dirigió a la fonda de la calle de Racine. Hubiera debido. no ir allí tampoco aquella mañana para permanecer dentro de su resolución, pero se apresuraba a llegar con la esperanza de que Luciano hubiera ido a continuar la conversación que ahora temía que, en efecto, hubiera sido la última. Luciano no había ido. Y al volver a su casa de la calle. Roüin, la portera le contó que un caballero se había presentado a preguntar si el señor Chambault se había instalado en casa de la señorita Berta Planat. -U n señor de cincuenta años, canoso, condecorado y con un aspecto muy distinguido. i E s el padrastro! -pensó B e r t a- Cuando ha venido a buscarle aquí es que Luciano no ha vuelto a su casa... Y por un instante, aquella ausencia de la caía paterna pareció a l a desgraciada una prueba sin réplica. Pero su sentido de los hechos le permitió en seguida oponerse esta objeción: Luciano hubiera escrito a su madre. N o no se ha matado... Está sufriendo. N o ha querido ver a su padrastro, porque no puede defenderme, y se ha ocultado en cualquier parte a devorarse el corazón. De un momento a otro se presentará, y es preciso que yo me haya marchado. Esta voluntad, que persistía automáticamente, á través de tan crueles agitaciones, determinó a l a joven a dar aquella tarde un paso muy sencillo. E n él debía encontrar, con gran sorpresa suya, una razón imperiosa para no marcharse y la prueba palpable de que su terror de por la mañana había sido una de las semialuclnaciones familiares al amor. Aquel paso fué una visita a Moret. S i Berta salía de París al día siguiente, pues ya no se trataba de marcharse en el mismo día, necesitaba entenderse con las personas que cuidaban a su hijo. Hacía aquella excursión todos los domingos, y, desde que trataba a Luciano, cada una de estas ausencias había sido para ella un suplicio, pues el joven podía extrañar que desapareciese regularmente una tarde todas las semanas. Tenía que tomar el tren a las dos, para estar en Moret a las cuatro y volver a las ocho. Además, y éste era un signo, entre otros, del error en que había vivido, las visitas al niño Claudio no le producían más que amargura. L a maternidad, asociada al recuerdo del despreciable seductor, era como una llaga en aquel corazón tan altivo. E l instinto animal no basta, para las criaturas refinadas como ella, en las relaciones de madre a hijo, como no bastan en las de mujer a hombre, y necesitan cultivar y ennoblecer esos sentimientos. en la familia. S i n la familia, una mujer no es completamente madre, y no hay familia fuera de ciertas condiciones establecidas por la naturaleza misma y que no dependen de ios Códigos escritos ni de las fantasías de nuestra inteligencia. Berta había desconocido esas condiciones y todas le eran contrarias. E s tas reflexiones se asociaban siempre en ella al aspecto de aquel Se contiw ¡m á.
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