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UN D POR I V O R C I. O PAUL BOHRGET (Be la Academia Francesa. (CONTIMJACION) pueblo apacible y gris, a brillas de su lento río y con su larga calle central, que termina en una puerta del tiempo de Carlos V I I A l bajar del tren aquel día no podía pensar en otra cosa que en aquella siniestra posibilidad de un suicidio de su amigo y, en todo caso, en las angustias de su partida, de la que aquella visita aMoret era la primera etapa. En este estado de sensibilidad ven- cida entró en la casita, pintorescamente apoyada en un resto de muralla y con una, huerta en la pradera... Los. propietarios, el señor Bonnet y su mujer, eran unos domésticos retirados que habían cobrado cariño al niño al verle en casa, de la nodriza, que vivía al lado. Esta mujer, tuvo. que salir de Moret y Berta pidió a los Bonnet que se encargasen del niño. Estos aceptaron y nunca se habló entre ellos del secreto del nacimiento de la criatura. Berta los encontró aquella tarde ocupados, él en su huerta y ella en jabonar, -mientras Claudio jugaba con un perrazo qué se dejaba complacientemente hacer mil diabluras, cuadro de tranquilidad doméstica que contrastaba cruelmente con la escena sufrida el día antes por la madre. Pero su melancolía se trocó pronto en una intensa emoción cuando la de Bonnet le dijo en el tono de una persona que no puede contener la curiosidad: que le. sería irAposible no hacer lo que aquella, carta le mandara, fuese lo que fuese. Era una esquela que no contenía más que estas palabras: Tengo que hablar con usted, Berta. A l ir mañana al hospital, pase a las nueve por el Circo romano, donde la esperaré. De lo que tengo que pedir a usted depende toda mi vida. Su amigo, L... L a plazoleta del Circo romano es por las mañanas uno de los rincones más solitarios de París, y debe su nombre a unas gradas de circo romano descubiertas en unas, excavaciones recientes, alrededor de las cuales sé han formado praderas y plantado unos árboles al lado de. la. calle de Navárre. Berta tenía que recorrer muy poca distancia para ir desde su casa a la plazoleta, pero aquellos tres minutos le parecieron muy largos cuando, después de una noche de impresiones contradictorias, se dirigió a aquel- rincón, donde iba a representarse, una escena nueva y decisiva del drama de su vida. (Hasta entonces Berta la había dirigido con su voluntad, aun en sus relaciones con Meján, y había podido engañarse lamentablemente, pero no había sido arrastrada a ningún acto. E n aquel momento iba como empujada y anegada en una ola de pasión que no le permitía ver claro. Era el desquite- -Claudio ha estado hoy muy mimado. Esta mañana vino a en ella de la mujer sobre la feminista, de la joven sobre la esyerle un amigo de la señora. tudiante, de la criatura impulsiva y tierna, incierta e incompleta, ¿Un amigo. que necesita el apoyo viril, sobre la orgullosa razonadora que ha- -Un tal señor Chambault... -dijo el marido. bía pretendido tenérselas tiesas contra la sociedad por la única E l rubor que asomó a las mejillas de la joven acabó de per fuerza del acto individual. Cuando vio a Luciano paseándose desuadir a aquella gente de que habían pensado bien. El -visitante lante de la verja del jardinillo, la flojedad de sus piernas le hizo era el padre. creer que no podría dar los pocos pasos que le faltaban para llegar a él... Pero Luciano la había visto y Salía a su encuentro. -Nos ha dicho su nombre y que venía de parte de. la señora de Planat. No hemos creído que debíamos negarnos a que diese Eh su, manera de saludarla, en su voz, en su mirada, conoció, con enternecimiento que era ya una dicha, que el joven no temblaba un beso al niño. -Y bien le ha besado- -añadió la mujer- Mucho le- quiere, menos que ella y, sobre todo, que no había cambiado. E l que estaba delante dé ella no era el amante desesperado. por sü confeporque tenía los ojos llenos de lágrimas... sión ni el hombre en delirio arrodillado. al lado del canapé y cuyos ¡Era aquél un hecho tan extraordinario y tan absolutamente besos, casi brutales, le habían dado miedo. Era el amigó de aqueimprevisto... Berta no tuvo fuerza ni para: sentir el alivio dé su atroz inquietud, tanto fué su estupor ante aquella noticia. L a líos diez meses, con su ferviente respetó y honrosa reserva. Mosmanera que tenían los Bonnet de espiar en su cara el efecto de traba en, el semblante la huella de la lucha: que había sostenido aquellas palabras, le devolvió la energía necesaria- para d siitíttór: -en aquellos dos- días. E l pensamiento de huir para siempre del su alteración, pues no podía soportar la idea de que el. más. mínir. trágico, desenlace. temido por Berta había, sin duda, atravesado por. aquella frente, en- la que se veía entonces una extraña serenimo secreto de su vida fuese objeto de las conversaciones de aquella gente. Tuvo, pues, valor para responder que el Sr. Chambault dad- Evidentemente, el joven sabía qué quería y lo quería después era, en efecto, uno de sus amigos y que habían hecho bien en. de uno de esos exámenes de conciencia en los. que el ser se redejarle ver al niño. Después les habló de su viaje posible y de. coge, por entero para no retroceder. ¿Qué quería... L a importanla fecha en que les pediría entonces el pequeño. A l hablar de ese cia: de lo que iban a decirse era tan grande, que ambos se recoviaje después de lo que acababa de saber; Bertiá, la doctrinaria de gieron y se- callaron, cómo por instinto, y se dirigieron juntos las sinceridades intransigentes, sabía be que no era. verídica. hacia uri banco casi oculto entre los arbustos, en los que apuñin Mantenía ante su orgullo la resolución de rGrá pimieñto definitivo, alaban vagamente los botones, de las primeras hojas. L a primavera reía ya en el. azul dulce y pálido del cielo y, el sol pero la mantenía sin creer en ella, pues una voz -interior, a ja que no mandaba ya callar, le decía que los sentimientos de Luciano brillaba en el boj reluciente de los, senderos, produciendo en los dos jóvenes- una impresión de paz que templaba sus nervios, derespecto de ella no eran los que había creído. N i ella podía dejarle así después de saber aquella- visita, ni él la dejaría marcharse, masjiado vibrantes. Muchas veces habían ido allí a tener aquellas sin- haberla visto y hablado. E l haber ido a buscar a aquel niño, discusiones: de abstrusa filosofía con que trataban dé engañar los cuya existencia le había arrancado un grito de. agonía, y el ha- irresistibles impulsos del corazón. ¡Qué lejos estaba aquel pasaberle acariciado con lágrimas, significaba un cambio en el corazón do para Berta, que no era ya más que una enamorada pendiente de Luciano que ya debía haberle impulsado hacia ella. Estaba ser! del deseo y de la voluntad del hombre amado... Luciano, en camgura de que a su vuelta a París se encontraría, con una carta y. no bio, seguía siendo, en aquella crisis de pasión, el intelectual acostenía ya más que un pensamiento: llegar a; las calle Rpllin, ver á; tumbrado. a. sistematizar sus sentimientos y sus actos. Esos caLuciano y explicarse con él ¿Dónde estaban ya sus heroicos racteres, que debieran estar preservados de ciertos impulsos, son proyectos de destierro... Pero ¿había, en ella realmente con- capaces de los más extraordinarios rasgos románticos cuando sus tradicción? Aquel de quien quería huir era el amante ardien- teorías concuerdan con los movimientos irreflexivos de su instinto do de celos, devorado de desea y de. pfsión desesperada; no y se dan razones suficientes para obedecer a sus deseos. el enamorado capaz del movimiento de ternura que suponía aquel- -Ayer estuvo usted en Moret, Luciano- -dijo Berta, rompientieso al hijo de otro. Cuando llegó a su casa a las ochó y yiq en el cajón la carta esperada en van? aquella mañana, sintió (Se eg Umafjái.
 // Cambio Nodo4-Sevilla