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E LA GUERRA EL TEAT (Batalla del Marne L a constancia con que reniega el hombre de sus ideales en la práctica, o, dicho de otro modo, la tenacidad con que opone sus actos a sus palabras, hace dudar de los fines de la civilización. Nunca se ha hecho una propaganda tan solemne del pacifismo como ahora, y, sin embargo, nunca se ha visto la vida humana tan menospreciada como ahora. Este desconcertante ilogismo, ¿no será una demostración de que la hipocresía es la actitud m á s corriente del espíritu? ¿O será la prueba de que estamos condenados a no realizar en la tierra más que las obras que proyecta nuestro egoísmo a espaldas de todo ideal? Sellada la paz con el Convenio de V e r salles, toda invocación de carácter belicoso parecía una blasfemia, y durante mucho tiempo nadie se atrevió á acudir a la guerra públicamente, como no fuese para maldecirla. E n la imposibilidad de borrar el pasado, humillante para el vencido y triste para el vencedor, los pueblos se aplicaron a desprestigiar las empresas de las armas desde el teatro, desde el libro y desde la tribuna política. ¿Q u é no se habrá discurseado y escrito desde el armisticio acá para desacreditar la guerra? Y es que el hombre no pone la planta en los dominios de lo absoluto m á s que cuando se embriaga con el alcohol verbal. Recobrada la lucidez vuelve a pisar en lo relativo, que es su tierra familiar, y a sentir de veras lo que es: un instrumento m á s o menos consciente) de fuerzas cuyo origen ignora. Hubo un tiempo en el que para tener algo y apropiárselo bastaba con descubrirlo. Su conquista era casi coser v cantar. Ahora, como todo el planeta esta descubier- to y explorado, para tener algo es indispensable quitárselo a su dueño. E n cuanto en un país el vientre femenino se manifiesta demasiado polífico, el Gobierno premedita un ensanche de fronteras, de donde resulta que la geografía política ha venido a ser como un capítulo de la obstetricia. ¿Que los nacimientos superan con mucho a las defunciones? E l presidente del Consejo de ministros fruce el entrecejo, las fuerzas vivas se agitan y la Prensa recoge el anhelo colectivo que pide una expansión territorial pero corno eso no se podría conseguir por. la persuasión, se duplica el. presupuesto de guerra. Hasta el Gobierno bolchevique se está armando con disimulados designios imperialistas. Entonces, para qué seguir flameando la bandera de la paz en Ginebra y en otras urbes intoxicadas de retórica humanitaria? N o lo comprendo. Y o me pregunto, haciendo mía la curiosidad de otros escritores: ¿Q u é se ha propuesto Andrés Obey dando a la escena su poema dramático sobre la batalla del M a r- ne? ¿E v o c a r una serie de imágenes épicas para reconstruir con ellas una epopeya? ¿E n a r d e c e r el patriotismo francés? ¿D e s viarlo de la vacua propaganda nacifista tan del gusto de las democracias? E l propósito del poeta no está claro. L a misma timidez con que ha sido emprendido y realizado nos deja más a obscuras. Andrés Obey nos escamotea la presencia del enemigo en la obra. Los alemanes, aludidos muchas veces y siempre con cortesía que no excluye el odio al invasor del territorio, no comparecen. Su intervención nos es sugerida, musicalmente, por medio de unos coros de Juan Sebastián Bach. Pero los cascos prusianos no se hacen visibles. Conocemos los movimientos del invasor y las alternativas del combate por referencias de un testigo, un mensajero que nos reci -rda el que se presenta a Atorza en la tragedia de Esquilo para miormarla del desastre de ios persas. Esa omisión, que algún crítico ha censurado, simplifica, y, ¿por qué no decirio? empequeñece la empresa del poeta. L a obra conserva, sin duda alguna, el acento patriótico que él se prepuso imprimirla; pero, privada de lo que pudiéramos llamar el concurso belicoso del enemigo, pierde toda humanidad. Es un himno ai. heroísmo nacional, pero no una tragedia. Para serlo le falta la complejidad interna de la que surgen los constrastes. N o es sólo grande el que se defiende. Quizá el que ataca supere su mérito. Los espacios m á s luminosos de la Historia no están ocupados por los nombres de los que defendieron algo, sino por la audacia de los que pretendían arrebatárselo. Nada tan lejos de nri ánimo como el entrar ahora en un examen técnico de la batalla del Marne, ganada por el talento militar del gran Estado Mayor francés y por el arrojo de los soldados. Aparte de que carezco- de toda competencia para ello, non est hic locus. Pero como espectador de una obra de teatro, a la que la A c a demia Francesa ha otorgado el honor de un premio, confieso que esa obra no me entusiasma. E l dramaturgo debió afrontar el asunto en toda su amplitud. Todos los aciertos de evocación sintética del esta lo de espíritu del gran pueblo invadido, de. as fluctuaciones por que pasó, no me compensan de lo que yo echo de menos, y es la presencia viva y activa del enemigo, ebrio del empuje imperialista, adquirido a partir de su victoria de Sedán, merced a la autosugestión que opera el. triunfo sobre el es- píritu colectivo. S i Francia se mostró ¡m g nífica en su resistencia, no estuvo la gallardía del invasor por debajo de la entereza del invadido. A l g o de lo que han dicho lo. escritores alemanes sobre la mentalidad de su país en aquellos días de barbarie destructora no hubiera parecido ocioso en la. obra de A n d r é s Obey. A u n sin salir de sus m é todos sintéticos pudo el dramaturgo, sin Cuente usted fas pocas pastillas que a h o r a gasta e n t o d o el mes desde que lava c o n J a b ó n La C i b e l e s y recuerde cuántas tenía que gastar antes. En seguida notará la economía. Y no s ó l o e n el gasto d e Jabón. Y a no desecha usted tantas prendas gastadas por las lejías y el continuo restregar. El lavado es suave y la ropa no envejece; queda limpísima, sin zurcidos y c o n olor sano. aben La C i b e l e s descarga usted d e sus g a s t o s m e n s u a l e s un buen montón de pesetas: un g r a n a l i v i o en estos t i e m p o s de v i d a c a r a-
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