Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
DIARIO DO. S 1 M 10 AÑO O ILUSTRAVI G E CTAVO NUMERO DIARIO DO. SI 10 M ILUSTRAV 1 GEO AÑO OCTAV CTS. CTS. NUMERO F U N D A D O E L i. D E JUNIO D E 1905 POR D. T O R C U A T O L U C A D E T E N A UN DE COLMO SECTARISMO E l desahucio de la Virgen del Pilar Confieso que me ha causado la noticia honda y sincera emoción. E l alcalde de Zaragoza ha mandado retirar del salón de sesiones del Ayuntamiento la imagen de la V i r g e n del Pilar, con el asenso de la mayoría de los concejales. Y seguirán diciendo las izquierdas republicanosocialistas: Nosotros no vamos con. tra la religión, lo único que combatimos es el clericalismo ¿Cuándo ha tenido la V i r gen del Pilar nada que ver con el clericalismo? N i siquiera es un símbolo meramente religioso. A su innegable significación piadosa, dentro del culto católico, y sobre todo del sentimiento religioso español, une en Zaragoza un valor regional, histórico, social, hasta civil. Y o he conocido, de niño, gentes que no cumplían con parroquia y que visitaban todos los días el santuario del Pilar. Mariano de Cavia, escribió hace muchos años con el título El ateo en misa; un hermoso artículo pintando el caso de un viejo aragonés que en sus andanzas por el mundo había perdido la fe, y que al regresar a su patria se postraba de hinojos en la santa capilla. Se podrá separar la Iglesia del Estado, pero no se podrá separar la vida municipal de la emoción religiosa y, sobre todo, no se podrá separar a Zaragoza de la V i r g e n ¿el Pilar. N i el alcalde ni el Ayuntamiento de Zaragoza, que han arrojado a la V i r g e n del salón de sesiones, podran arrancarla dei alma de los zaragozanos. Ellos, los concejales, son los que, al privarse de la presencia simbólica, hondamente espiritual, de la V i r g e n del Pilar, resultan dejados de la mano de Dios. Y o he sido concejal de Zaragoza en un Ayuntamiento que tenía mayoría republicana. E n aquella mayoría había un puñado de federales de los que lucharon el 4 de enero de 1874 defendiendo, en las barricadas, la primera República contra el golpe de Estado de Pavía. Pues aquellos republicanos que vertieron su sangre por la República, compañeros de los voluntarios que murieron heroicamente en el A r c o de Cin? j a arrostrando, estoicos, el fuego de la A r tillería con fusiles de chispa, fuera de cuyo alcance estaban emplazadas las baterías del Gobierno; aquellos republicanos viejos y consecuentes deliberaron siempre presididos por la V i r g e n del Pilar. Su imagen presenció el acuerdo unánime del Ayuntamiento nombrando hijo adoptivo y predilecto de Zaragoza a D. Joaquín Costa. Y yo tuve el honor de explicar el voto de la minoría, ensalzando los méritos del gran aragonés. E n el homenaje dedicado recientemente a! ilustre polígrafo por el Ateneo de M a drid, dijo Unamuno que él sospechaba que Costa creía en la V i r g e n del P i l a r Y o que conocí y traté íntimamente a Joaquín Costa, le puedo decir al maestro Unamuno que Joaquín Costa, como D- Francisco Giner, no tenía creencias religiosas. Fué enterrado religiosamente porque, nacido en el seno de la Iglesia católica, nadie sabía que hubiese sido excomulgado. Y o no recuerdo, sin embargo, haberle visto en misa. ¡A h! Pero Joaquín Costa era un espíritu liberal, lleno de tolerancia para las ideas y de respeto a los sentimientos religiosos. Unos jóvenes compañeros de hospedaje quisieron, en presencia suya, burlarse de un pobre cura r u ral que acababa de llegar a la misma pensión. Y Joaquín Costa, que no iba a misa, defendió al pobre sacerdote, pidiendo para él los mismos respetos que guardan las cabilas marroquíes a los frailes franciscanos de las Misiones españolas. Y si Costa v i viera, no aplaudiría ciertamente el desahucio de la V i r g e n del Pilar, hecho por un alcalde zaragozano. Joaquín Costa conoció la República del 73, y ni a él n i a nadie se le ocurrió pensar en arrojar a la V i r g e n del Pilar de Zaragoza. Pero qué más! Todavía pueden verse en algunas estaciones de ferrocarril los carteles anunciadores de las fiestas de Zaragoza en el último mes de octubre. Todos ellos llevan por epígrafe, con letras bien visibles, Fiestas del Pilar. Pues si las fiestas más no pulares de Zaragoza, proclamada ya la República y reunidas las Cortes Constituyentes, invocaban, propagaban y proclamaban el P i l a r sagrado, ¿por qué este acuerdo de ahora, notoriamente contradictorio? ¿E s que las fiestas de Zaragoza, de octubre de 1.932, se van a llamar fiestas republicano- socialistas? Sería cosa de que la Comisaría del T u rismo tomase cartas en el asunto. Porque las gentes van a Zaragoza por visitar a la V i r g e n del Pilar y no, ciertamente, por ver qué cara tienen los concejales. ANTONIO R O Y O VILLANOVA carmesí; los candatarios, cubiertos de vestiduras moradas; unos sacerdotes negros, con birretes de púrpura; unos obispos maronitas, con sus amplios trajes, idénticos a los de los popes ortodoxos, y sus altos bonetes, de los que penden largos velos de muelle crespón. Pasan obispos, muchos obispos ¡t o d o s con rozagantes vestiduras. E n un ángulo del baldaquino de Bcrnisio se juntan varios dignatarios eclesiásticos, con trajes negros y dulletas de pieles grises, y junto a ellos un oficial de la Guardia suiza, con su casco de acero y su traje de terciopelo encarnado, parece un modelo que el maestro Hodler hubiese vestido para un cuadro histórico. Mas a medida que el tiempo pasa y la muchedumbre se va acomodando, estos colores se. juntan en el paso central que divide la muchedumbre y en las amplias gradas que preceden al altar de l a confesión, donde el Pontífice. ha de oír l a misa, y en el público reina el negro como único señor, y la sola nota alegre, casi de fantasía mundana, si puede decirse, la dan las cofias, volanderas y blancas, de cien formas diversas, de las monjas y religiosas, que asisten como en éxtasis a la ceremonia. E n el tocado de las señoras pueden apreciarse las m i l maneras de colocarse un velo, cubrecabezas femenino, que el protocolo pontificio impone a las mujeres que asisten a ceremonias vaticanas. L a clara basílica, verdadero templo alegre y ostentoso de una Iglesia triunfante, recoge aquella multitud enorme sin apreturas ni estrecheces. E s el palacio de una religión ampliamente acogedora, donde todos, altos y bajos, gozan de la misma paternal hospitalidad, y donde el mármol, el oro, el bronce, el jaspe, las estatuas admirables, los mosaicos espléndidos son disfrutados por todos y están allí para todos. H a y graneles tribunas, hay miles de sillas; la multitud hormiguea hasta perderse de vista, y, sin embargo, el recinto es tan grande, que aún hay sitio para más gentes; que todas las del mundo entero parece podrán entrar en San Pedro de Roma, para que allí Cristo Jesús las reciba. Conforme va pasando el tiempo, semeja que en el ambiente del templo va vibrando una profunda ansiedad, y empiezan a cua- jarse los elementos de una emoción potente y arrolladora. Muchos rostros palidecen en la espera, y los ojos brillan pujantemente. A distancia, en uña lejanía que la inmensidad del templo hace semejante a la de un campo ilimitado, suenan de cuando en cuando como ruidos de oleaje proceloso, de ráfagas violentas que llegan por la anchurísima nave central cual traídas de un mundo remotísimo. De pronto suena, crepitante, una salva de aplausos. E l Papa ha salido ya del Vaticano; debe acercarse. Luego un silencio profundo, total. L a multitud está petrificada en una espera intensísima. Y en el silencio suenan repentinamente las famosas trompetas de plata. Su son admirable, purísimo, diáfano a fuerza de ser claro, sube como una música supraterrestre, repercute en los techos, asciende ilimitadamente por la bóveda inmensa, y no se sabe y a de dónde llega, ni adonde va, pues el espacio todo se llena con el sonido angélico que va desgranando lento las despaciosas notas esplendentes de una marcha triunfal llena de magnificencia. Suenan otra vez los aplausos, subes, g r i- CROQUIS La misa de Pío XI E l inmenso ámbito- de San Pedro se v a llenando, aunque no del todo, pues quedan en la enorme iglesia grandes claros, no obstante los 35.000 espectadores acudidos a presenciar la misa solemne con que se celebra el X aniversario de la coronación de Pío X I quien asistirá al acto. Entre la- muchedumbre, mate y obscura por el color negro impuesto a los trajes de hombres y muieres, brillan de vez en vez admirables uniformes palatinos, los tricolores de los suizos, que dibujó Miguel Ángel allá en los fulgentes tiempos renacentistas los de los camareros secretos participantes, tan graciosos y señoriles, con su gola rizada, su áureo triple collar, su capa, corta v volandera; los. de los guardas nobles, rojos blancos; con su espléndido coruscante casco, coronado de penachos negros, y de donde cuelgan hasta media espalda revueltas c r i- nes. que evocan desmelenadas cabelleras de mujer. También circulan entre los densos grupos los caballeros de Malta, vestidos de Lea V. man
 // Cambio Nodo4-Sevilla