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IV POR PAUL baigo, la verdad... ¿De dónde le venía aquella especie de calma que le daba miedo? -Entonces- -continuo Luciano- -saDes que me dejé llevar a decir palabras que no pienso... Necesito que tú estés bien segura de que no las pienso... -Tu padre no me ha repetido lo que le dijiste y ha querido olvidarlo. ¡A h! Quiérele mucho, Luciano, porque él te quiere a ti, y al querer que vieses. claro sobre esa indigna mujer... ¡No hables así, mamá! -interrumpió el joyen con una energía que acabó de confundir a su madre. Luciano, se levantó bruscamente al sentir aquel ultraje a la que amaba, y dijo después con despego: -Yo tengo la culpa. Debí escribir a papá o verle a él primero para explicárselo todo... Oye, mamá; sabes cuánto te quiero, cuánto te respeto y qué incapaz soy de mentir... Pues bien, te doy mi palabra de honor de que papá ha sido engañado y de que la. persona de que se trata es una de las más altas y puras conciencias que se pueden encontrar... Pero esto te lo dirá él mismo... E l ha lanzado la acusación y él debe retirarla. Cuando haya hablado conmigo la retirará... Está en su desnacho, me ha dicho el criado. Voy allá... Y antes de que su maare pudiese impedírselo había llamado a ía puerta de la habitación de Darrás. Cuando la cortina cayó detrás de él, Gabriela tuvo un momento la intención de entrar e interponerse entre los dos hombres, que se veían por primera vez después del terrible choque del otro día. ¡Las palabras que acababa, de decir Luciano indicaban unas ideas tan distintas de las que Alberto y ella esperaban! Que Darrás pronunciase una palabra imprudente, y Luciano e sublevaría de nuevo de un modo acaso irreparable... Pero su buen sentido de mujer hizo pensar a Gabriela que su presencia podía exasperar el irritable orgullo de su hijo, y, sobre todo, apasionar un debate que: debía permanecer en el terreno de los- hechos. Luciano no se habría expresado con tal energía si no creyera tener pruebas ciertas en apoyo. de su opinión. Las daría, y, ¿quién sabe? acaso tuviera razón, y Alberto, tan escrupulosamente sometido a la verdad, se convenciese... ¿Qué pasaría entonces? E l temor de que Luciano pensase casarse con Berta Planat pasó por la mente de la madre, y, ante aquella nueva amenaza de lá suerte, experimentó la sensación de una fatalidad encarnizada contra ella. Su matrimonio estaba, pues, maldito, y aunque las oraciones de aquellos días no hubiesen apartado de su cabeza ninguno de los peligros que le amenazaban, cayó de rodillas e imploró a Dios de todo corazón... Dé vez en cuando apercibía el oído creyendo que se oían voces en la pieza inmediata... Luego decía: Me he engañado... y continuaba su rezo. Cuando Luciano entró en el despacho de su padrastro, estaba éste sentado a su mesa y, al parecer, leyendo un papel; pero si el joven hubiera estado sereno hubiera visto que aquella hoja no tenía traza alguna de escritura. E l padrastro no quería haber espiado a su hijo, y oficialmente ignoraba hasta aquel momento que había vuelto a casa y que iba a entrar en aquel cuarto. Cuanto más fuerte es un carácter, mejor equilibradas están las piezas que le componen, es decir, más tiene los defectos propios de sus cualidades. L a extremada tensión de voluntad en que sus teorías hacían vivir a Darrás le hacía incapaz de esa gracia espontánea que las naturalezas más débiles, pero también más humanas, encuentran a su servicio en las crisis muy difíciles. E l instinto de su corazón hubiera sido en aquel momento abrazar a. Luciano, como lo había dicho, y repetirle la frase de su madre: S i sufres, hijo mío, apóyate én mí Pero sabía que el joven no le consideraba como padre, y el conflicto de hacía dos días le había confirmad en esa creencia. Y esto hacía que, en agüella hora de explili O R BOU RGET (De la Academia Francesa. CONTINUACIÓN) cación solemne, su. expresiva fisonomía estuviese contraída y cerrada. Luciano percibió en seguida la diferencia entre ésa acogida y la de su madre. Tenía de nuevo delante de él al extraño. -Darrás, sin embargo, le ofreció la mano y le dijo: ¿Eres tú, Luciano? Y a sabía yo que volverías, y celebro en el alma que sea tan pronto. Tu madre ha estado enferma de inquietud y tu presencia le habrá hecho tanto bien como á ti la suya. No hablemos de lo que pasó entre nosotros el otro día, ¿verdad? Está olvidado. Estás con nosotros otra vez y esto és. lo; único que importa... -Deseo, por el contrario, que hablemos de ello- -respondió el hijastro- Con esta intención he vuelto, ya se lo he dicho a mamá. Hubiera debido escribirte o verte antes que a ella, -pues la cuestión se planteó entre tú y yo, y tú y yo debemos resolverla. Pero hay un punto que es preciso arreglar ante todo. Quiero decirte que deploro las palabras duras que se me escaparon anteayer en la exaltación del. sufrimiento. -Fueron muy naturales- -le interrumpió Darrás- Debí ha cerie la penosa advertencia que te hice, pero graduando ciertas revelaciones y preparándote a recibirlas. M i excusa es que te veía correr un gran peligro y quise arrancarte de él en seguida. Pero repito que nunca he dudado de que volvieras. Te conozco y sé que eres, el honor mismo. A los hombres como tú se les pusde engañar y extraviar, pero no es posible perratirios... L a fij nomía de Luciano se ensombreció al oír aquel elogio que sup ía ía misma severidad de juicio respecto, de su amiga que le había indignado dos días antes. Pero esta. vez consiguió dominarse. ¿Quá- quería? Que su padrastro tuviera que hacer justicia a Berta e virtud de sus propios principios. Para esto Había n que emprender una discusión de ideas, y las últimas palabras áe Darrás daban una ocasión, que Luciano se apresuró a aprovechar. -Todo lo que soy a ti te lo debo- -dijo- Tú eres quien me, has dado tcilas mis convicciones: la fe absoluta en la conciencia ante todo y en la justicia después, puesto qué la una crea a la otra. ¿Qué es la justicia sino el respeto religioso de ¡a conciencia individual y e! culto de la verdad, sea la que quiera? Esta es tu doctrina, la que te he visto practicar siempre. También es la mía y espero practicarla hasta el fin... Cuando me separé de ti anteayer vi claramente dos puntos: el primero, que no podías ni haberme, mentido ni haber acusado a la ligera a un inocente, sobre todo siendo una mujer; el segundo, que mi deber era advertir inmediatamente a la señorita Planat. Era acusada: y tenía derecho a defenderse. A l salir del Banco me fui derecho a su casa. -Jtfás hábil hubiera sido una información impersonal y pre vía- -hizo- observar Darrás- Pero no soy yo quien acusará a nadie de. no ser hábil. Aun sin conocer, a esa joven pensé yo un momento én hacer lo que tú... También a Darrás le chocaba el tono de su. hijastro én uní situación a la que no había visto más que dos salidas: que Ltir ciano perseverase en su ilusión, y entonces las pruebas decisivas obtenidas por ej ministerio, del Interior vencerían su, credulidad, o que el joven reconociese la verdad, y en ese caso el rompimiento era cierto. Por eso oía con estupor a su discípulo, a su pen- Sarniento prolongado y viviente, seguir diciendo: -He contado a Ta señorita Planat lo que me habías dicho, y tal como me lo habías, dicho... Estabas bien enterado. Berra ha vivido, en efecto, unos meses, hace cinco años, con ese Meján. Ha tenido un hijo que ejla está criando en Moret. N ó h e necesitado interrogarla, pues ella misino ha salido al encuentro de mis preguntas y me ha dado los detalles más positivos sobre esta tris; St cMtjmuará.