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POR PAUL BOURGET (De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) ¿Y no piensas que tu madre posee el derecho moral de no tener esa nuera, y tu hermana el de no tener esa c u ñ a d a ¿Y el n i ñ o? ¿N o s le vas a traer... -M i madre, me tenía a mí cuando te casaste con ella y no vacilaste en ayudarle a reconstituir su vida... N o os pido sino que me permitáis hacer lo que habéis hecho vosotros. ¿L o que hemos hecho nosotros... ¿T u madre... ¿T u madre... ¿Comparas a tu madre con... Y D a r r á s se dirigió a su hijastro con los puños levantados, mientras éste cruzado de brazos y sin retroceder, repetía: -S í las comparo, y eso prueba el respeto que me inspira la señorita Berta Flanat, mi prometida... -N o quiero pegarte- -dijo el padrastro, pasándose l a mano por la frente, como para ahuyentar la funesta tentación de la violencia- N o quiero, a causa de esa madre, a la que acabas de insultar tan vergonzosamente. Pero es mi mujer, y vamos a ver si repites esa infamia delante de ella... Y sin que Luciano pudiera evitarlo, le cogió por un brazo y le a r r a s t r ó al saloncillo, donde uno y otro, a pesar de lo altera dos que estaban por las palabras que acababan de pronunciar, se! quedaron inmóviles y sorprendidos ante aquella mujer que oraba de rodillas y coíi la cara oculta entre las manos. D a r r á s palideció al verla a ú n en medio de su cólera. H a c í a tiempo que ciertas fra ses y ciertas melancolías de Gabriela le hacían temer un cambio del que ahora veía una prueba evidente. A L ruido de pasos, Gabriela se levantó y se quedó en pie ante su marido, que tenía cogido a su hijo por un brazo. ¡A l b e r t o ¡L u c i a n o ¡S i me quieres, d é j a l e Y tú, Luciano, ¿qué has dicho otra vez... ¿Q u é os habéis dicho... ¡O h! ¡Qué daño me h a c é i s Y Gabriela se puso las manos en el pecho, como para comprimir los latidos de su corazón. Después añadió con acento desgarrador ¡Pero habladme, habladme... -Que te hable él- -dijo D a r r á s señalando a su hijastro- Que te repita lo que acaba de decir... Ahora le da vergüenza... ¿Sabes lo que viene a pedirnos? Casarse con esa muchacha... -i Casarse con esa muchacha! -repitió la madre, f- -Sí- -insistió D a r r á s- casarse... ¿Y sabes con qué ha comparado ese deshonroso matrimonio... M e quema los labios el repetirlo, pero su castigo será que sepas cómo ha sentido y hablado... ¡Con el nuestro, ¿entiendes? con el nuestro... Esa aventurera que ha recogido en las aceras del barrio Latino... ¡Cállate... Este, grito del joven, que se lanzó a su vez hacia su padrastro, se mezcló con otro grito de la madre. Gabriela se había interpuesto entre ellos; pero Luciano seguía diciendo, dirigiéndose a ella: ¡Dile que se calle o yo sabré hacerle callar... ¡L e prohibo que calumnie a esa m u j e r ¡Se lo prohibo... ¡M e lo prohibes- Ahora me insultas a mí, después de haber insultado a tu madre... -N i te insulto a ti ni la he insultado a. ella... He venido por deí lerenda hacia los dos, cuando no podía venir, pues el que tiene derecho legalmente a oponerse a ese matrimonio es mi verdadero padre. Quiero casarme con una mujer a quien amo y a quien respeto absoluta y completamente. H e esperado encontrar en ti un apoyo, porque te creía consecuente con tus ideas. N o lo eres, y toe dirigiré sólo a mi madre para tener su consentimiento. -Mientras yo viva no lo tendrás... ¿L o has oído t ú también? ¡Jamás, j a m á s S i te casas con esa criatura, tu madre habrá muerto para t i Necesito que me lo diga ella misma- -respondió Luciano- t E r a mi madre antes de ser tu mujer. Veremos si es tu mujer más que mi madre... ¡D e s g r a c i a d o -e x c l a m ó D a r r á s fuera de. sí- ¿quieres matarla... Y le mostró a Gabriela, que se había dejado caer en una silla con los ojos fijos, la boca abierta y los brazos colgando, como si el golpe que acababa de asestarle su hijo hubiera siéo de esos cuyo sufrimiento moral entra en el dominio de la locura. También L u ciano, al verla, lanzó un grito de consternación. Pero su padrastro le dijo con l a voz de un hombre furioso que dentro de un minuto no será dueño de s í ¡V e t e ¡V e t e por piedad, por e l l a ¡V e t e Y el joven salió de la habitación. Nunca su orgullo de hijo tuvo que doblegarse a mayor sacrificio. Acababa de comprender que si se prolongaba aquella disputa su madre se moriría de dolor, allí, a su vista. Dos minutos después, el ruido de l a puerta cochera al cerrarse anunció que el hijo de la divorciada salía de la casa materna, ¿p a r a volver cuándo y cómo... Aquel golpe pareció que devolvía la conciencia de la realidad a Gabriela, a la que su marido, con besos y súplicas, trataba en vano de arrancar una palabra. Aquella señal de la salida de su hijo l a despertó de repente de su horrible sopor: ¿S e ha marchado... -gimió- ¡A h! amigo, mío, corre í, buscarle, tráele... -N o puedo- -respondió D a r r á s- Y aunque pudiera, no 1 traería. Y a lo has visto: en esté momento está loco... -No- -dijo Gabriela con un acento que hizo estremecerse a sS marido- no está loco. E l es quien tiene razón. ¿Q u é quieres decir... -L o qué te digo: que tiene razón. Y o no soy m á s que esa mu chacha... N i tú ni yo tenemos derecho a condenarlos... Te amo, Alberto mío- -dijo mirándole con unos ojos en los que se veía al fin toda la agonía de sus escrúpulos- y a causa de ese amor te estoy ocultando hace meses lo que me devora... A h o r a es preciso que te lo diga para que perdones a Luciano, que no es m á s que el instrumento de la justicia divina... T ú nunca has creído, amigo mío. T ú no sabes lo que es haber tenido a Dios consigo y no tenerle ya. Cuando nos casamos, había sido tan desgraciada y tú me amabas tanto, que creí tener derecho a reconstituir mi vida contigo. H o y sé que no lo tenía. No- -continuó exaltándose- no lo tenía, porque era la mujer de otro ante D i o s ¿A n t e qué Dios... -respondió D a r r á s N o se trataba ya de los extravíos de su hijastro. L a repentina exclamación de su mujer había hecho que su cólera se trocase en un estupor de espanto ante la úlcera que se descubría en lo m á s secreto de su matrimonio. -T ú no crees eso, Gabriela- -dijo- N o puedes creer que no has obrado bien aceptando el recomenzar tu vida conmigo tan honrada y lealmente y conforme a una ley de prudencia y de progreso. Sería renegar nuestro pasado y no puedes hacerlo... -N o reniego nada- -dijo Gabriela- Tengo remordimientos... ¿A n t e qué Dios? Ante el de mis padres y de los tuyos; ante el Dios a quien aprendí a rezar cuando era n i ñ a ante el Dios a quien reza mi h i j a ante el Dios del Evangelio y de l a Iglesia, H a b í a perdido l a fe y la he recobrado... L o que está pasando hace tres días me prueba que tengo r a z ó n nuestro, hogar está maldito. Viene el castigo porque estamos en rebelión contra E l porque le ultrajamos todos los días, porque... -vaciló un segundo, pensando en k frase del padre E u v r a r d confesar con l a boca lo que se cree, para obtener l a salvación ¡A h! lo diré todo; conocerás mi corazón, que te quiere tanto, pero el grito de la conciencia puede m á s porque no estamos casados... SV cmtinuaré. m