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P OR PAUL BOURG ET (De la Academia Francesa. ¿CONTINUACIÓN) (Vil SILENCIOS Hay en el. Evangelio una. frase misteriosa sobre la venida del Salvador: Será colocado como un signo de contradicción L a historia de los pueblos no es, desde hace mil ochocientos años, más que un largo cumplimiento de esa profecía, que se realiza de un modo más sorprendente, acaso en circunstancias humildes y a propósito de simples destinos individuales, cada vez que se plantea el problema religioso, como, en Gabriela Darrás. Este problema permanece tan vivo, tan actual, tan interesante, que los más incrédulos no se ponen jamás enfrente de él con la indiferencia absoluta que implicaría. la negación total. Este problema va a hacer vibrar, en nuestro ser moral unas cuerdas secretas que a veces ignoramos nosotros mismos, las de nuestras más lejanas e íntimas herencias biológicas. A esa llamada se despiertan en nosotros mil atavismos latentes e inconscientes y esa austera voz de los muerdos que hablan como ha dicho un gran escritor. Se hubiera ciertamente asombrado Darrás si se le hubiera predicho que un día Su dulce y tímida Gabriela, tan sumisa de inteligencia y de corazón, por abnegación y por debilidad, se levantaría contra él, sublevada y sostenida por una fuerza invencible. Y menos aún hubiera- creído que él mismo experimentaría contra aquella frágil criatura. un movimiento de orgullo herido y de, furioso despotismo. Algunas veces; había temido, sin admitirlo jamás, aquel renacimiento de devoción, y al saber que aquella mujer, su mujer, había podido ocultarle tanto tiempo tal secreto, se sintió dominado de tina cólera que se trocó en indignación cuando Gabriela dijo su terrible frase: No estamos casados... Aquel ultraje, lanzado por tal boca, a sus doce años de feliz intimidad, al honor de su matrimonio a la nobleza de su hogar, le hirió en el corazón y todo su ser se estremeció como si hubiera recibido una bofetada. Las palabras le faltaron y se quedó un momento en pie delante de Gabriela, aterrorizada ya por lo que se había atrevido a decir. Aquel fué el momento de emoción más intensa que los dos esposos habían experimentado desde qué Darrás pidió en matrimonio a la señora de Chambault. ¿No estamos casados... -repitió por fin Darrás. Y añadió imperiosa y brutalmente- ¿Qué cura te ha metido en la cabeza esa criminal insensatez, -Ninguno- -respondió Gabriela resueltamente. ¿Quién es ese cura? -insistió Darrás con violencia de sectario- Porque en esto hay alguno. He querido cumplir la palabra que te di cuando nos casamos, y ésta es mi recompensa. Has ido a la iglesia con tu hija, has hablado con curas y éstos han visto en ti una presa que conquistar y una presa rica. No pueden soportar el honor de un matrimonio que no es su obra ni el acuerdo de un hombre y una mujer que han prescindido de ellos. ¿Qué importa a su fanatismo que ese hombre y esa mujer sean desgraciados? ¿Qué importa que se disuelva ese hogar pacífico, respetado dichoso... ¡Ah... i Cómo los odio... -No acuses a nadie, Alberto; no tienes derecho. ¿Por qué quieres que te jure que ningún sacerdote ha influido sobre mí... ¿Por nuestra hija... Te lo juro sobre su cabeza... He recobrado la Je yo sola... ¿Cómo y cuándo? No lo sé... He visto a Juana rezar, la he visto creer y a través de mi hija me ha vuelto toda la piedad de la infancia. Y ahora creo. Creo en Dios, en el Evangelio, en la Iglesia, en los sacramentos. No puedo arrancarme de la mente esas creencias como no puedo arrancarme esa luz de los tojos. ¡Un sacerdote... Si yo hubiera podido perder la fe, los sacerdotes me la hubieran quitado. Sólo he visto a dos en un año, y han sido tan duros, tan intransigenteSj el mejor... Uno de ellos a u n era, sin embargo, un gran sabio al que tú admiras: el padre Etjyrard... ¿Y el padre Euvrard se ha prestado a recibir las visitas clandestinas de una mujer a espaldas de su marido... ¡Y yo que no estaba lejos de compadecerle porque le aplicaban las nuevas leyes... ¡Qué justas son esas leyes y qué prudentes... ¡El padre Euvrard... ¡Qué infamia... -No le he visto más que una vez, y media hora. De tal modo vio él también la irregularidad de mi acto, que me pidió que no volviese sin haberte hablado de mi visita. -Le has dicho que ibas sin saberlo yo, luego has tenido que explicarle por qué. ¿Le has entregado los secretos de nuestro matrimonio... -No pienses eso, amigo mío. No he pronunciado tu nombre; antes hubiera muerto. ¡Qué me iwiporta que conozca mi nombre... L o que me importa es que hayas podido hablar a otro hombre de cosas que a mí me callabas; qué hayas hecho una visita que yo, no he sospechado siquiera... ¿Cuándo lo has hecho... Responde... -Anteayer. -De modo que mientras yo me ocupaba de tu hijo, con tanta abnegación hacia ti, y casi me acusaba por tener que callarte mis temores respecto de él, tú me hacías traición... ¿No oías entonces ese grito de la conciencia de que acabas de hablarme? ¿No tenías remordimientos por esa mentira... -No quería tampoco inquietarte. ¡Sabía que ibas a ser tan desgraciado por mi vuelta a la fe... ¡Y necesitaba tanto comulgar con mi hija... Quería confesarme... ¿Y te has confesado... -preguntó Darrás con la rencorosa aspereza del marido que no ve en el confesor un representante anónimo e impersonal del Juez invisible, sino un hombre que se interpone entre el esposo y la esposa. -Ninguno de los dos sacerdotes quiso recibir mi confesión- -respondió Gabriela- -en cuanto supieron que estaba divorciada y casada de nuevo. ¿Lo ves? Ellos te han dicho que tu matrimonio no lo era... ¿Y tú. los has creído... -Lo que me han dicho lo sabía yo ya por el catecismo... Por piedad, Alberto, espera para juzgarme que hablemos otra vez de este asunto... E n este momento no somos dueños de nosotros mismos... y oigo que baja Juana... ¡Que no sospeche nada, te lo suplico... ¡Es tan perspicaz. ¡Que jamás adivine lo que tú piensas! ¡No toques a su fe, amigo mío; prométemelo... -Yo no tengo dos palabras- -dijo Darrás- y es un principio que me cuesta. caro. Pero no soy de los que piensan con arreglo a sus impresiones. Me he comprometido, y seguiré portándome con ella como siempre... Las manecillas del reloj Luis X V I colocado en la chimenea del mismo estilo, señalaban, en efecto, las doce, hora de almorzar. E l mismo sol de primavera que había envuelto en su luz acariciadora las mutuas promesas de Luciano y Berta, entraban ahora de lleno en el saloncillo donde estaban aquellos dos esposos tan unidos en otro tiempo y tan amenazados hoy por la más cruel de las separaciones, que es la de las creencias. L a felicidad, a que había servido de marco el lujo y la coquetería de aquella casa, se había desvanecido, y las fisonomías de Gabriela y de Alberto contrastaban notablemente con la alegría de la habitación y de la hora. Esta antítesis les resultó más sensible al presentarse Juana con la. risa en los labios y la tranquilidad en los ojos, seguida de la pacífica y pesada institutriz, la buena alemana cuyos pasos habían advertido a Gabriela. Darrás violen seguida qué exacta era ia x SN? cotainucrá.
 // Cambio Nodo4-Sevilla