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OMO mi carácter es franco, abierto, acogedor, sencillo, afectuoso, tengo machísimos amigos. Pero no amigos de saludo a lo lejos con- el sombrero (antes- de que se hubiese suri mi do el sombrero) ni de los que e paran a uno en la calle y le hablan de los profesores que los dos tuvimos en el Instituto y le golpean los omoplatos con palmaditas, y no se sabe quiénes son, ni por qué nos tutean; ni tampoco de los que empiezan la caita: M i querido amigo aunque no volvimos a verlos desde que nos los presentaron en aquella conferencia sobre Las huelgas antes de la invención del trabajo ni los amaradas que padecemos en el tren, en el hotel o en la caravana turística, que nos envían una tarjeta cada primero de enero. N o JÚ insubstanciales, ni simples conocidos, ni convecinos, ni visitas de etiqueta, ni compañeros de ruinas artísticas, ni condiscípulos, ni contertulios. M i s- amigos son legítimos amigos, amigos de veras, entrañables amigos; en fin, amigos íntimos. ¡Y cómo me quieren! Todos me llaman Tomasito. ¡Qué simpático es Tomasitoí se dicen unos a otros. Y o donde me encuentro más a gusto es en casa de Toraasiito. ¡Qué chico este Tomasito! ¡Sí, Fulano es una excelente persona, pero como Tomasito... 1 (Aviso a los padres: uno de los obs- C táculos que se les pueden presentar a vuestros hijos en el camino del triunfo es el diminutivo. E l diminutivo ha inutilizado más personas que el alcohol en sus diversas manifestaciones. U n homibre que se llame D. Zenón, aunque esté hueco por la parte del cráneo, puede ocupar cargos importantes, inspirar un respeto rayano en la idolatría, ser una gran íigura nacional. Y si usa barba, tendrá monumento de Benlliure. Pero el desgraciado a quien llamen todos Pepito, o Juanita o Paquito, aunque levante otra Gran Pirámide, siempre será, para las gentes, un insecto. Cuando ingrese en la Academia Española, en mi discurso desarrollaré esta tesis: S i a Cervantes le hubieran llamado, en su época, Miguetito, el Quijote no tendría imiportancia Padres, elegiá para vuestros hijos un nombre indisminuible: Félix, César, Epaminondas. Me desvivía por corresponder al afecto que mis íntimos amigos me demostraban, y merced a nuestras afinidades, al mutuo interés y al estrechamiento de relaciones, llegué a ser- -i dichoso momento! -más que el amigo íntimo, el amigo verdaderamente fraternal, uña y carne de mis amigos. Mira, Tomasito- -me decía uno de ellos- te pido a ti el favor porque como eres mi amigo íntimo... ¿Puedes dejarme veinte duros, que la semana próxima, etc. etcétera? Lleno de júbilo por prestar un servicio y cien pesetas a uno de mis íntimos amigos, mpenaba las obras completas de Armando Buscarini y sacaba de apuros a aquel ser, en quien contemplaba el símbolo de ese purísimo sentimiento llamado vulgarmente amistad. T N O hay más remedio- -me pidió otro cuando fui jurado en el concurso para elegir Miss Narices- Le tienes que dar el premio a mi recomendada. Para algo somos amigos. Y le concedí el gremio, aunque era chata, lo que me atrajo justas censuras. pQué libro tan interesante! ¡Qué corbata tan linda I ¡Qué mesa de despacho tarr original -exclamaban mis amigos íntirno al revolvérmelo todo y huronear y fisgar mis habitaciones. (Era una de sus costumbres, autorizada por nuestra intimidad. Y se llevaban la corbata y el libro. L a mesa, no; la mesa tenía que enviársela pagando el porte. Les escribía versoí para que se lucieran en la oficina, les daba vales para los teatros; tuve que fumar los cigarrillos que a ellos les gustaba hallar en mi cigarrera; me vestía en los sastres que me recomendaron, aunque sus cortes eran fachosos; les leia el periódico cuando estaban acatarrados distraía a la acompañante de su novia, aunque fuera la más oxidada de las carabinas mientras ellos se gretogarbeában en la obscuridad del cine... A todo me presté alegre, porque, ¿qué no haremos por nuestros amigos? Cierto día se me presentó uno de íÉllos, con su mujer, a las seis, de la mañana. -Mira- -me dijo al despertarme M i mujer y yo hemos tenido un disgustó: no queremos tratar de ello en casa, y venimos a la tuya como terreno neutral. Se encerraron. Les oí disputar; Jaj voces subieron de tono, los gritos traspasaron las paredes; acudieron las criadas, Fatigadas las laringes, entraron en liza los objetos. Se arrojaron una a una todas las piezis de la vajilla, destrozaron los cristales del balcón, el reloj y un retrato de Mussolinl con dedicatoria. Subió la portera, me invadieron los inquilinos. Cuando violentamos la puerta, marido y mujer, como locos, continuaron la lucha en el gabinete, en el cuarto de música, en el baño, No quedó cosa entera. Tuve que ir a la Comisana y pagar un juicio de faltas.
 // Cambio Nodo4-Sevilla