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ÚLTIMOS BRINDIS DE MANUEL DEL PALACIO sona de Manuel del Palacio un atractivo hartamente justificado. Fué una de las figuras más caracterizadas de la célebre Cuerda granadina que en las tradiciones culturales de mi hermosa tierra ocupa el lugar de más privilegio: Er los órdenes científico, artístico y literario no hay ninguna que pueda ser comparada con 1 vida y desenvolvimiento de aquella pléyade de intelectuales que se llamaron Alarcón, Manuel del Palacio, Fernández y jGonzález, Mariano Vázquéz Fernández Jiménez y tantos otros que, liquidada y disuelta la Cuerda al esparcirse por España elevaron y engrandecieron con sus maravillosos talentos la ciencia, el arte, la literatura y la política. Yo guardo dentro de mi corazón un culto espiritual para esos últimos resplandores del ocaso del romanticismo, que van inseparablemente unidos- a los indecisos recuerdos de mi niñez, que escuchó, sin entonces comprenderlos bien, ciatos interesantes y curiosos, a los que después, con madurez de pensamiento, he concedido y otorgado toda su real y verdadera importancia. Pero dejemos aparte cosas fenecidas y que pueden considerarse remotas y vamos a recordar una página desconocida para la presente generación y que acaso hayan olvidado los que la vivieron. Finalizaba el año 1901 cuando fué. nombrado director de la Ac demia dq Bellas Artes de España en ¡Rtoma el insigne escultor Mariano Benlliure. Tan acertada disposición fué recibida con clamoroso aplauso. Para festejar al artista fué organizado un banquete, que, tuvo lugar en el restaurante de Líhardy el 24 de enero de 1902. Revistió el acto gran solemnidad, porque asistieron el ministro de Instrucción pública y Bellas Artes, conde de Romanones; el í MANUEL D E L PALACIO EN LA ÉPOCA D F L A CUERDA GRANADINA A fecha reciente que. ha marcado el centenario del nacimiento de Manuel del Palacio empuja mi deseo y encamina mi voluntad en el sentido de consagrarle un recuerdo que sea testimonio de la profunda admiración que siempre dediqué a la gigantesca labor realizada en el mundo de las letras por tan singular y preclaro ingenio. Hablar de su obra, juzgarla, enaltecerla y analizarla no me corresponde. Esos altos menesteres de la critica están reservados a los que técnicamente pueden hacerla con brillantez y erudic. ón, y en este caso concreto cumplió tan delicado cometido, rematándolo de manera concienzuda y perfecta, mi docto amigo el académico de la Lengua D. Manuel Sandoval. Seré, pues, muy breve en el tributo de elogios y alabanzas para quien como M a nuel del Palacio supo y pudo hacer inmortal su nombre. Con mis entusiasmos c ontó siempre. Fué y será mientras yo viva uno de los poetas que más deleitaron mi espíritu y que más colmaron de satisfacciones mi afición a la poesía. Aprendí- de memoria gran parte de ellas por el solo placer de recitármelas a mí mismo, especialmente los sonetos, en cuya composición fué maestro único e incomparable. Muchos de ellos los encuentro mejores que los más celebrados de López de Avala, Argensola y Lope de Vega, dicho sea con perdón de los que opinen lo contrario. Si, según Boileau, Apolo inventó el soneto para martirizar a jos poetas, no presintió la divinidad mitológica que había de surgir en el transcurso del tiempo un hombre para el cual tan difícil mecanismo habría de ser maniobra fácil y. corriente. Tiene también para mí ei nombre y la per: L MANUEL D E L PALACIO, EN I902 JL