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A 3 C, D O M I N G O 28 DE FEBRERO DE 1932. EDICIÓN DE ANDALUCÍA. p AG 2 E D II C A C O N RELIGIOSA Ahora se ha visto que los chicos quieren que continúen enseñándoles los religiosos que los educaban y que eso mismo desean sus padres. Por los chicos es difícil hablar, pero las razones de los padres son claras, por lo menos para el hombre de la pequeña burguesía, que comparte su posición, prejuicios y necesidades. Queremos, en primer término, que se v i gile a nuestros hijos, sobre todo en los años de la segunda enseñanza, por personas de confianza y respeto, para evitar que se extravien en las calles de la- ciudad, y como no podemos hacerlo nosotros, porque tenemos que ganarnos la vida en las horas de clase, ni procurarnos guardianes especiales, porque serían demasiado costosos, tenemos que llevarlos a colegios donde se les atienda en las horas de estudio, en las de recreo y en- las dé enseñanza, sin que ello envuelva gastos que no podamos soportar. Don Eduardo Callejo quiso que los Institutos oficiales atendieran también a esta necesidad de las familias, por lo que estableció las permanencias, a que debían acudir por las tardes los alumnos, reforma bien pensada, de resultados excelentes en las ciudades no muy populosas, y. que las fáinilias de los alumnos oficiales acogieron con júbilo; pero no podía aplicarse en las grandes poblaciones, donde es demasiado extensa la matrícula de los Institutos, ni aun a la mayoría de los matriculados. Y a queda dicho, de otra parte, que la educación de las Congregaciones religiosas cuesta poco. Se funda en el sacrificio de los maestros. Si fueran hombres casados y con hijos, necesitarían unas 1.500 pesetas mensuales para vivir sin excesivas estrecheces en una gran ciudad. Como los religiosos enseñantes viven en comunidad, pueden hacerlo por la décima parte de esa cifra. Por eso es posible que no paguemos en los colegios religiosos sino la pequeña suma de cuarenta o cincuenta pesetas mensuales, aparte de libros y matrículas, por la educación de cada alumno externo, y ciento veinticinco o ciento cincuenta por interno. En los grandes colegios ingleses se, paga hasta cuatrocientas libras esterlinas anuales, unas dieciséis mil pesetas, y, diga la fama lo que quiera, su educación no es mejor que la nuestra. Hay aquí, evidentemente, una gran deuda, que tenemos contraída con los religiosos los padres de los alumnos educados por ellos. Para enseñar a nuestros hijos hay hombres que hacen los tres votos de castidad, pobreza y obediencia, a los que sacrifican las tres grandes, concupiscencias de la carne, el dinero y el mando. Lo vemos a diario y no nos asombra. De tarde en tarde estalla algún escándalo, que la publicidad agranda y deforma. Pero lo normal, lo cotidiano, lo constante es que se cumplan los tres votos. i No es admirable? ¿No es hasta milagroso? He ahí numerosos hombres educados que viven, en lo material, una vida más reincida y más estrecha que la de simples jornaleros, que se levantan antes de amanecer, trabajan o rezan dieciséis o diecisiete horas al día, comen pobremente, se levantan a toque de campana, no disponen nunca de dinero para gastar en sus antojos, y se dedican a educar a nuestros hijos. Si hay algún padre que no se lo agradezca desde lo más profundo de su alma, es que no se ha puesto nunca a considerar las abnegaciones que implica la vida religio- a. Queremos también que nuestros hijos estén en manos de hombres que tengan vocación docente. Todos los padres de familia venemos que ser, en cierto modo, maestros, porque hemos ds reprender, amones- tar y alentar, a ixiestrqs hijos. Pero cada vez que tenemos que enseñarles alguna cosa con un libro en la mano advertimos lo fácil que es irritarnos y exasperarnos, sin enseñarles nada. Enseñar es difícil. ¿Cómo se probará la vocación del maestro? En general, la prueba de la vocación está en el sacrificio. Si un maestro se hace pagar, como el director del colegió de Eton, 10.000 libras esterlinas al año, no podremos estar seguros nunca de que la razón de su docencia no sea la codicia. Pero si se dedica a la enseñanza un hombre educado, que ganaría más dinero en cualquiera otra profesión, incluso como jornalero o dependiente de comercio, entonces ya hay motivo para dudar de que es una genuina vocación la que le ha hecho maestro. Hay otra razón, la última, aunque no en importancia. Queremos que nuestros hijos tengan religión. Algunos de nosotros liemos pasado muchos años, demasiados años de la vida, en buscar una moralidad que no tuviera que fundarse en dogmas religiosos. No hemos podido hallarla. Nos hemos encontrado con que el fundamento de las sociedades ha de ser siempre el sacrificio. Sin madres que se sacrifiquen para tener hijos, sin jóvenes que se sacrifiquen para ser soldados, y que una vez soldados se sacrifiquen para morir, si fuere su deber, en vez de aprovechar la ocasión de la huida, no hay sociedad estable. Pero jamás se encontrará manera de sancionar racionalmente, utilitariamente, el sacrificio de las madres y de los soldados. No se podrá hallar nunca otra sanción para los sacrificios individuales necesarios a la conservación de las sociedades, que la que prometen esos edificios de torres puntiagudas que hay en todas las grandes ciudades y también en las aldeas, y en las villas, y que son las casas de oración, los templos del Señor. Solamente esos testigo s de lo sobrenatural podrán alentarnos a sobreponernos al egoísmo y a sacrificar la vida por la Patria o p r el deber cuando la vida nos es grata y querida. Queremos nuestra ¿felicidad y no la comprendemos sin la vida. Si la arriesgamos a conciencia tiene que ser. en nombre de algún bien superior, y no sería superior a nosotros, si no. pudiera devolvemos, en alguna forma y con la debida recompensa, la vida que le damos. Y todavía hay más. No nos basta con que nuestros hijos sean religiosos. Queremos qué profesen nuestra propia religión y sean ca- tólicos, como nosotros. Y aunque la familia no sea una orden religiosa v muchos de nosotros no sepamos latín, quisiéramos que se cumpla en nuestros hijos y nietos la magnífica sentencia que se encuentra en el oficio de la Iglesia a Santo Domingo: SpiriUis meas, qni cst in te, ct verba mea quae posv. i in ore Uto, non recedent de ore iuo, et de ore seminis tai... iisqtie in sempi- los tiempos se transmitanV a queremos que al través fflu tos y nuestros ideales, por Ü TM? senürriiénnuestros nietos, hasta la e t e í? í TM J a. ello, y para que les comunique P 9 afectos fundamentales y nuestras máH ó sentir y de expresarnos, enviamos m de hijos a los colegios de las CongregaciofS religiosas. s f cmnzas de f e; itr RAMIRO D E MAEZTU LA CRISIS AGRÍCOLA E N JAÉN termim. (El espíritu mío, que está en ti. y las palabras mías que pusiste en tu boca, oue no se retiren de tu boca, ni de la boca de tu progenie... hasta la eternidad. Queremos entendernos con nuestros hijos, DE VA FRBA C F K C K D I I X A (M A DKII Oficinas: Alfonso XII. 44, T e l é f o n o 16701. He señalado en un artículo anterior el pernicioso error de confundir la cuestión agraria con la. agrícola, invadiendo aquélla alborotadamente los serenos dominios de la agricultura, en la que toda viqlenta convulsión es funest- á, pues no admite sino una ordenada aplicación de los cultivos, coa arreglo a normas fijas y a condiciones climatológicas adecuadas. En la difícil situación creada en Jaén se puede hallar un ejemplo vivo y aleccionador. Prescindiendo de sus minas y de los pinares de las. sierras de Segura y de Cazorla, la provincia de Jaén es una de las más ricas de España, por su privilegiado suelo, en el que se dan con ubérrima abun dancia los cereales, las frutas más variadas, la vid y el olivo, figurando, como productora de aceite, a la cabeza de Córdoba y Sevilla. Durante los dos últimos años se ha registrado, por desgracia, en Jaén, la adversidad mayor que puede sobrevenir a los agricultores, que ha sido la escasez de las cosechas. Fueron malos años de cereales el 1929 y el 30; en este último apenas si se recolectó aceituna, produciéndose un desequilibrio considerable por el alza progresiva de los jornales, mantenida desde los tiempos de la guerra, cuando se vendían los productos a precios fabulosos; después éstos se abarataron, pero aquéllos han seguido elevados por la carestía de la vida. E l desnivel económico obligó a recurrif a la Banca y a la usura, con la consiguiente agravación, pues muchos labradores, co el fin de atender a los vencimientos, tuvic ron que malvender prematuramente los granos, para comprarlos después a precio más elevado, a fin de atender al pienso ele los ganados y a la siembra. Hubo así quien, en plena recolección, se vio forzado a vender, a 32 pesetas la fanega de habas, para comprar más adelante a 25 la de yeros. Durante los rieses de octubre y noviembre de 1930, en la mayoría de los pueblos, los propietarios, de acuerdo con la autoridad gubernativa, adoptaron- -haciendo un penoso sacrificio- -el sistema de alojamientos o reparto de obreros, a fm. de conjurar la crisis del hambre. En estas condiciones de penuria, tanto para los obreros como para los propietarios, sobrevino la mudanza del régimen político, que llevó aparejada una violenta campaña electoral, en la que no se escatimaron las promesas, hallando eco tedas las teorías, aun las más irrealizables y absurdas. En esté ambiente de encono llegó la época de la recolección, y por si fueran poco los alojamientos forzosos, la aplicación, en la mayor parte de los casos caprichosa, del laboreo de tierras; la merma de los productos y aun las multas gubernativas, los Bancos, alarmados, empezaron a restringir los créditos, encontrándose los patronos entre la espada y. la pared, corrió sé dice vulg arríiente, ya que habiéndoseles ido de las manos la cosecha, todavía se hallaban en deuda. Muchos dueños de predios no llevaron ni un grano de trigo a sus cámaras, y fué tan considerable la lista de peticionarios en el Banco Hipotecario, qu ¡é s t e 1
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