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POR PAUL BOURGET (De la Academia Francesa. CONTINUACIÓN) observación dé esta sobre la perspicacia de la niña. Decidido a no dejar ver sus emociones, Alberto había abierto un libro y fingía leer con atención, mientras su mujer se ocupaba en arreglar unos ovillos en su cesto de costura. Pero bastó una ojeada a Juana para comprender que sus padres acababan de tomar aquella actitud por su causa y que estaban dominados por una agitación extraordinaria. Sus negras pupilas tradujeron en seguida cierta violencia, su charla cesó, y, después de besar a sus padres, también ella se puso a mirar un libro de estampas que había en la mesa. Pero un movimiento instintivo de su linda cabeza probó a Gabriela que la niña no había presentido más que uno de los dos dramas que se estaban desarrollando bajo el techo paterno. ¿Pero adonde ha ido don Luciano? -preguntó la imprudente alemana- Creí haberle visto entrar hace un momento... -Ha tenido que volverse a marchar para una corta ausencia- -respondió Darrás, a pesar de su aversión a la mentira, lo que hizo que pronunciase esa frase con impaciencia. La institutriz se quedó cortada, y Darrás, para impedir nuevas preguntas, dijo, acariciando el cabello a su hija: -Esta semana tendrás un buen puesto en el Liceo, ¿verdad... ¿En qué has compuesto... -E n cosmografía, papá. -Y la composición me ha parecido completa- -añadió la i nstituriz- lo que ns deja de tener mérito, pues es una ciencia qne no le gusta. -Pues es una hermosa ciencia- -replicó Darrás- la más hermosa acaso... Te han enseñado la mitología, ¿no es cierto? Qué pobreza aquel Olimpo, con su Júpiter, sus Apolo y sus Diana, al lado de la simple realidad tal como nos la revela la observación: la tierra lanzada por el espacio y describiendo alrededor del sol esa ruta que medimos casi exactamente; los otros planetas arrastrados también en la órbita de ese sol con una velocidad que medimos igualmente; el sol en el centro de su pueblo de astros, suspendido a su vez al conjunto de los movimientos de su nebulosa, ese polvo de soles que tienen todos su cortejo de satélites y que ocupa su. lugar en el espacio al lado de otros, y así indefinidamente, a través del espacio infinito... ¡Qué evocación y qué poesía! Y cuando se piensa que el hombre, ese mínimo insecto perdido en un rincón imperceptible de la corteza terrestre, ha podido descubrir las leyes eternas de esos globos luminosos que no eran para él más que unos clavos de oro en un velo negro, ¡cómo se admira a ese hombre que ha podido realizar tamaña obra, sin más elementos que sus pobres ojos y su razón... ¡Y cómo se admira al Dios del Símbolo de los Apóstoles, creador de ese cielo y de esa tierra... -dijo Gabriela, que había visto en las palabras de su marido, no una falta a su palabra, sino una intención alarmante. Convencida, por la larga influencia de Darrás, dei desacuerdo entre la religión y la ciencia, creyó, al oírle, que se proponía alimentar la inteligencia de su hija de ideas científicas, con la esperanza de que, colocada después entre la negación de lo sobrenatural, envuelta en esas ideas y la fe adquirida en su educación, elegiría como ella misma había elegido. Darrás cumplió la palabra, renovada un cuarto de hora antes, y no respondió a aquel grito de protesta; pero cuando, después de un silencioso almuerzo, se encontró otra vez solo con Gabriela, se valió de aquella interrupción para reanudar la conversación donde la había dejado. Gabriela vio en seguida, con enternecimiento y algún temor, que ya no la hablaba con la misma dureza. Se sentía con fuerza para resistir a todas las violencias; pero ¿cómo no temer cierta debilidad ante una queja triste y afectuosa? Darrás dijo: ¿Y tú querrías que ese Dios de que hablas, un Dios que inbüera creado esas miríadas y miríadas de estrellas, un Dios om- nipotente, soberanamente bueno y soberanamente justo, persiguiese con su venganza a dos seres culpables, ¿de qué? ¿de haberse asociado para fundar un hogar? ¿Y ese hogar es criminal porque ha sido fundado prescindiendo de ciertas ceremonias r i tuales? ¿Por eso está maldito? Y observa que adopto tu punto de vista, pue. s para mí el Dios persona es el último ídolo, como ha dicho un sacerdote de gran talento, a quien, por supuesto, sus colegas han perseguido con odio implacable. Dios es la ley en el universo, y en el hombre es la conciencia... Interroga a tu conciencia, la verdadera, la que no ha sido falseada por tu primera educación, oye la voz de tu corazón y reconoce que un matrimonio en el que no has dado ni recibido más que felicidad no puede ocasionar remordimientos legítimos. Es ésa una disposición enfermiza en la que vas a prometerme no volver a caer, pues sería ya culpable si se prolongase... -Me hablas como a una enferma, y no lo estoy- -respondió Gabriela- ¿Crees que no me he dado todas las razones que tú puedas darme en favor de nuestro matrimonio? ¿Crees que no he recordado con una protesta de todo mi corazón, siempre que me acometían mis remordimientos, lo bueno, lo adicto, lo delicado que ha 9 sido conmigo, nuestra rectitud en la existencia común, la lealtad de nuestro hogar y nuestra hija Juana... Todos esos eraU goces que nos estaban prohibidos... -Por. la ley de la Iglesia católica, es verdad- -respondió Darrás en el tono de un hombre resuelto a no enfadarse y que discute una opinión por ella misma, como si no se tratase de su propio destino- Razonemos, sin embargo. ¿Quién ha hecho esa ley? Unos hombres. Otros hombres han hecho otra, puesto que el divorcio es permitido por nuestro Código y por los de casi todos los pueblos civilizados. ¿En qué es más respetable la prohibición de los unos que la autorización de los otros? Respóndeme sin exaltarte. Y a ves cómo yo estoy tranquilo y dispuesto a entrar en todas tus ideas, a comprenderlas... ¿En qué es más respetable la ley de la Iglesia? -dijo Gabriela- Precisamente por no haber sido hecha por hombres. ¿Por quién, entonces... -Por Dios... ¡A h! Perdóname que te repita estas palabras del Evangelio que no puedo arrancar de mi mente hace muchos meses: Todo hombre que rechaza a su mujer y se casa con otra, comete un adulterio. Toda mujer que rechaza a su marido y se casa con otro comete un adulterio Pruébame que esto no está escrito. No puedes... -No; pero te he probado y te probaré que los Evangelios no son libros compuestos por Dios, sino por hombres, acerca de otro hombre, un grande hombre, el más grande de todos si quieres, pero hombre al fin y que pedía equivocarse. Y en este asunto, el sentido común demuestra que se equivocó... -Lo que me has probado y me pruebas es que no crees; yo sí creo. Creo, como el apóstol, porque he visto. Sí, he visto con los ojos de mi alma al que tú dices que fué un hombre obrar y vivir en el corazón de Juana, y la madre, en mí, ha cedido a esa luz. He comprendido que si una piedad como la de mi hija no fuera más que una mentira, todo mentiría en el mundo, y todo no puede mentir; mi razón se niega a creerlo. Es ésta una razón de ignorante, pero el padre Euvrard, que es un sabio, piensa como yo sobre este punto y también sobre el otro... ¿Qué otro... -preguntó Darrás casi con angustia y con la ansiedad del hombre que no sabe todavía la extensión de su desdicha. Había creído que se trataba de una crisis puramente sentimental y de origen nervioso, para la que el mejor remedio era la pa Se continuará.
 // Cambio Nodo4-Sevilla