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POR PAUL BOURGET (De la Academia Francesa. (CONTINUACIÓN) ciencia. Aquel adversario de todos los prejuicios tenia el de confundir las emociones religiosas con el histerismo, y esta conversación con su mujer le consternaba al hacerle ver un sistema coherente y afirmaciones apasionadas, pero precisas. Apenas la reconocía, y este aspecto de lo desconocido era lo que le espantaba. ¿Qué le habría aconsejado el tal padre Euvrard? ¿Dejar al segundo marido, que para aquel cura santurrón y ya para ella no era más que un amante con un nombre legal? ¡Qué duro sería el tener que luchar siquiera con semejante proyecto... Así fué que oyó con verdadero descanso que Gabriela decía: -Nuestras dificultades con Luciano... E l padre Euvrard las ignoraba, como yo misma, y, sin embargo, me las ha predicho... Cuando me contaste la escena con ese desgraciado niño, acababa de anunciármela aquel sacerdote... ¿Crees que estoy soñando... Padres y madres juzgados y condenados por su hijo... choques mortíferos entre padrastro e hijastro... ludias horribles entre los antiguos esposos a propósito del casamiento de su hijo... Son, sus palabras. Lo que me contaba era nuestra historia. ¿No nos juzgaba Luciano hace un momento? ¿No nos condenaba? ¿No habéis cambiado palabras que eran puñaladas y que me desgarraban el corazón? ¿No te ha dicho Luciano que no necesitaba para casarse más que el consentimiento de su padre? Y si ha ido a pedírselo al salir de aquí, ¿qué tendré yo que hacer sino empezar de nuevo la lucha con el señor Chambault... ¡Todas las amenazas de ese sacerdote, todos los castigos, se habrán realizado... ¿Y quieres que no piense que estás enferma... -dijo Darrás cogiéndole la mano con un ademán envolvente y protector al que ella no resistió- Pero yo te curaré. Razona un poco. No discuto el valor del padre Euvrard como matemático ni la sinceridad de su fe religiosa. Sin embargo, si en sus trabajos no hubiera más lógica que en sus predicciones, no hubiera entrado. en la Academia. Eso prueba que tiene, como decía Renán de uno de sus maestros, una división estanco en la inteligencia. De un lado está el geómetra y del otro el visionario. Si hubieras hecho tu segundo casamiento estando viuda, todos los reproches. de Luciano hubieran sido los mismos y el carácter de ese muchacho hubiera chocado con el mío a propósito de su absurdo proyecto... En cuanto al proyecto mismo, reflexiona que ni Luciano ha ido a pedir al señor Chambault el consentimiento, ni irá, pues eso sería hacerte un ultraje del que sigo no creyéndole capaz. Aunque fuera, tienes de tu parte la sentencia que te da la guarda de tu hijo... Pero a cada día le basta su pena. He querido demostrarte que entre tu divorcio y los disgustos que sufres no hay ninguna relación de causa a efecto. L a Iglesia admite el segundo matrimonio del viudo o de la viuda; si te hubieras casado en esas condiciones, el padre Euvrard no tendría derecho a reprochártelo y sufrirías, sin embargo, las mismas penas... -No, no las mismas. Luciano me estimaría. Si nos hubiéramos casado en la Iglesia no tendría derecho a comparar nuestro matrimonio con el que él quiere hacer... ¡Y que no hará... -interrumpió enérgicamente Darrás. Aquella alusión de su mujer encendió en sus pupilas un nuevo relámpago del furor indignado de por la mañana. Pero se. dominó en seguida, decidido a no salirse del propósito de indulgencia protectora que había adoptado por un instinto tan espontáneo y tan rápido como una reacción fisiológica. Cuando dos esposos han vivido muchos años en intimidad absoluta, la revelación de un principio irreducible de divergencia entre ellos produce primero un sufrimiento atroz y después un esfuerzo inmediato de aproximación. Parece como que tratan de aniquilar en un supremo abrazo moral el germen que todavía no ha realizado su obra de destrucción. Darrás se había acostumbrado a tratar a Gabriela como una criatura indefensa y necesitada de protección, primero contra su primer marido, después contra la malevolencia de! mundo respecto de las mujeres divorciadas y últimamente contra su. hijo. Ahora tenía que defenderla de sí misma. ¿Cómo? De las confidencias de Gabriela se deducía qué la actitud de Luciano había dado cuerpo a los escrúpulos de aquella alma mortificada, que había visto en eso la realización de las amenazas de un sacerdote, al menos, imprudente. Que Luciano desistiese de su empeño y volviese a casa afectuoso como siempre; que la vida de familia continuase regular y dichosa, y se disiparía la pesadilla y aquella crisis de terror supersticioso. E l marido tendría después buen cuidado de reducir una por una las falsas ideas de la manía religiosa resucitadas por haber entrado Gabriela con su hija en la funesta atmósfera de la devoción católica. L a tarea sería cómoda, pues Juana habría hecho la primera comunión dentro de unas semanas, y el padre entonces habría, cumplido su palabra y sería libre de tomar por su cuenta la educación de la muchacha. Todo este penoso episodio terminaría en cuanto la deplorable historia de Luciano tuviese la solución conveniente. Todos estos pensamientos habían pasado por la mente de Darrás durante las réplicas de Gabriela y todos iban a parar a la resolución de impedir a toda costa la unión del hijastro con aquella aventurera, resolución que confirmó repitiendo: -No; el matrimonio de Luciano no se verificará. Tengo un medio seguro de impedirlo. Y cuando recobres a tu hijo curado de su locura te darás cuenta de que las frases del padre Euvrard no significan nada. Luciano vendrá; yo me encargo de ello, y así no te creerás castigada por una falta que no has cometido. Nos verás a los dos en los mismos términos en que estábamos; también de eso me encargo... Lo único que te pido es que jamás te calles. Piensa conmigo en alta voz. Hemos sido felices y lo volveremos a ser. Había hecho estas protestas con un acento tan. convencido y emanaba de su mirada tal ardor de abnegación, que Gabriela se dejó sugestionar de nuevo por aquella personalidad en la que se apoyaba la suya tan fuertemente. L a ausencia de rencor contra Luciano que veía en su marido la conmovía profundamente, mientras que el haber hablado y no llevar ya el peso del silencio le producía una sensación de alivio que se manifestó por un movimiento de pasión. Gabriela se echó en los brazos de su marido, diciéndole: ¡Te amo! ¡No quiero pensar en nada! ¡Que me condene, pero yo no te dejo, jamás, jamás... -N i te condenas ni me dejas... Pero el tiempo pasa, y hay que dar ciertos pasos hoy mismo... ¿Vas a tratar de ver a Luciano? E n su estado de excitación tengo miedo... -No voy a verle... Déjame una entera libertad de acción y ten confianza. Ese matrimonio no se verificará... Me comprometo a ello, ya sabes que cumplo mis compromisos. y ¿Tenía el marido aquella confianza que había tratado de inspirar y casi de imponer a su mujer? Cuando dejó a Gabriela, un poco apaciguada por su enérgica afirmación, la cara de Darrás estaba lejos de traducir la misma certeza. A l fingirla había querido interrumpir a toda costa una crisis de desesperación muy dolorosa para los dos. En cuanto salió de casa tomó un coche y se hizo llevar al ministerio del Interior. Quería saber si algún testimonio oficial e indiscutible le permitiría acusar de mentira a la estudiante. Seguía creyendo que ésta había representado a Luciano una comedia que cesaría en cuanto se probase que había tenido más de un amante y que por consecuencia aquella historia d unión libre entre, dos conciencias era una fantasmagoría muy a ¿Se continmrá. i
 // Cambio Nodo4-Sevilla